Sex Shop

Son las doce y media de la mañana. Le ha dado tiempo a guisar, a limpiar la casa entera. Incluso ha podido reparar el grifo sin ayuda de nadie.
Se calza. Zapatos bajos, negros, sin adornos. Busca el carro de la compra, el monedero, el paquete de tabaco. Lista.
Camina sin prisa. Un par de vecinas pasan a su lado. Mueve la cabeza de arriba a abajo para saludar.
Llega a la puerta del sex shop. Se detiene. Imagina.
Un tipo espera para entrar en la cabina. El espacio es muy reducido, pero suficiente. Se pega a él. Le susurra. Voy a entrar contigo. Él no contesta. Se gira sobre sí mismo. La agarra por la cintura, tira de ella con decisión. Un beso apasionado. Y entran. Una banqueta y papel de baño. Suficiente. El universo se comprime en un gemido.
Pide cuarto y mitad de gambas. Un calamar. Paga y regresa a casa.
Mientras coloca la compra, piensa en su marido. En su olor, en si llegará pronto a casa o tendrá que acostarse sola otra vez. En la última vez que se sintió feliz junto a él. Deja el cuchillo sobre la mesa, se quita el delantal. Sale de la casa. Camina rápido hasta llegar a la puerta del sex shop. Entra decidida. Pregunta dónde están las cabinas. Un muchacho que parece no haber dormido la noche anterior señala con desgana. Un tipo espera para entrar en la cabina. Pantalones vaqueros grises. Muy ajustados. Los zapatos manchados de barro en los tacones. Calcetines blancos. Una camisa abierta más de la cuenta. Sorprendido, como si estuviera avergonzado, mira hacia otro sitio. Ella se da la vuelta. Sale y desanda el camino.
Esa noche el marido regresa pronto. Charlan de algo sin importancia. Él se queda dormido en el sofá. Y ella.


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