Rendir cuentas

Somos muchos los que andamos por el mundo con los miedos a cuestas. Miedo a no ser amado, miedo a serlo, a ser despreciado, a despreciar, a ceder parte de uno mismo, a recibir con el añadido de una factura cuantiosa, a tener que cobrar favores, a ser, a vivir, a llorar en público, a gritar porque te duele, a temer.
Un buen día decides que no estás dispuesto a recibir más leña que la justa y dedicas buena parte de tu tiempo a construir barreras que supones inaccesibles. Algunos se conforman con una coraza ajustada al cuerpo, otros prefieren cavar trincheras y moverse por ellas, los más asustadizos construyen fortalezas altas y resistentes. No son pocos los que se levantan la tapa de los sesos o se dejan caer desde un puente al asfalto.
A mí lo que más me ha tranquilizado es haber vivido en lo alto de una muralla. Evitaba el cuerpo a cuerpo, el ruido de bayonetas, y disponía de los medios que me permitían aumentar la violencia al defenderme con unos metros de ventaja.
El problema de todo esto no es construir un artefacto defensivo. No, eso es fácil, creo. Es la soledad. Sentado en lo alto de una almena, tan bien diseñada, terminas sintiéndote sólo porque aquello va tomando la forma de la jaula. Miras desde allí arriba esperando que pase alguien con la intención de escalar las paredes ya lisas por el roce anterior. Mueves los brazos reclamando atención y nada. El de abajo ya ni mira porque sabe que no hay nada que hacer.
Decía Leonardo Sciacia que “la muerte se va pagando con la vida” y esa tranquilidad tan deseada te convierte en avaro. Si Sciacia tenía razón diciendo eso, la cosa es grave porque las deudas hay que pagarlas antes o después, si demoras ese momento se van acumulando y cuando te piden cuentas prefieres dejarte caer al vacío o levantarte la tapa de los sesos a tener que soltar lo debido de una sola vez. La avaricia manda. Y el miedo.
He comenzado a desmontar, piedra a piedra, cada muro que construí con cuidado. Las voy dejando en los huecos de caminos no transitados. Y lo más curioso es que te encuentras con lo que era amenaza convertido en compañero de viaje, que espera si te quedas retrasado o tira de ti para que conozcas. Y es el granito que fortificaba es el que va cimentando el sendero. Por eso se hace robusto y no cede. Y las facturas eran menos de las imaginadas. Por fortuna.


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