Perderse en un gesto

– Me tienes hasta las narices. No vuelvas a llamar en tu vida. Gilipollas.
Deja el teléfono sobre el lavabo. Se mira en el espejo. La respiración se acompasa con el silencio. Mira tratando de comprender. Debería estar alterada; debería llorar o gritar o gruñir. Pero no lo hace.
La pantalla del terminal de ilumina. Su fotografía, su nombre y una invitación a contestar.
Se toma su tiempo. Con la yema del dedo pulgar va tocando la de los demás. El teléfono vuelve a pedir atención. Contesta. Antes de poder hablar ya escucha los gritos.
– Para, para. Verás, te lo voy a dejar muy claro. Que no me interrumpas. ¿Ya? ¿Me vas a dejar hablar ahora? Vale. Han sido tres años de mierda, media docena de infidelidades, he soportado a tus padres quinientas impertinencias y veinte o treinta de tus resacas. Eso, si lo multiplicas y aplicas el factor corrector, es igual a una, solo a una vida de mierda. No salen los números, majo. ¿Que me qué? Venga ya, hombre. Voy a colgar. Voy a colgar. Pues abre bien no vaya a ser que te cargues el cristal. Me da igual. Ya te llevaré un ramito de gladiolos. Que sí, que sí. Adiós.
Comienza a depilarse las cejas. Se acerca con exageración al espejo. Un mensaje de texto. Resopla.
– Que me quiere. Ahora me viene con esas el muy gilipollas, dice gritando a su propia imagen. ¿Me quieres, hijo de puta? ¿Ahora me quieres?
Deja las pinzas metálicas junto al teléfono. Piensa un momento y marca.
– Anda, pero si sigues vivo. Qué cosas. No, sólo quería decirte que, en realidad, no es una vida de mierda. No es nada. Nada de nada. Es como si alguien hubiera pulsado la tecla pausa y no me hubiera enterado hasta hoy. Qué coño vas a pulsar tú ahora. No hay play que valga, cretino. Que sí, que sí. Hale, ya puedes tirarte otro poquito por la ventana. Adios.
Ahora es cuando llora, grita y gruñe. Se ha visto en el espejo mientras hablaba. Ese gesto obsceno que no ha podido reconocer como suyo. Entiende que se perdió hace mucho, que no sabe dónde buscar, que es tarde. Demasiado tarde.


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