Reencuentro

Nos pasamos la vida escapando de lo que nos atormenta, de lo que nos hacer sentir un pánico incontrolable. Nos pasamos la vida huyendo de un sitio a otro tratando de no toparnos con eso que quisimos ser y no pudimos, con eso que alcanzábamos con la punta de los dedos y despreciamos gracias a lo que, ahora, nos parece una idiotez inmensa.
Dejamos atrás personas que merecían la pena, traicionamos nuestra forma de pensar, cambiamos un camino árido por otro más fácil que nos arrastró a la mediocridad. Nuestra desidia pasada se transforma en un peso que aplasta el futuro. Oportunidades perdidas, desperdiciadas. Los trozos del yo repartidos por el camino.
El paso del tiempo suele ser un desastre para muchos. Matrimonios que no funcionaron, hijos que se alejan sin remedio, discusiones familiares que se enquistan para siempre, demasiada gente por el camino que dañó, sin remilgos, a cambio de nada que no fuera un dolor eterno. El paso del tiempo cincela las cicatrices que ganan relieve y fealdad.
El paso del tiempo nos arrastra a ese lugar en el que esperan las preguntas que nunca quisimos hacernos, en el que no aparecen respuestas. Nos lleva hasta eso de lo que huimos desde hace años. Nos acerca a nosotros mismos. Somos el peor compañero de viaje porque sabemos la verdad, conocemos exactamente lo que somos; lo que no hemos enseñado a otros lo reconocemos en eso que se acerca. Nos arrimamos a la imagen más amable de alguien que lleva ocultando la vida entera una identidad bien distinta a la que conocen otros.
Intentamos reaccionar colocando implantes aquí y allá, tiñendo los cabellos, vistiendo ropa cara. Creemos que es eso lo que nos volverá a ocultar. Esta vez para siempre. Pero no hay invento posible que oculte nuestra amargura, nuestra soledad o la soberbia que tanto nos ayudó en el pasado. Nos armamos con una coraza cosmética para luchar contra la verdad. Y esa batalla nunca fue ganada por nadie. La verdad fue siempre un caballo ganador.
Sin embargo, hay una forma de ser derrotado con cierta dignidad. Enfrentando al que enseñamos y al que somos. Mezclando, amasando y modelando el conjunto. Asumiendo que eso es lo que hay. Siendo sinceros al mirar un viejo retrato o al escribir el epitafio que alguien dictará al sepulturero. Siempre hay tiempo para dejar de huir. Para sentarse a la orilla del camino y calzarse las miserias, las alegrías de antes, las traiciones o los amores olvidados. Para ser, de una vez por todas, lo deseado y lo molesto. Un yo completo. Alguien que no puede escapar de sí mismo. Tal vez es lo más saludable, la única forma de que el tiempo no arrase con la nada de una vida vacía y falsa.



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