Pliegues

La capacidad, casi detectivesca, que tenemos siendo niños para descubrir el entorno, se va perdiendo sin hacer ruido. Pasan los años y la facilidad con la que nos sorprendemos es menor, aunque no desaparece. Está. Termina haciéndose presente, antes o después. Es cuestión de tiempo. Por eso, tengo asumido que lo olvidado sigue escondido en algún pliegue que se deshace para mostrarlo, que existen cosas por descubrir o recordar por más que me pese. La sensación llega potente, igual que el crujir del vidrio al topar con el suelo. Quizás asusta y, por eso, no lo confieso con facilidad.
Leer por puro placer. Casi lo tenía olvidado. El volumen es pesado, mejor tenerlo sobre la mesa para poder disfrutar. “El vértigo”. Evgenia Ginzburg. No es una gran novela. No lo es. Se trata de un testimonio que cae con violencia sobre el lector buscando su complicidad, sin piedad, sin grandes alharacas literarias. Más de ochocientas páginas. Nada de buscar defectos a la narración, nada de subrayar las mejores o las peores frases de entre las miles que contiene el volumen. Nada de análisis o anotaciones sobre tal o cual registro. Eso queda, esta vez, para otros libros, para los propios. Me apetece recordar la sensación que provoca creer que estás viviendo junto a un personaje lo que te cuentan, de odiar o sentir afecto por alguien al que le tienes que dibujar los rasgos del rostro o colorear el cabello. Igual que cuando leía las novelas de Emilio Salgari. Casi lo tenía olvidado. No quisiera que acabase la lectura demasiado pronto. Otra sensación olvidada que me permite disfrutar más del texto.
Se abre otro pliegue. Ahora, cuando no recuerdo el nombre de muchos que estuvieron cerca (en la facultad o en el cuartel o en la playa), incluso de alguno al que llegué a considerar algo parecido a lo que creo que es un amigo, ahora, aparece un hombre, casi por casualidad, que me recuerda que eso de la amistad es lo que uno quiere. Las definiciones siempre quedan en los costados. Un pequeño gesto que tiene que ver con el trabajo (nada heroico, nada que pueda llamar la atención, una insignificancia para el resto) se convierte en un cordón que se anuda sin que nadie obligue. A mi edad, uno sabe que la amistad no se consigue sin esfuerzo. Al contrario. Pero, también, que si se presenta y se queda delante esperando, lo mejor es no intentar quiebros absurdos o miedosos. Juan, desde su cama, con las piernas amputadas y una movilidad muy limitada en los brazos, me dice que “un amigo tiene más valor que el oro”. No hablamos. Sólo nos leemos. Son esas lecturas las que permiten que hagamos de la amistad lo que nos de la gana, lo que queramos inventar.
Por eso, hoy me siento como un chaval al descubrir que la sombra que pisa le pertenece. Y me gusta. Lo confieso.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


3 Respuestas en “Pliegues”

  • Edda ha escrito:

    A veces la amistad es simplemente estar al otro lado, sólo por si hace falta.

  • Carmen Neke ha escrito:

    La amistad está ahí para que hagamos de ella lo que nos dé la gana, faltaría más. Para los grandes compromisos y obligaciones ya existen el amor y la familia.

  • Poma ha escrito:

    Ay ¡¡ que me ha gustado este texto¡¡Leer por puro placer..es mi foram de hacerlo ( aunque algunas veces lo haga para aprender)

    En cuanto a la amistad, me gusta la frase de Erasmo de Rotherdam : "La verdadera amistad llega cuando el silencio entre los dos se hace ameno "