Pies

Suelo mirar al suelo cuando viajo en autobús, en el metropolitano, cuando asisto a una conferencia o camino por la calle. Porque suelo mirar los pies de la gente. En movimiento, quietos, apoyados sobre la punta o el tacón, cruzados o paralelos entre sí. Los pies son grandes chivatos y suelen decir muchas cosas de las personas, de lo que les pasa. Son indiscretos. Mucho. Calzados o desnudos gritan cosas.
Dicen que el rostro es el reflejo del alma. Es posible. Los pies son el espejo de los sótanos de cada uno de nosotros, de lo que ocultamos. ¿Se han fijado en los pies de una mujer cuando coquetea con el hombre que tiene enfrente? ¿Han observado los pies de un niño recién nacido? ¿No les parece extraordinario ver los pies al Papa cuando se pasea con gran fasto? ¿Han pensado la razón por la que mucha gente no enseña sus pies? Piensen sobre el aspecto de un hombre vestido con traje de chaqueta. Piensen en sus zapatos sucios o impecables.
Mientras escribo esto que leen, tengo cinco pares de pies enfrente.
Unas botas deportivas (cuadros de colores que se mezclan) con los cordones desatados y pisoteados una y otra vez. Pies pequeños. Es una mujer. Joven. Seguramente está reafirmando su personalidad a base de no hacer caso a lo que dicen otros, a base de pensar el mundo desde una perspectiva que cree única. Cuando los zapatos sean de tacón habrá aprendido que todo eso ya estaba gastado, que muchos más habían pensado eso tan original.
Zapatos de tacón. Esta ya sabe de qué va esto de vivir en el planeta tierra. Las plantas llenas de barro. Los tacones también. Levanta la punta y la vuelve a bajar. Estará escuchando música. Es lo que queda. Momentos de soledad inventando realidades soñadas que nunca llegarán.
Zapatos bajos. Un lazo en la parte delantera. Perfectamente colocados. Paralelos entre sí. Brillan. No se mueven ni un milímetro. Supongo que estará leyendo. Gafas de pasta. Grandes. Como las que se llevan ahora. Recién pintada, recién peinada. El trabajo espera. Y en esta sociedad de mierda si no vas como un pincel te juegas el puesto de trabajo.
Zapatos de hombre. No los limpia bien desde hace un siglo. Les pasará una gamuza, como mucho, por las mañanas para aparentar cierto orden (la del polvo de casa, la primera que encuentre). Es curioso. Son los que más se pegan a otros pies. Se acercan más de la cuenta a los zapatos bajos e impecable de la mujer. Se juntan en los talones. Las puntas separadas. Marcan la una menos diez. Se mueven, buscan cercanía, regresan. Otro que va al trabajo a intentar pasar unas horas lejos de un matrimonio aburrido, de una rutina insoportable. Busca miradas cruzadas entre el pasaje, supongo. Las ilusiones animan mucho.
Unas zapatillas de andar por casa. No me causa ninguna sorpresa. Nunca falta un jubilado en el autobús. Mirará los edificios, los árboles, los escaparates. Hoy ha elegido esta línea para ver otra zona de la ciudad.
Pies. Sótanos. Personas inventadas.
Esta es mi parada. Me levanto y procuro no mirar a ninguno de ellos.


1 Respuesta en “Pies”

  • Anita Noire ha escrito:

    Me he pasado un rato mirando los pies del personal, pero después he mirado las caras, no he podido evitarlo.