Seamos de una vez

Nos han enseñado (los que mandan a través de los medios de comunicación) que nuestra apariencia es de vital importancia para que podamos integrarnos en la sociedad. Nuestro aspecto condiciona una contratación laboral, debemos ir más bonitos que un san Luis a los tribunales, si no tenemos una serie de cosas que podamos lucir en público somos unos desarrapados (teléfonos móviles de última generación, ropa cara, reproductores de música extraordinarios y cosas así). Nos han vendido que hay que tener dos o tres carreras universitarias si queremos triunfar en la vida (esto es, tener dinero para poder tener un aspecto impecable). Pero han olvidado que lo fundamental es la calidad de la enseñanza y no la acumulación de títulos que nos plantan en la cola de la oficina de empleo, que lo importante no es lo que tenemos sino lo que somos, nuestras conciencias. Nos han enseñado que el individuo con un perfil de anuncio (o sea, cada uno de nosotros si es que somos capaces de tener mucho y gastar mucho) es lo más de lo más; que la suma de individuos guapos y bien vestidos tiene que ser el locurón social. El mensaje es muy claro: pisotee a otros para ser de los nuestros, no se fije en nada, no piense en nada, trabaje para que la maquinaria funcione (la maquinaria es eso que llaman mercados, que nadie sabe bien qué es y que convierte en ricos a unos cuantos y en infelices a casi todos). Nadie nos recuerda que el asunto es ser nosotros mismos, que todo lo demás es cosmética pura que nos impide progresar como personas, que es el pensamiento lo que mueve el mundo y no el puto dinero, se pongan como se pongan.
El caso es que, de momento, ganan por goleada los que han decidido que el camino del tener es el más recto. Mejor parecer una cosa y tener que ser una cosa y engrosar el grupo de fracasados. Da igual si, cada noche, hay que comerse medio kilo de pastillas para que la cabeza no explote acosada por la depresión y el vacío. Eso da igual porque el resto del mundo no lo sabe.
Ahora, alguno de mis lectores (tal vez usted mismo), estará pensando que eso les pasa a otros, que sus ideales siguen intactos, que cuando llegue el momento estará dispuesto a cualquier cosa para que el mundo cambie y sea mejor. Nadie quiere asumir en lo que nos hemos dejado convertir. Nadie, ni uno solo de nosotros. Les recuerdo que hace menos de un año, miles de personas, cientos de miles, se ilusionaron con el movimiento 15M. Pero cuando la cosa consistía en renunciar a lo que tenemos, en ser iguales a esos muchachos sin futuro que llaman perroflautas, la retirada fue masiva. Aquello se quedó en una anécdota (ya volverá a tomar fuerza, espero) porque es muy distinto ir a una plaza a retratarse entre el gentío que renunciar a nuestros lujos de gilipollas. Sí, de auténticos gilipollas.
Tenemos miedo de no poder seguir aparentando lo que no somos, tenemos miedo de plantearnos el futuro en serio, tenemos miedo de no dar una talla que alguien ha impuesto para amasar una fortuna disparatada a costa de tanta i. Cuando llega la hora de la verdad nos echamos atrás con la excusa atroz de no va a servir para nada, todos son lo mismo y esto no tiene solución. Y claro que no tiene solución porque no queremos encontrarla en movimientos que nos desplazarían a ese territorio maldito en el que se ha convertido la gente normal, la gente que piensa la cosas, la gente que se implica en proyectos que les convierten en menos que mileuristas, pero que sirven para mejorar las cosas aunque sólo sea mínimamente. Somos cobardes y estamos instalados en la eterna excusa para no bajarnos de la poltrona (esa que debemos a los bancos en forma de hipotecas desorbitadas, créditos personales para ir de vacaciones o comprar un coche estupendo). Nos han convertido en seres más tontos que Pichote.
Hay que enfrentar la realidad. Y para ello no hay más remedio que preguntarse cosas. ¿Qué pintamos aquí? ¿Qué queremos hacer para parecer eso a lo que nunca debimos renunciar y que no es otra cosa que nosotros mismos?
El mundo es un desastre porque nosotros lo somos. El mundo podría ser un lugar estupendo si nos pusiéramos en marcha. Pongamos las cabezas a funcionar lejos de las mentiras, de los televisores. Seamos.


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