Reflexiones sobre la escritura (1)

1. Uno de los problemas con el que termina encontrándose el escritor -ya sea veterano, extravagante, nuevo o bueno- es el papel en blanco. Un trozo de papel sobre la mesa de trabajo. Esperando, muchas veces, de forma inútil.
Ese papel no es, en sí mismo, un problema o el problema. La pega llega desde otro lugar muy distinto porque lo que está en blanco, además del papel, es la consciencia  del que intenta escribir. No se puede agarrar una zona de la realidad para convertirla en un texto literario si la mente está bloqueada, cerrada a cualquier interacción con el entorno. Buscar una zona del universo, aislarla, y hacerla añicos para recomponerla más tarde; con los matices necesarios, con una disposición original que aporte desde la ficción a la realidad o viceversa; es la solución, el proceso para ello; la consciencia debe quebrarse, troncharse como un lápiz entre las manos de alguien enfurecido por la frustración. Añicos, también.
No se puede hacer literatura sin un proceso previo destructivo y otro posterior de reconstrucción. Lo que no sea eso es jugar a escribir.
Y lo difícil, a pesar de lo que piensan muchos, no es comenzar con ese proceso. Destruir es relativamente fácil. Lo peor llega cuando las piezas quedan desparramadas y no hay quien las coloque en el lugar debido.
¿Cómo se consigue esto? No se me ocurre mejor método que la transgresión. Bien con el entorno, bien frente a otros, bien con la literatura o con uno mismo. El escritor no ha nacido para vivir en un mundo cómodo en el que las reglas protegen si son cumplidas, en el que la explicación llega de lo divino o de un líder vacío aunque con cierta verborrea. El escritor está obligado a encontrar una explicación a todo. Es eso y no otra cosa lo que hace de la literatura algo grande e imprescindible.
Pero ¿qué eso de transgredir? Desde luego, no es decir disparates o no atender a las reglas ortográficas. Es algo tan sencillo como no pasar por este mundo caminando de puntillas. Pensar lo vivido, lo que le ocurre a otros, es el verdadero riesgo, es la verdadera ruptura con el mundo. Todo comienza antes de gastar la primera gota de tinta.
2. William Faulkner, Miguel de Cervantes o Raymond Carver fueron grandes porque lograron hacer de la realidad una caricatura. Lejos del carácter peyorativo que eso representa.
Es algo que muchos otros olvidan entre solemnidad para decir una frase vacía, formas literarias perfectas que adornan textos ridículos, ensayos con las palabras que resultan absurdos o cifras de ventas que les convierten en mercaderes de papel impreso.
3. Lo importante de la escritura, su sentido y último fin, no es que un lector eche un vistazo al texto. No; el ciclo se acaba cuando el que escribe logra componer el texto. El círculo se cierra con la última corrección. Con la lectura ajena, la distinta del propio escritor, se abre otro capítulo distinto. Es verdad que es resultado del primero, pero distinto e independiente.
Lo verdaderamente importante es que una mirada sea distinta a la del resto de mortales.


Comentarios cerrados.