Seres humanos y nada más

Nací en 1964. Es decir, viví, hasta finales de los años setenta, recibiendo la información que teníamos disponible. Escasa y poco fiable. Fui a la escuela y me enseñaron, por ejemplo, que la guerra civil española fue una cruzada contra un comunismo demoniaco, que los perdedores eran monstruos peligrosos; que los profesores podían sacudirte una chuleta o un guantazo o una auténtica leche desproporcionada porque algo habrías hecho y era mejor no protestar no fuera a ser que te dieran una docenita más; que Dios existía y punto, que era la única opción posible; en realidad, todo era la única opción posible. Eso era lo que había, era bueno y no se podía discutir. Mucho tiempo escuchando un discurso monolítico, intocable.
A partir del año setenta y cinco, una vez muerto Franco y camino de una adolescencia inquieta, aprendí que esos edificios en los que se guardaban con gran celo las ideologías, las religiones y las órdenes incontestables, no eran para tanto y se podían desmoronar en cuanto les empujaban un poquito. Aprendí a dar vueltas a su alrededor para encontrar puertas que escondían cosas sin brillo. Y descubrí otros edificios; bien cimentados, sin apuntalamientos mentirosos; llenos de ideas nuevas para mí, de otros dioses, de posibilidades que permitían pensar de mil y una formas. Busqué los caminos, los descubrí y los transité.
No soy una persona especialmente inteligente, pero he logrado tener un criterio propio que procuro mantener intacto salvo que la realidad me muestre otra posibilidad mejor.
Poco a poco, descubrí que el mundo no es como algunos lo cuentan; que ni siquiera es como uno piensa que es.
Todo esto lo digo pensando en Cataluña. Hace años que escucho que en las escuelas están descargando ideologías aterradoras y falsas, que la contaminación tramposa en la enseñanza es tan extraordinaria que causa pavor, que es esta una de las razones por la que la sociedad catalana se ha perdido para siempre y por lo que demanda una independencia urgente. Es posible que algo de cierto pueda encontrarse en estas afirmaciones. Es posible. Aunque lo que es una certeza es que los jóvenes catalanes tienen un criterio propio que han formado con el tiempo y que lo habrán hecho bien. Si les han intentado estafar no se lo habrán tragado como pavos. ¿Acaso los niños de mi generación somos (todos) anticomunistas, antirrepublicanos, medio curas y amigos de cruzadas violentas contra la democracia?
Es verdad que los políticos catalanes están manejando un discurso peligrosísimo; es verdad que son torpes y procuran tapar sus carencias ideológicas y su nefasta gestión de los recursos con movimientos estúpidos; es verdad que la manipulación de la historia es vergonzosa si es que se está produciendo. Es chocante que, cuando todo un continente se aferra a la idea de una Europa sólida, los habitantes de una parte del territorio español quieran rehusar. Todo eso puede ser verdad. Pero el pueblo catalán en su conjunto, a pesar de los políticos que sufren a diario, tienen (sin duda alguna) un criterio propio que nadie les puede arrebatar, bien anclado a ideas tan valiosas como la de los andaluces, los gallegos o los murcianos. Por otra parte, me encantaría saber quién quiere esa independencia y quién cree que no se trata de una buena idea.
Pero, también, es verdad que, todos los que cacarean que llega el fin del mundo con esta posible consulta que trata de realizar el gobierno catalán, no han sido capaces de aportar una solución. Por ejemplo, si es verdad que en las escuelas catalanas se manipula la historia, si es verdad que la sociedad catalana está creyendo no sé qué ideas horrorosas, ¿quién está intentando resolver este problema? Volvemos a lo de antes; los políticos españoles son un verdadero desastre y dedican su tiempo a conseguir votos olvidando los intereses generales del país. En lugar de gastas cientos de millones de euros en vender lo bien que hacen cosas menores, en lugar de imponer ideas, los gobiernos deberían pelear por la educación de las personas, por una educación adecuada y lejana a la mentira o la mediocridad.
Mentiría si dijera que todo esto me preocupa terriblemente. Lo justo, se lo aseguro. Creo que otro gallo nos cantaría si aprendiésemos a relativizar los problemas. Ya he dicho otras veces que Cataluña o Galicia o Cantabria o cualquier otra autonomía española son una parte pequeña de España, menores si las comparamos con Europa e insignificantes si la comparación se realiza con el universo entero. ¿Nos tenemos que pelear por una parte tan minúscula de lo que es la realidad? Andar con estas cosas en la cabeza como objetivo fundamental, cuando el mundo entero de desmorona por falta de valores éticos y morales, cuando millones de niños se mueren de hambre en el mundo entero o países se desangran por asuntos estúpidos que les llevaron a una guerra; andar con estas cosas en la cabeza se me hace difícil de entender.
Habrá que contar con que los políticos sean honrados es sus planteamientos (que se vayan a casa y dejen que otros lo intenten desde la decencia y la honradez, claro); que el criterio del pueblo catalán y el de los pueblos del mundo entero esté bien estructurado; que funcionen las inteligencias y se imponga el sentido común y no se lleven las cosas a los extremos (¿recuerdan el conflicto de los Balcanes?). Habrá que confiar en que alguien decida que lo importante es fijar un programa en el que la pedagogía democrática se potencie. Habrá que confiar, pero, sobre todo, habrá que trabajar y mucho para que todo funcione. Unos y otros. Si es que hay unos y otros. Me parece a mí que somos lo mismo. ¿Seres humanos? Sí, ese es el nombre.


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