Riesgo

Sé, exactamente, sobre lo que quiero escribir y, sin embargo, no atino con las palabras. Algunas me parecen extravagantes; casi todas, vacías. Intento el diálogo para, tras varias pruebas, descubrir que se trata de un monólogo. Es lo que mejor va. Eso creo. Más tarde deja de ser útil. Quizás con una sola frase quedaría resuelto el asunto aunque la sensación de orfandad sigue instalada desde el principio. No se mueve un solo milímetro. Sé lo que quiero decir. Sé que la necesidad es imprudente. Y dudo. Con las palabras; con el propio pensamiento que, inquieto, niega la posibilidad al plegarse sobre sí mismo.
Huir nunca fue una opción. Sí, quedar enrocado, esperando un asalto brutal, prepararse para recibir los golpes crueles del grupo. Sin miedo, sin dar un paso atrás. Asumir roles viejos. La alternativa es, fue y será, escribir. Buscar, experimentar con lo que se tiene a mano, al son de la partitura más dócil.
Sé que tengo algo que decir. Y, tal vez, no quiera descubrir la fórmula exacta. Porque, escrito, ya nada puede cambiar. Las correcciones nerviosas no sirven de nada ante la realidad pensada y asumida.
Palabras, párrafos enteros. Un puzzle resuelto en el que se dibuja lo que soy.
Las ideas van, vienen, juegan a ser agarradas fingiendo torpeza para huir. Tramposas, saben que llenas de tinta verde o inmaculadas, no pueden desaparecer.
El texto queda escrito, amontonado, formando un amasijo con otros que nunca se leerán. Nunca jamás. Amarrados a lo que son. Sin tachones que maquillen eso que quise decir recostado en la certeza.
La estilográfica vacía. Junto al tintero. Miro. Aparto todo con delicadeza. Pienso en una nueva salida, intuyendo que todas las salidas quedaron condenadas hace mucho tiempo. Porque sólo así pueden ser las cosas. Ese es el riesgo que asume el escritor.


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