Préstamos

Prefiero regalar los libros que me piden prestados. Mis ejemplares suelen estar llenos de anotaciones personales que convierten ese libro en algo muy de uno. Si se pierden o se quedan en casa ajena también lo hace esa lectura que hice de joven y fue errónea, o aquella que me descubrió a un autor que me influiría decisivamente, o alguna frase que se me ocurrió escribir pensando en una mujer o en mí mismo. Lo que sea, es igual, pero siempre queda en peligro algo íntimo en cada préstamo. Mejor se compran, se regalan y se acaba el problema.
Sin embargo, como suele ocurrir en esta vida, un buen día descubres algo que has tenido cerca, que podrías haber hecho antes y que es inquietante, divertido.
Hace unos días regalé tres libros a la misma persona. Alumno capaz de agarrar una idea y convertirla en un buen relato. Con cuatro cositas arma un texto con sentido, expresivo, hondo. Muy despistado tengo que andar si me equivoco al afirmar que este hombre puede llegar a ser un buen escritor. Decía que regalé tres libros. Uno de ellos iba a ser “Tala” de Thomas Bernhard. Es una de mis obras favoritas. Y digo que iba a ser porque finalmente lo cambié por un ejemplar de “El origen” del mismo autor. “El halcón Maltés” de Samuel Dashiell Hammett y “La buena letra” de Rafael Chirbes eran los otros dos. Son muy diferentes entre sí. Excelentes los tres, pero mientras que leyendo a Hammett podemos ir observando la construcción de una trama soberbia, leyendo a Chirbes entendemos lo que significa la expresividad y lo profundo de la literatura. Bernhard, con esa escritura en espiral, hace que el que se acerca a su obra por primera vez quede fascinado por el uso de un registro determinado (uno aprende que la literatura no es contar una buena historia, que es el punto de vista unido a una técnica determinada lo que convierte esa historia en algo bien diferente).
Pues bien, fue “El origen” y no “Tala”. Lo que pasó es que abrí la novela de Bernhard y, sin darme cuenta, comencé a subrayar, a anotar algunas cosas que iban apareciendo. Es decir, estropeé el regalo. Había leído cerca de ochenta páginas y la cosa no tenía remedio. Al entregar el paquete expliqué lo sucedido y él me pidió “su” ejemplar de “Tala”. Le daba igual. Le encantaría tenerlo en esas condiciones. Así lo hice.
Hoy me dice que él también ha ido anotando en los márgenes. Que es curioso ver como un mismo libro va abriendo expectativas tan iguales y tan diferentes a la vez en un lector o en otro. Y es verdad. Estoy deseando mirar esas notas para compararlas, para aprender más de la novela, para descubrir aspectos de una lectura que quizás nunca hubiera realizado. Pero lo que a mí más me agrada es saber que, a pesar de las diferencias entre su lectura y la mía, ambos estamos dando vueltas en esa espiral que el personaje de Bernhard crea desde su sillón de orejas. Eso es literatura. Un mundo creado en el universo de la ficción en el que, paradójicamente, cada uno interpreta su papel de hacedor sobre lo que ya esta hecho, porque sin ese lector convertido en semi Dios todo está falto de vida y nada sería.
Estoy empezando a pensar seriamente si tengo que comenzar a prestar mis libros. Con anotaciones y todo. Desde luego a él sí se los pienso dejar.


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