Relato de verano (1)

Leer los periódicos es una tortura. Cuando no son los papeles de Bárcenas, son los ERE en Andalucía; cuando no son las subidas de tasas universitarias, son las de la luz o el gas o el agua o todas de golpe; cuando no se han dopado media docena de atletas, son las irregularidades en los pagos a la hacienda pública de una estrella del fútbol mundial. Es insoportable. Más que nada porque aquí no mueve un dedo nadie por evitarlo. Ni dimiten los sinvergüenzas que nos gobiernan, ni los universitarios se lían a poner adoquín sobre adoquín, ni las estrellas del deporte se dedican a entrenar bebiendo batidos sin cuarto de kilo de esteroides como aperitivo. Insoportable y triste. Así que nada de prensa ni de radio. Por supuesto, nada de mirar la pantalla del televisor. Seamos prácticos y no tiremos nuestro tiempo y nuestras ganas de vivir lo más felices que podamos a la papelera.
¿Qué opciones tenemos? Si la realidad es una mierda habrá que escapar de ella. Cine, teatro, literatura. Ya saben, lo que venimos llamando ficción. Creándola unos, interpretándola otros. No hay nada como un buen relato para evitar tanta indecencia, tanta mugre.
Voy a poner mi granito de arena. Les cuento y ustedes se entretienen. Les cuento y ustedes sacan sus propias conclusiones. Y, por qué no, les cuento y ustedes se quedan dormidos frente a la pantalla del ordenador.

C. es una mujer pequeña, feucha, desgarbada. Pero, hoy, cuando se mira en el espejo no se reconoce. Se acerca extrañada y no alcanza a ver otra cosa que no sea una mujer bella, esbelta, elegante. No le desagrada su aspecto aunque le gustaban sus arrugas, sus párpados caídos y lo áspero de su cutis. Ahora es extravagantemente sensual, atractiva, misteriosa.
Como cada mañana, baja al parque para echar comida a las palomas. Unos días atrás llegaron a sumar más de sesenta aleteando nerviosas. Como cada mañana, las aves esperan su llegada. C. se sienta en el banco de siempre, pero nada. Las palomas no llegan. Esperan en los árboles o picotean el suelo un poco más allá de donde se encuentra. Agarra la bolsa llena de migas de pan con la mano izquierda, con la derecha lanza un primer puñado. Logra que se animen. Se acercan despacio, desconfiadas.  Es en ese momento cuando llega un tipo y se queda parado frente a C. Le dice que es más bonita que un sueño de opio. Las palomas se alejan. C. contesta al hombre. Vete a tomar por el culo, payaso. Él dice una grosería. Media hora después, ya son media docena de hombres los que le han piropeado, media docena de hombres los que han sido enviados a lugares diversos con cajas destempladas. Las palomas siguen esperando a C. Miran las migas que se acumulan en el suelo sin atreverse a llegar cerca. La mujer se pone en píe. Ahora es más alta, más delgada. Camina hacia las palomas que, nerviosas, provocan con el movimiento de las alas un ruido molesto. C. vacía el resto de la bolsa y se va. Los cuellos de las aves comienzan a moverse buscando los trozos más apetecibles.
Llega a casa. En el espejo mucha belleza. Poca verdad, piensa. Busca otro que siempre lleva en el bolso. Sensualidad, formas perfectas en el rostro. Y C. desea volver a ser lo que era. Los hombres la desean; podrían prometer cualquier cosa si, con ello, lograran llevar a C. hasta la cama. Un sueño para otras. Un inconveniente para ella. Nunca quiso excesos ni artificios.
Busca en internet. Nunca hubo un caso parecido al suyo. Envía mensajes a las clínicas especializadas en belleza femenina. Le contestan, como si fuera una idea común aprendida en la cafetería de alguna academia, que allí se arregla y no se destruye. Visita a su médico de cabecera aunque lo único que consigue es una invitación para cenar en un restaurante magnífico que conoce, que le encantará. Mientras le describe el menú, C. piensa en lo excesivo de la exploración que el médico realiza. Los conductores le permiten cruzar por los pasos de cebra. Ya no se juega la vida en cada cruce, ya no escucha insultos cuando pone un pie sobre el asfalto. Sus hermanos, unos días después, quieren que vaya a comer a sus casas, a las fiestas que organizan. Esta es mi hermana C. ¿verdad que es preciosa? dicen sin parar mientras tipos calvos, cegatos y babosos besan la mano de la mujer. Pero C. se siente como una estafa. Al fin y al cabo, ella sabe que es una mujer pequeña, feucha y desgarbada; una mujer que no se reconoce ante el espejo.
Día a día, C. va olvidando algunas cosas que antes fueron importantes para ella. Abre un libro del que fue su autor favorito y se aburre; cambia el dial de la radio constantemente cuando una semana antes podía estar escuchando al mismo locutor sin descanso. No aguanta la ópera. Prefiere las cosas más accesibles, las que no le hacen pensar. Piensa, incluso, que votaría a ese político porque le parece de lo más atractivo.
Cuando sale de casa, evita cruzar el parque. Las palomas le dan algo de grima. C. se olvida de C. Si mira alguna fotografía antigua se pregunta quién será esa chica tan poca cosa. Siente algo de pena por sí misma aunque ella no lo sabe.
(Continuará, mañana sin ir más lejos)


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