Reflexión mínima sobre el diálogo

Me pregunto por qué los autores (muchos, se lo garantizo) se empeñan en escribir conversaciones patéticas entre sus personajes. En literatura se dialoga y no puede armarse un texto desde el desconocimiento de la técnica. Podría parecer que eso de hablar por hablar, unos con otros, es lo mismo que dialogar; pero no lo es.

El que dialoga quiere saber, quiere decir o quiere callar (los silencios son muy significativos). Contrapone su discurso al de otro para que sus logos se enfrenten. Y lo que dicen, uno y otro, se arrastrará durante toda la vida, durante toda la narración.

Alguien puede decir “Hola, vaya día de perros, no parece que vaya a dejar de llover” y no sabremos nada de él, de su psicología, de su forma de entender las cosas. No sabremos nada porque él tampoco ha dicho nada. Nos habremos quedado sin personaje. Y eso es lo que hacen muchos autores supongo que para llenar de letras algunas páginas más. No puedo imaginar otra razón. Las novelas están llenas de baratijas literarias como esta o parecidas. O no saben ni lo que hacen o les da lo mismo ocho que ochenta. Por supuesto, muestran un desprecio absoluto por el lector. Seré generoso si digo que le toman por comprador de unos gramos de papel y poco más.

Supongamos que nos encontramos con un texto en el que el personaje dice “No deberías hacer eso. Reduces lo que eres a lo que puedas dar de sí en la cama”. Le contestan “Quizás podamos llegar a querernos. Parece buena persona. Y todo es más fácil si el pan es del día”. Replica el primero “Yo seguiré comiendo lo que pueda. Y no estaré si regresas”.

Nunca me ha gustado explicar lo que escribo. No lo pienso hacer esta vez. Sólo propongo algunas preguntas. ¿Qué va a suceder al poco tiempo? ¿Qué relación se establece entre los personajes? ¿Qué sentimientos muestran cada uno de ellos? ¿Qué…? Con tres intervenciones es muy posible que se puedan contestar un buen número de preguntas. Sean cuales sean. De paso ahorramos al lector descripciones estériles, conversaciones anodinas y un tiempo de su lectura. Pero lo más importante es que el que lee puede ver con claridad, sentir con la intensidad adecuada eso que ocurre; dicho de otro modo, puede involucrarse en la narración. No conozco otra forma de alcanzar un nivel expresivo adecuado. Al margen de todo lo dicho, sólo un narrador objetivo (el que se dedica a reproducir con exactitud cada movimiento de los personajes o el escenario) puede servir  para lograrlo, al cambiar lo dicho por un movimiento o la mirada a un objeto (por ejemplo) que carga de sentido cada frase que escuchemos decir a los personajes. Un ejemplo claro lo tienen en J. D. Salinger. En cualquiera de sus cuentos en los que utiliza ese tipo de narrador.

Y ahora echen un vistazo a lo que estén leyendo. A ver qué es lo que sucede.


4 Respuestas en “Reflexión mínima sobre el diálogo”

  • Edda ha escrito:

    Pues sucede que voy a aparcar el tocho de casi mil páginas que tengo entre manos, voy a coger “Franny y Zooey”, que es el libro de Salinger que tengo más cerca, y que Byatt te perdone.

  • Carmen Neke ha escrito:

    Lo que estoy leyendo es un ejemplo clarísimo de cómo unos diálgos malos y un narrador externo pero subjetivo se pueden cargar una buena historia. Y no voy a decir qué libro es, que me parece que conoces personalmente a la autora.

  • Poma ha escrito:

    Buena Master class.

  • MERCHE ha escrito:

    Pues leyendole a vd. siempre hace que me pregunte mil y una cosita…