Patio de vecinos

Mi abuela vivía en Toledo. Siempre me pareció una ancianita entrañable. La casa era pequeña. Formaba parte del conjunto que formaba un patio de vecinos con suelo de cemento. No he vuelto a ver una casa igual. No sé si queda alguna. Desde luego, ya no se construyen viviendas con esa estética. Ahora los patios de vecinos tienen piscina, jardín y bancos en los que puedes sentarte. Son mucho más grandes. Es lo mismo aunque con apariencia de modernidad. En el que vivía mi abuela el suelo era de cemento que se desprendía de la solera de tierra con facilidad, había una pila con un grifo de agua fría (el único; en las casas no había agua corriente) y un retrete comunitario que se cerraba con una puerta de madera. Siempre que entraba en el baño pensaba que me miraba el resto de la humanidad porque por las juntas de los tableros yo podía ver a media humanidad. Todo esto puede sonar extraño, anacrónico. Sin embargo, hablo de cuarenta años atrás y, en ese momento y en Toledo, era más normal que raro. Salvo que me falle la memoria, eran siete las viviendas adosadas que formaban aquel patio. A dos de ellas se llegaba subiendo unas escaleras de escalones irregulares, gastados. Me gustaba mucho, en pleno verano, salir al patio con un cubo metálico que mi abuela habría comprado veinte años antes (todo en aquella casa parecía antiguo), llenarlo de agua y salpicar el cemento para refrescar el ambiente. Agarraba el asa del cubo con la mano izquierda y con la derecha iba vaciando el cubo. Las vecinas me lo agradecían mucho aunque, a veces, lo hacía muy pronto por la tarde, les despertaba (la siesta era sagrada) y me regañaban por gastar el agua sin ton ni son o por cualquier otra razón. El caso era reñirme por formar alboroto. Cuando yo no estaba con mi abuela, cada vecina hacía eso mismo en la zona de su puerta.
Cuando el sol dejaba de molestar, cada familia sacaba las sillas a la puerta. Las conversaciones se mezclaban y todos atendían a lo que decían unos y otros aunque fingían no hacerlo. Recuerdo a mi abuela sentada con su mandil negro, su traje negro, el pelo blanco recogido con un moño y pelando judías o remendando calcetines o haciendo ganchillo y, siempre, escuchando un pequeño transistor. Radionovelas, el parte de Radio Nacional de España, el consultorio de la señorita Francis. Creo que era capaz de escuchar lo que decía el locutor, la vecina de enfrente y la de más allá, sin problema alguno. Mientras, yo corría de acá para allá. Este madrileño no para, decían las mujeres (todas eran viudas y les parecía que ser de Madrid era como ser húngaro o algo así). Sus hijos se limitaban a mirarme con cara de pocos amigos (a estos lo de ser madrileño les parecía sinónimo de cursi o finolis y de húngaro).
Los fines de semana, subía a una de las casas altas. Allí vivía la tía Rosa (creo que era cuñada o estaba casada con un primo de mi abuela, no lo recuerdo aunque le llamaba tía y debe ser por algo así). Subía, cambiaba besos con ella y me daba cincuenta céntimos de los de antes (al cambio debe ser un cuarto de céntimo de los actuales). Con el botín en mi poder, salía corriendo en dirección a la tienda de al lado. Chicles, pastilla de burra y regaliz. Cincuenta céntimos daban mucho de sí. La tía Rosa recibía la única visita de la semana y se sentía feliz. Yo recibía los únicos cincuenta céntimos de la semana y me sentía feliz.
Las tardes de verano pasaban entre carreras, cemento que se desprendía, besos rancios, calcetines con agujeros y golosinas duras como piedras. No parece gran cosa aunque me conformaba. Al fin y al cabo, estaba con mi abuela y en Toledo.
Pasaron los años y la abuela comenzó a vivir con sus hijas. Sólo con sus hijas porque los hijos ya vivían con las madres de sus esposas. Cada tres meses se mudaba. Cada seis meses la teníamos en casa. Me gustaba mucho estudiar en su habitación compartiendo una mesa camilla. Ella resolvía solitarios (haciendo las trampas que fueran necesarias) y yo problemas (sin hacer trampas de ningún tipo porque no existía Internet ni nada parecido). Murió mientras estaba en Madrid con nosotros. Decía estar muy fatigada por vivir. Era la única superviviente de todos sus hermanos. Había perdido un nieto (mi primo Vicente, un tipo estupendo del que recuerdo imágenes sueltas y, siempre, agradables. Y, siempre, en Toledo). Y sobre todo, dejó extraviadas las ganas de vivir poco antes.
Hace algunos años, me acerqué a la antigua casa. Me gusta ir a Toledo. Si puede ser lo hago solo. En su lugar encontré un edifico moderno. No recuerdo si era bonito, grande o de ladrillo visto. De lo que si me acuerdo perfectamente es de que el cemento se levantaba con facilidad, de las paredes blancas que había que encalar cada cierto tiempo, del retrete al que me llegué a acostumbrar, de subir y bajar unas escaleras a toda velocidad. No he regresado nunca más a esa zona de Toledo. Nunca más. Creo que si me acercara por allí me perdería y no sabría volver. Es lo que le suele ocurrir a los niños en los lugares desconocidos.


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