Pecados Capitales (II)

Llamaban a la puerta. Sin abrir los ojos, esperó a escuchar las pisadas que se alejaban. La casera se quejaba con amargura. Alargó el brazo intentando agarrar el vaso. Se lo llevó a la boca sabiendo que no contenía una sola gota de agua. Miró al techo pensando en el tiempo que llevaba allí metido. Supo que era lo último que haría. Ni siquiera el azar tenía ganas de hacer.
– ¿Sabemos algo de él? preguntó el policía de pelo canoso.
– Sí. La casera dice que no le faltaba de nada, que salía poco. Apenas sabía nada de él. Ya sabes, lo de siempre.


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