Ser solos

No podemos ser como quisiéramos. Casi nunca. Alguna vez cuando fuimos niños, a solas con la persona que amamos, durante esas borracheras siempre lejanas o recordando lo que nunca fue aunque instalado como experiencia segura. Nos alejamos mirando el lugar donde nos abandonamos convertidos en lo odiado entre pureza de pocos minutos, observamos nuestra propia caricatura mientras nos vemos mendigando amistades o un cariño falso que reconforta ese instante que parecía insignificante aunque resulta ser el que nos destroza el futuro. Una caricia a cambio de la felicidad. Existes durante un gesto idolatrado por ser único.
Retratos en película velada. Como mucho, imágenes superpuestas que amontonadas difuminan el deseo. Para siempre.
Queda la oportunidad de la intuición, la ocasión de apretar los dientes tensando los músculos del cuello hasta que el dolor se hace insoportable. Y señalar el reflejo que vemos para negar que eso es lo que quisimos. Cerrar los ojos, pensar, tocar el costado que da miedo. Ser solos.
¿Qué fue lo que nos cambió, lo que nos negó la opción de seguir un camino trazado a la medida? ¿Es la felicidad la posibilidad de parecerlo? ¿Cuándo ocurrió?
Cierro los ojos. Pienso, busco con la mano en la mochila sin saber lo que espera. La piel de los dedos se abrasa. Retorno. El camino sigue allí. Intacto, sin huellas.
Y el pie derecho se levanta apenas unos milímetros.



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