Santuario

Durante el fin de semana he trasladado mi biblioteca de una casa a otra. Dos mil quinientos ejemplares son muchos. Pedí prestado un carrito en el súper del barrio. Cincuenta metros entre un sitio y otro. Parecían cincuenta kilómetros. Un carro metálico lleno hasta arriba de libros (el papel pesa de lo lindo), escalones y bordillos por el camino, el viaje de ida (con carga) cuesta arriba, Guzmán empeñado en ir sentado sobre los libros. Nos miraban con cara de sorpresa unos, de sospecha otros (la verdad es que parecía el atraco del siglo). Alguno nos pidió algún librito de regalo y, claro, les solté una fresca de aquí te espero. Sudando de esa forma no se me ocurría nada agradable que decir.
El caso es que ya reposan en la nueva biblioteca, junto a los que ya estaban (otros dos mil quinientos que fueron de mi hermano Antonio). Esta misma tarde me he sentado en el suelo del extremo del pasillo para mirar la estantería. Es enorme. Qué placer. El olor a madera, a papel, a polvo, era intenso. Apoyando la espalda en la pared, con el traje puesto, bebiendo una lata de cerveza, disfrutando del espacio. Luego la habitación de estudio. Una de las paredes llena de libros. Del suelo al techo. Mesa de trabajo. Equipo de música. Ordenador. El refugio. Algo que echo de menos a diario. Escribir con Guzmán haciendo de las suyas o recibiendo balonazos de Guillermo y Gonzalo, es difícil. Tengo por costumbre escribir en la cocina (manías de escritor). Me gusta el bullicio, pero esto ya es demasiado. Esto no es jaleo, esto es la guerra mundial en versión doméstica.
No sé dónde está cada libro. Tendré que acostumbrarme y perderé más tiempo de la cuenta en buscar lo que me haga falta en cada momento. Lo que sí sé es que escribir en esa habitación será otra cosa. Seguramente extrañe algún ruido que otro, pero será otra cosa. Mi madre no dice ni pío si me ve escribiendo. No hay nadie más durante el tiempo de trabajo. El espacio tan importante del escritor, el lugar que ha de ser respetado y reconocido por todos ya está listo.
He dejado sobre la mesa de madera una hoja cuadriculada, la estilográfica cargada de tinta verde, un disco de John Coltrane que quiero escuchar mañana y el cuaderno de tapas coloradas en el que anoto algunas ideas que utilizo al desarrollar la trama. Y lo he colocado de forma que me gustase mirarlo (más manías de escritor). Al salir he clavado con una chincheta una nota sobre la puerta. “Si no eres uno de mis personajes no me molestes. Cuando termine me dices lo que sea. Y tú, Guzmán, pídeselo a tu hermano y deja de llorar”. Eso dice.


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