Reflexiones sobre la escritura (3)

7. El mundo está siempre por descubrir. Perder nuestra capacidad detectivesca nos impide buscar lo importante entre la vorágine que representa la realidad. Y eso significa no poder hacer literatura. Y eso significa alejarse de ella al no comprender su único fin que no es otro que explicar la realidad.
Es por esto por lo que los avances tecnológicos, concretamente Internet, pueden convertirse en un lastre si no se gestionan con inteligencia. Los jóvenes, los niños o los adultos pueden quedar anclados en un lugar que les impida conocer una realidad filtrada, siempre, por una computadora. Ya descubren por ellos el universo. Eso creen. Son incapaces de crear mundos o entenderlos al vivir en el que les ofrecen con un click. Pueden ser incapaces de ir más allá de sí mismos.
La comprensión de la realidad necesita de la reflexión, de un pensamiento que esté alejado de lo artificial. Una herramienta como Internet, con un potencial inmenso podría llegar a convertirse en un suicidio colectivo monumental.
Del mismo modo que un mal libro que está lleno de cosas sin importancia puede ser nocivo (pienso en este momento en El código Da Vinci) por ser una realidad mal tamizada, la tecnología puede aportar vacío al que se crea con el del pensamiento.
8. La soledad del escritor, esa a la que tanto aluden algunos para intentar aparentar grandes padecimientos al trabajar, es un eufemismo que se refiere a la falta de ideas o talento.
Es difícil encontrar mejor amigo que alguien que hace lo que le piden, piensa como deseas y deja de molestar en cuanto dejas la estilográfica sobre la mesa.
9. La elección del narrador es fundamental antes de comenzar a escribir. Tanto que, si se comete un error, no se puede estructurar el relato con un mínimo de garantías. Ponerse a escribir sin pensar antes en los materiales narrativos que deben utilizarse y, concretamente, en el narrador, es, sencillamente, un disparate. Porque esa voz será la que haga del relato una cosa u otra.
No se puede dejar de pensar, por ejemplo, en que la figura del narrador tiene que ver, sobre todo, con la distancia, con la proximidad o lejanía de esa voz respecto a la acción. Desde la omniscencia que presenta un mundo entero del que el narrador sabe todo y todo puede hacer, hasta el flujo de consciencia que representa el pensamiento puro del personaje. Una distancia que se llena de posibles paradas que podemos elegir como posibilidades ciertas para poder escribir. No se puede dejar de pensar si el narrador podrá contar lo que sucede o si al hacerlo será verosímil o no. Un narrador personaje no puede entrar en la consciencia de otro, no puede saber lo que piensa o cómo lo hace. Si el escritor olvida algo tan fundamental como esto está condenado a fracasar.
La pena es que el mundo editorial está plagado de casos vergonzosos y no parece ocurrir nada. Y desde que la autoedición se ha colado de rondón el problema comienza a ser alarmante.


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