Precio ¿Qué precio?

El pasado martes devolví una cartera que encontré en un taxi. Tarjetas de crédito, documentación y algo de dinero. Veinte euros con noventa y cinco céntimos. La entregué en una comisaría. Un policía mayor me atendió con mucha amabilidad y me hizo esperar para que comprobase que él entregaba a su vez la cartera a dos funcionarias. ¿No se ha quedado con el dinero? preguntó la más joven. Es que sabiendo cómo se llama la propietaria y habiendo visto su foto me ha dado apuro. Eso contesté. Espero que ya esté en poder de María de los Ángeles. Así es como se llamaba según el D.N.I. Lo que no tengo tan claro es qué hubiera pasado si la cartera hubiera estado repleta de billetes. Por ejemplo, dos, tres o cuatro mil euros. El hecho de estar pensando en ello ya me huele a chamusquina. Devolver veinte con noventa y cinco te hace pensar que eres decente, honesto. Aunque es sencillo. Y me temo que devolver tres mil euros te hace sentir como el tipo más gilipollas del universo. ¿Qué es mejor, sentirse como una especie de buen samaritano o un imbécil sin solución?
En la vida, del mismo modo que los personajes en las novelas, nos enfrentamos a situaciones que nos llevan al límite y eso nos hace desaparecer. Dejamos de ser tal y como éramos un minuto antes. Y en literatura puedes cargarte a un personaje en dos líneas sin apenas ser consciente de ello. Por eso nos pensamos las cosas dos veces antes de meter la pata. Si lo que vamos a hacer es algo que moverá la conciencia a un lado diferente del que creemos mejor, si intuimos que tendremos que llevar a cuestas un equipaje tan molesto, nos asaltan las dudas. Nadie quiere tener que cruzar de acera cuando ve a otro, ni desviar la mirada con vergüenza. Tampoco escribir de nuevo cien páginas de un relato para que funcione razonablemente. Sin embargo, nos pasamos la vida cometiendo errores. Nos ponen frente a algo que tiene un valor determinado y se acabó.Pero ¿cuál es el precio? Yo no tengo ni idea del mío. Está por encima de veinte con noventa y cinco. Eso sí. Espero no tener que descubrirlo salvo que ronde los tres o cuatro millones de euros.


3 Respuestas en “Precio ¿Qué precio?”

  • Edda ha escrito:

    ¿Se le puede poner precio a la conciencia? Creo que no. Debo ser más tonta que un cubo de esos, y de plástico, pero duermo divinamente.

  • Edda ha escrito:

    Ah, y también tengo buena memoria. Que lo sepas.

  • Ana María Lozano ha escrito:

    Ser una especie de buen samaritano es la mejor pastilla para dormir como un bebé. Pero ígnoraba que sentirse un ‘imbecil’ fuera sinónimo de honrado, al menos en estos casos tan comprometedores. Pero creo también que es lógico sentirse un imbécil si se devuelve un dinero sustancioso. Si no hace falta urgente un dinero qué feliz se queda uno al devolverlo. Y qué mal se debe sentir uno al quedárselo, aunque la necesidad obligara a apropiarte de algo ajeno y con dueño escrito. Qué “faena” es tener esa vocecilla interior tan plasta que nos tortura y no nos deja ser los más ‘listos’ del planeta.