Por favor, un poquito de poder

Existe una separación gruesa entre querer hacer daño y poderlo provocar. El mundo está lleno hasta los topes de gentuza que intenta dañar a otros. La mayoría de las ocasiones se trata de estúpidos que crean un problema menor que se resuelve con una bronca o, en el peor de los casos, con un par de guantazos. Un daño enano se soluciona con otra pequeñez. Son muy pocos los que pueden herir, sólo lo logran los que tienen poder. Verdadero poder. Y de esos hay muy poquitos sueltos por ahí.Los idiotas que creen dominar la situación en su entorno, un espacio que tienen como colosal unicamente ellos, parecen no saber que son la misma cosa pequeña e insignificante que el que sufre su ejercicio de poder inútil. Un poder que no se representa castigando de cara a la pared a un niño. Ni siquiera matando al otro. El poder se ejerce eliminando las palabras con las que podemos definir un problema que nos afecta como colectivo, el poder se ejerce desde la manipulación de las pocas ideas que nos dejan tener, desde la anulación de millones de inteligencias que se pegan a conceptos estúpidos que tienen que ver con una idea equivocada de lo que es el trabajo, la religión o la política (sirvan como ejemplo). No hace mucho preguntaba a un grupo de personas adultas sobre las diferencias ideológicas que existen entre los dos grandes partidos políticos españoles. Ni una. Ni una sola. Las ideologías, las religiones y el trabajo, como elemento creador de personas y no como trituradora del sujeto, han desaparecido. Ahora todo es lo mismo. Es como si alguien hubiera metido en una coctelera lo que mueve al hombre desde lo más íntimo y hubiera logrado un enorme combinado, lo hubiera metido en un televisor y lo estuviera sirviendo sin pausa en “prime time”. Las cosas no se pueden llamar por su nombre, las cosas existen o no porque lo dicen los demás, hay que trabajar en una empresa con derecho a tarjeta de visita aunque te jodan la vida. Lo que importa es llegar a casa y sentirse satisfecho por ser uno más, por sobrevivir. Eso y conseguir un poco de poder aunque sea a cambio de arrastrarnos frente a un individuo que repite lo que escucha de ese gran combinado sin saber siquiera lo que significa, un tipo anclado a su pequeña parcela en la que cree ser Dios cuando, en realidad, no llega a ser lo que le hubiera tocado ser como persona.Lo peor de todo esto, la sospecha que me hace sentir inquieto es que, en realidad, todo esto sucede porque nos resistimos a pensar que el poder es cosa de otros. Queremos tenerlo, ejercerlo. Aunque sea algo inventado y ridículo.Son pocos los que renuncian a esa parcela minúscula que nos parece inmensa, a pasar el día haciendo lo que otros consideran injusto o una gilipollez propia de un ser mediocre que nadie sabe cómo pudo llegar a ese lugar de privilegio. El que no piensa cree que nadie lo hace.Siempre estuvimos en manos de la clase sacerdotal. Que sí, que sí. Todos y siempre. Hemos sido manejados por políticos y militares. También, todos y siempre. Unos a través de engaños, otros usando fusiles. Las empresas organizan el mundo y nos venden la cosa como un favor a la humanidad. Nunca fuimos más títeres que ahora. Nos dan unas migajas de poder a cambio de dejarnos sin ideales, sin Dios o el diablo, sin un lenguaje con el que llamar a las cosas por su nombre, sin ideas propias. Sólo un poquito de poder para dañar, la cantidad justa que nos deja atontados ante los resultados empresariales que, según los que mandan de verdad, nos llevaran a ser más grandes, más fuertes. Olvidan añadir que mucho más tontos. Eso sí, tontos que creen ser mandones.


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