Recuerdos

El recuerdo tiene el tacto del dolor. Su bondad apesta a inalcanzable. Eso que fue nunca más estará. Y el asco (también apesta) que puede producir llega arrastrándose entre la verdad de lo que fue y no podrá borrarse jamás. Sea por una cosa u otra, el recuerdo nos hace pensar en lo que no fuimos, en lo que nunca seremos, en lo que se quedó escondido tras un deseo oculto; en eso que quisiéramos ser, pero pasó de largo hace mucho tiempo. Un año, diez. Un instante.
Creemos tener en la cabeza eso que añoramos por bello, por arrancar una sonrisa, por llevarnos a tiempos mejores. Sin embargo, no somos capaces de comprender que lo que tenemos es un yo necesitado, recuerdos distorsionados permisivos con el presente. Poco más.
Es al contrario. El camino se hace en dirección opuesta. El pasado nos construyó de manera imperfecta. Es el futuro el único taller de reparaciones posible. Hay que hacer girar el pensamiento hacia la incertidumbre, hacia esa zona llena de miedos que espera ansiosa para comenzar la tarea de modelar lo que llegaremos a ser. Allí estamos esperando.


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