Perdón

Suelo dejar de fumar cuando el cigarro se ha consumido un cincuenta por ciento. Es decir, fumo la mitad de lo que puede parecer. Lo hago desde los diecisiete años (salvo una interrupción de un lustro entre mil novecientos noventa y tres y mil novecientos noventa y ocho). Ahora, camino de cumplir los cuarenta y cinco, es el único vicio que mantengo intacto. Sencillamente no me apetece dejarlo. No sé si podría hacerlo o no. Eso me da exactamente igual. Prefiero seguir así. Es verdad que, tal y como están las cosas, la sensación de causar molestias estés donde estés o la de persecución constante hace que sea difícil fumar un cigarrillo con tranquilidad, pero prefiero eso a engordar doce quilos, tener que comer cincuenta chicles cada día o subirme por las paredes porque no me concentro haciendo esto o aquello. Unos fumamos, otros se meten un par de tranquilizantes o de estimulantes si les duele la cabeza o un okal si tienen la vista cansada. Y sin razón aparente. Vale todo. Los hay que beben ron como el joven Guzmán podría tomarse un batido de fresa y algunos dicen que han visto a otros hasta las trancas de agua mineral pensando que les convierte en seres ligeros y maravillosos.

Sea como sea, el que fuma mira con la ceja levantada al que se come cuarto y mitad de trankimacín y un lexatín por si acaso, ese mira mal al que bebe agua sin parar que, a su vez critica al tipo que pide un par de copas de ginebra a las siete y media de mañana en el bar. Bar en el que desayunamos todos mientras pensamos que los demás son unos viciosos y que podrían irse a su casita para no desmejorar el maravilloso mundo en el que vivimos. Todos con una piedra en la mano sin poder arrojarla.

Escribo y el cigarro se consume en el cenicero. Cuando me molesta el humo recuerdo que fumo. Estiro la mano para alcanzar el pitillo, lo llevo a la boca, aspiro con fuerza. Dejo que el humo salga a su antojo, al ritmo de la respiración. Termino de anotar en mi cuaderno una conversación escuchada en el metro. Quizás sirva algún día para algo. Escucho a Gonzalo como se justifica por haber dejado la ropa tirada en el baño. Silvia le contesta que sí, que vale, que ya lo está llevando a la lavadora, que no sea tan guarro y que no utilice ese tono de voz al hablar porque va a ser peor. Guzmán que escucha la bronca sale de su habitación moviendo el dedito índice diciendo que el no ha hecho nada. El pobre se justifica. Por si acaso, pensará. Me rasco la nuca sonriendo. No es a ti, chaval, anda sigue con lo que estabas haciendo.

Nos pasamos media vida pidiendo perdón. Unos lo piden en público, a otros. Los más tercos a sí mismos aunque dejarían que les cortaran una mano antes de confesarlo. Media vida justificándonos aquí y allá.

Acabo de encender otro cigarro. Abro la ventana para que entre aire fresco. Silvia llama a Guillermo. Qué hace la mochila en la bañera. Vale, vale, es que no me daba tiempo y la he dejado donde he podido. Guzmán asoma la cabecita por la puerta. Me mira, encoge los hombros y desaparece.

– Vaya humareda. Abre más esa ventana, por favor.

– Es que soy fumador y fumo donde me dejan. Perdón.

Trato de concentrarme de nuevo. Enciendo un cigarro. Todo sigue igual que antes. Igual que aquel día en el que me sentí un superhombre al encender el pitillo.


Comentarios cerrados.