Promesas incumplidas (I)

Son jóvenes. Se hacen una promesa que sellan haciendo un pequeño corte en el dedo corazón. Uno al otro. Mezclan la sangre. No nos haremos daño el resto de nuestra vida. Nunca jamás. Acaba el verano. No volverán a verse hasta el año siguiente. Eso creen.
Cuando regresan, él luce canas. Ella se encuentra embarazada de su tercer hijo. Se llamará como tú, le dice. Siempre me gustó tu nombre. Ahora te presentaré a mi mujer. Nosotros tenemos uno nada más. Te veo muy guapa. Lo dice mientras roza contra el pantalón vaquero la yema del dedo.
Tres años después coinciden en el aeropuerto. Toman café. Comentan lo que se les ocurre. Ella tiene que embarcar por la puerta treinta y nueve. A él le toca esperar. Prometiste que no me harías daño. Lo dice mientras agarra el bolso, sin poder levantar la cabeza. Él mira al suelo. Tú hiciste lo mismo. El momento que tanto soñaron. Piensan los dos sin saberlo el uno del otro. Él se atreve. Pone la mano sobre su hombro. Mueve la mano con suavidad. Ella nunca soportó las dudas. Le besa. Se besan. Tiene que irse. Espera, le dice. Tenemos que vernos. Ella, fingiendo estar serena, contesta. Prometimos no hacernos daño. Vamos a dejarlo así. Cualquier otra cosa sería peor. Es justo al contrario, replica él, nervioso. La vida es lo contrario casi siempre, la vida siempre está vuelta del revés, dice ella.
Pasan seis años más. Ella se entera un par de meses después. Se sienta en un extremo. Un jarrón con flores naturales junto a la cruz. Su nombre se lee en piezas metálicas pegadas al mármol. Incapaz de pensar en nada se levanta y se va.


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