Reflexiones unos minutos antes de cumplir 49 años

1. Un escritor es el notario de la ficción. Y cuando levanta acta (esto es, cuando escribe un relato o un poema) lo que procura es una comprensión de las cosas que aportan una perspectiva de la realidad que, aunque oculta, siempre formó parte de ella. Por eso, un escritor debe ser, al mismo tiempo, un buen lector. Dedicar el tiempo a contar lo que ya está dicho o a contar algo ya descubierto aunque con diferente formato, es cosa que sólo hacen los malos escritores, los que quieren dedicarse a escribir sin saber lo que les viene encima o los que cuentan historietas sin mayores pretensiones (grupo al que pertenecen los anteriores aunque no lo sepan y sí escriban soportando objetivos improbables).

2. El texto literario no es una historieta inventada por alguien que presume de una imaginación desbordante. El texto literario es una explicación del mundo tan necesaria para el ser humano como lo podría ser el agua. Lo otro es puro divertimento o una busqueda absurda de obtener ingresos y fama. Algo así como un tiovivo impreso.

3. Escribir supone tomar distancia con la realidad. Tanta como sea necesaria para que el mundo parezca un escenario de ficción en el que las piezas que lo componen puedan ser rechazadas, elegidas, cambiadas de lugar, limadas, infladas o revestidas de purpurina. Eso que llamamos talento no es otra cosa que la capacidad que tiene el escritor para elegir la zona de la realidad que puede convertirse en un relato; que puede trocearse para que las partes se conviertan (dispuestas de distinta forma) en una parte de la realidad maquillada que llamamos ficción. Atinar en la disposición de las partes es el talento.

4. El escritor es el maquillador del universo.

5. Un relato convierte lo imaginado en un trozo de la realidad. Que encaja a la perfección en el hueco que tenía reservado antes de ser descubierto, antes de ser. Del mismo modo que lo inmaterial es aceptado como parte del universo, esos relatos también lo son.

6. La falta de ideas y de talentos en la actualidad hace que la realidad no se parezca a sí misma. Tan sólo somos capaces de crear imitaciones toscas. Muy malas copias. Pocas veces, la ficción es más parecida a la realidad que la propia realidad. Porque pocas son las buenas novelas, los buenos poemarios, los buenos escritores. Y a ello nos agarramos mientras pataleamos en el légamo que arroja el declive de toda una civilización.

7. La ficción es cierta, verdadera, real. Es un mundo inamovible en el que un código propio le convierte en una verdad absoluta. Nada de la realidad puede poner en duda esa verdad. Otra cosa es que la ficción sea verosímil o no; otra cosa es que el relato se convierte -aceptado por muchos- en parte de la realidad. Eso es otra cosa que tiene que ver con la buena elección de los materiales narrativos y su disposición. Porque la recepción de un mundo ficticio (mejor o peor) no lo convierte en falso o verdadero. La ficción siempre es cierta, verdadera, real.


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