Retina

Lo primero que hago cuando conozco a alguien es observar sus movimientos, la expresión de la cara al decir esto o aquello; intento ver un poco más allá de lo que muestra. Y lo hago buscando una palabra que represente lo que voy viendo.
He conocido personas que a los pocos minutos eran un ajedrez, la maternidad, una escalera de caracol o el océano. Si alguna vez pensé en una acuarela la persona que tenía enfrente supongo que era de carácter suave, mostraba la tranquilidad de un mar pintado con cuidado, sería una persona que no enseñara los límites, que me dejara instalarme en la cercanía de un gesto sincero, auténtico. Acuarela es una palabra que me gusta especialmente desde niño. Creo que he buscado acuarelas desde antes de nacer. Me hubiera encantado ser una que representara una tormenta de verano.
Miro mi reflejo en el vidrio de la ventana. Nunca he imaginado la palabra que me corresponde. Pienso mientras fumo. Tomo notas en el papel cuadriculado. La intuición no sirve. Hay que pensar, despacio. Escribo una, dos, hasta tres que pudieran ser. No terminan de encajar. ¿Qué represento? ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? Pienso.
Intuición. Un poco más allá. La parte de atrás de las cosas. Saber que el peligro acecha detrás de eso que veo. El olor de los colores. Luces y sombras. Imaginar es vivir. Hombres que caminan con el ritmo de mi pensamiento. Nada está donde debería. La forma de las ideas. Intuición. Intuición. Ver. Más allá. Mirada. Mi vida reposa en mi mirada. Todo es una obra de arte. Todo se puede convertir. Mirada.
Y enciendo otro cigarro. Esta vez sonriendo. Ya sé. Por fin tengo mi propia palabra.


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