Pequeña reflexión sobre el oficio de amar

Amar es difícil. Por sacrificado siempre. Muchas veces por ingrato. Otras por estéril. Dejarse amar, hacer lo necesario para que puedan querernos o devolver lo recibido a cambio, es casi imposible. No existe una vara de medir amores. Cada uno tiene la suya propia y nunca coincide con la que comparamos. Y es que el problema se apalanca tramposo en eso que llamamos pareja o familia o amistad. Nunca el amor funcionó como una soga uniendo dos partes. Queremos siendo uno; el amor es cosa individual. No hay recompensa por amar, ni trueques, ni facturas, ni descuentos por tener buen comportamiento. Amas y punto. Tú, a solas. Todo el que espera que el amado devuelva algo está perdido. Lo que llega será con la forma que otro elige, en el momento que decida sin consultar con nadie y lo hará llegar como pueda. Desde su amor, desde un amor muy distinto al nuestro; desde un amor que demanda esto y no aquello, que funciona mejor ahora que después. Dejarse amar es igual de sacrificado, ingrato o estéril que hacerlo. Ni damos lo que esperan ni recibimos lo deseado. Ni somos tan cicateros como quisiéramos ni dejan de amarnos cuando nos sobra eso que tanto nos entusiasmó, pero que ya no nos interesa.

El enamoramiento nos obliga a construir futuros inciertos y falsos. Luego, es la sensatez la que dibuja las cosas de forma diferente. Quizás más realista. Llegan las decepciones, los odios, los perdones, los olvidos, las distancias, el recuerdo. Ya ni amamos ni nos dejamos amar. Volvemos a lo que fuimos. Y lo camuflamos de tragedia horrible para enmascarar un error o un acierto que nunca queremos confesar. Creo yo que es eso y no otra cosa el triunfo de la sensatez. Pero sólo la de un lado. De la que entiende que el amor es cosa suya y no de dos.



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