Primeros recuerdos

Guzmán y Gimena están jugando en la habitación. El niño tranquilo, sin hacer ruido, entretenido con un papel y sus pinturas. La niña llora, intenta ser el centro de atención, va y viene, si uno le hace caso prueba con el otro, con el de más allá. Me pregunto si esto que hacen ahora formará parte de su recuerdo, de esas primeras imágenes que nos llegan como fracciones de segundo y llenan una niñez entera. Nos vemos recogiendo un juguete en el parque para poder contarnos lo que fueron nuestros primeros cinco o seis años. Al menos eso creemos. Rellenamos un espacio inmenso tan rápido como nos vemos luciendo trenzas o en pantalones cortos. Un muelle que nos arrastra de un lado a otro de la realidad con violencia.
Al fin y al cabo nuestro pasado se reduce a eso, a un puñado de imágenes que nos contamos como buenamente podemos, a veces distorsionadas por voluntad propia, otras deformadas y convertidas en experiencia mentirosa que nos permite seguir adelante, algunas intensas y verdaderas y dolorosas porque ya no pueden ser más que recuerdos.
Retrocedo hasta donde puedo. Aunque lo más lejos que llego es mucho más acá de lo que quisiera. Seis años. Creo. El resto está eliminado o escondido en algún lugar que no alcanzo a descubrir. Quizás quise otra cosa y por eso lo he borrado, quizás no ocurrió nada digno de almacenar. No lo sé. Ni quiero esforzarme por encontrar algo que, seguramente, no me guste demasiado.
Espero que mis hijos no tengan que jugar al escondite con su pasado, que su primer recuerdo sea su propia experiencia y no el que inventamos los padres contando mil y una historias en las que ellos aparecen como protagonistas felices.
Un llanto o un juego silencioso y tranquilo. Eso es igual. Pero nada que haga renunciar a un solo momento.


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