Quedar en otro

El límite de la persona no está en ella misma. Ni el espiritual, ni el material. El ser humano deja un rastro, por pequeño que sea, al ser; pistas de nuestra propiedad en un camino lleno de millones de objetos, repleto de hombres y mujeres que se quedan en propiedad lo que fue tuyo.
Si amamos, buena parte de nosotros se convierte en otro. Si odiamos pasa lo mismo. Escribimos en una hoja de papel una frase que otro lee y ese otro se transforma; hacemos un gesto para que lo reciba y lo haga suyo, o lo desprecie, sabiendo que algo se arruga o se estira un instante después. Cambia. Aunque sólo sea un poco, pero cambia. Cualquier cosa que hagamos tendrá respuesta. Somos nosotros en otro. Somos otro por lo ajeno.
Podemos hacer de alguien un ser feliz o desgraciado con una frase. Y podemos hablar horas y horas causando un efecto ridículo en el que escucha. Recibimos un abrazo como si fuera lo único que el universo nos pudiera regalar aunque podemos recibir lo que envidia medio mundo apenas sin un ademán vacío.
No es importante lo grande o chico que nos ofrecen o lo colosal o enano de lo que damos. No. Lo que cuenta es lo que deja en otro, en mí.
Hoy, en el autobús, camino de la oficina, una niña me miraba con insistencia. Después de sentirme observado un par de minutos, he cerrado el libro despacio y he alzado la vista. Sonreía. Yo también.
– ¿Por qué lees? ha preguntado mientras su madre le empezaba a recriminar la conducta (deja al señor, creo que ha dicho).
– A los mayores también nos gustan los cuentos, respondí haciendo un gesto con la mano a la madre para que dejase que la niña pudiera hablar.
– ¿Me lees un poco? Es que me aburro.
– Pues mañana no olvides traer un cuento. Venga te leo un poquito aunque te advierto que me tendré que bajar pronto.
Lo único que tenía a mano era el libro que estaba leyendo. Un poemario de Gamoneda. Lo he abierto al azar. Se titula “Amor”.

Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.

Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.

Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.

– Me gustas.
– Tú a mí más, le he contestado.

Hemos llegado a mi parada sin tiempo para más. Le he regalado el libro y le he pedido que lo lea cuando sea un poco más mayor. He esperado hasta que se han cerrado las puertas y nos hemos despedido sin hacer un solo gesto.
Una marca en el camino que no cambia apenas nada, que no creo que quede en el recuerdo habiendo pasado un tiempo corto aunque ahora esa niña es un poco en mí. Espero que yo en ella.


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