Probetas amorosas

El motor del mundo es el amor. Más que nada porque el amor es el preámbulo de la reproducción. Y aquí se viene a lograr que la especie siga adelante, se viene a convertir el mundo en nosotros mismos. Nos queremos y nos reproducimos. Una forma complicada de hacer las cosas que el ser humano eligió hace muchos miles de años. Podríamos reproducirnos sin tener que amar a nadie, pero ese tipo de planteamientos no casa bien con la razón. Es uno de los peajes que pagamos por ser inteligentes. Casi todo lo complicamos. Es como si quisiéramos demostrar lo listos que somos cada vez que damos un paso. Sin embargo, la cosa puede estar modificándose; ahora que somos capaces de hacer que la especie continúe desde los laboratorios, el amor es un valor menospreciado, cosa de locos o nenazas. Tal vez el motor del mundo sea (sin que seamos capaces de asumirlo) una probeta. Tal vez el siguiente pago lo tengamos que realizar al dejar de amarnos. Inteligentes e incapaces de amar. Inteligentes y ajenos a eso que llamamos amor por ser innecesario.
El amor es el motor de mundo. Lo seguirá siendo. Tranquilos. Porque el amor es lo que mueve a los jóvenes de un sitio a otro. Esos no entienden de probetas. Son más de meterse mano y reproducirse sin querer. Lo seguirá siendo porque es lo que hace que una persona en plena madurez sienta que aún tiene posibilidades de disfrutar de la vida. Los adultos somos más de aferrarnos a la vida sea como sea, incluso metiéndonos en camisas de once varas. Y lo seguirá siendo porque los niños conservarán eso que llamamos amor como si fueran un taperguare cerrado al vacío. Esos no entienden de nada que no sea de color blanco. Las sombras llegan después.
El amor es el motor del mundo. Siempre lo fue. Por eso estamos por aquí. Vivitos y coleando. Y el mundo se retrasa y se pone difícil cuando los que no son capaces de amar pueden campar a sus anchas a lo largo y ancho del planeta. Son los que se reproducen como conejos, los que sólo quieren que su apellido pueda pronunciarse un rato más, los que creen que el mundo se reduce a sí mismos; son ellos los que provocan desastres que nos hacen dudar a todos de la necesidad de seguir vivos, de mantener intacta nuestra condición. Son los que creen que las probetas amorosas pueden ser una solución de continuidad a su codicia, a su soberbia o a su gilipollez extraordinaria. Estos nacieron con el tuperguare vacío o lo vaciaron antes de tiempo para tener muchas cosas valiosas que no sirven de nada cuando picamos billete camino del otro mundo (si es que existe otro mundo, claro).
Puede ser que estemos viviendo una crisis terrorífica en el plano económico, puede ser que el mundo esté patas arriba por esa razón. Pero, sin embargo, creo que lo que tenemos que hacernos mirar es ese tuperguare. Si es verdad que el amor es el motor del mundo, si es desde allí desde donde emana lo mejor de la condición humana, tendremos que revisar qué es lo que está pasando en ese lugar y no en otro. De nada servirá poner las cosas en su sitio dentro de las empresas si cada uno sigue pensando que una probeta amorosa puede suplirnos.
De momento, podríamos ir utilizando la palabra amor con cierta naturalidad. Sin pensar en que nos van a tachar de cursis o de ridículos. Podríamos rellenar de contenido la cosa. Podríamos ir pensando que forma parte de todos nosotros. Una parte fundamental. Un tuper lleno de albóndigas o de acciones compradas a un precio maravilloso no deja de ser una nimiedad. Es lo que nos hace pequeñitos. Lo otro no; lo otro nos hace eternos.


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