Pensando mientras escucho música

1. La literatura me ha quitado mucho. Sobre todo la inocencia con la que llegué a la primera línea escrita. Aún pensaba yo que sería posible convertir la vida en algo grande. Y, en realidad, la primera palabra te reduce. El mundo se convierte en yo aunque nombres mil y una vez a otros. Una frase y estás convertido en tu propia jaula.

2. Cada ser humano, cada cosa, cada sentimiento, se convierte en una posibilidad de crear. Lo feo, el horror o el odio forman parte de ello. Entender algo tan sencillo pasa por destrozar a ese personaje al que admiras porque te permite mirar el papel sabiendo que era eso, y no otra cosa, lo que querías decir. Acabas con él creyendo que lo harás, a la vez, con tus fantasmas. Pero aparecen en otra primera línea. Que lo bello está en el mundo ya lo sabía. Dejó de interesarme después de escucharlo un millón de veces. Eso no aliviaba.

3. Te descubres incapaz de controlar tu vida cuando manejas sentimientos, emociones y el destino de tus personajes. Quizás eso era lo que quisiste para ti en algún momento y rescatas para seguir creyendo. Piensas en ello y ya no puedes controlar casi nada. Ni siquiera a tus personajes que aparecen en el relato pidiendo otra cosa. Y otorgas.

4. Cuando no sabes qué decir reflexionas. No gusta intuir que lo que ocurre es que no quieres contar. La fatiga a cuestas agota. Llega lo que llamas sequía como si quisieras ejercer un control irreal a través de la palabra equivocada.

5. Continuas. Es lo que toca porque así lo quisiste. El punto de no retorno era el mismo, exactamente el mismo, que ese primer instante. Todo eres tú. Por siempre jamás.


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