Sartre 0 – Zidane 7

Cuando alguien se atreve a decir que se gusta, que cree ser una persona que hace las cosas bien, que sabe de tal o cual cosa, que se siente satisfecho con lo que hace o dice, cuando alguien es capaz de manifestar algo parecido a eso, digo, se le pueden echar encima un millón de personas tachándole de pedante, de estúpido o, lo que es lo mismo, de gilipollas. Pasa todos los días.
Sin embargo, cuando alguien dice lo contrario, cuando vemos que el de enfrente se compadece de sí mismo, cree no saber de nada, se siente tonto sin remedio o cree ser la persona más fea, gorda y aburrida del universo, nadie salta sobre él o ella. No. Anotamos en la libreta que ya hay uno menos. Eso sí se perdona.
Y me pregunto el porqué. Es algo que no termino de entender.
¿Por qué no se puede ser brillante? ¿Se trata de ser igual de idiota que el de la derecha e igual de aburrido que el de la izquierda? Debe ser eso.
Creo yo que la diferencia entre pedante y sabio o intelectual o como quiera que se llame, se ha reducido a un absurdo. Si apareces en cualquier cadena de televisión y dices ser el sujeto que más conoce, por ejemplo, lo que sucede en las fiestas sociales, ya mereces un respeto. Si dices entender de literatura da igual porque no lo ve nadie (tu madre y tus amigos no cuentan; a los efectos son nadie). Pero si tu fama se reduce a ser el primero de la clase o a ser el vecino que muestra algún tipo de interés por las manifestaciones artísticas, estás perdido. Seas o no un gran entendido en la pintura cubista o experto en música barroca. Mejor cerrar la boquita y parecer mucho más tonto de lo que eres. Eso si quieres tener amigos con los que salir los viernes por la noche. Alguien ha decidido que se es listo en silencio salvo que seas un pintamonas que dice cualquier idiotez en los programas de televisión. Nombrar lo que otros desconocen y por lo que se sienten incómodos es un gran error.
¿Envidia? Creo que sí. La peor de las cualidades.
Pero, como de costumbre, no hay problema. Siempre se puede alardear de conocer perfectamente la disposición en el campo de un equipo de fútbol. Les recomiendo que hablen mucho del cuatro, cuatro, dos o del cinco, tres, dos. Teniendo cuidado de que sumen once con el portero es suficiente. A nadie le importará que sepa esas cosas. Nadie dirá que va usted de guay. Eso sí, la música clásica ni mencionarla. Ni a Sartre, Faulkner o Vallejo. Y si habla de usted limítese a sonreír, criticar un poquito al que destaca y pagar una ronda de cervezas. Que eso queda la mar de bien y evita ser el siguiente en la lista cuando se vaya a casa.


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