Si fumas te vas a morir

Ayer estuve paseando durante la hora de la comida. Un emparedado rápido y, después, caminar. Tocaba hablar de las Sagradas Escrituras por la noche. En la Escuela de Letras. Y llevaba un ejemplar de la Biblia de Jerusalén debajo del brazo. Tuve tiempo de abrirlo unos instantes y leer algunos versículos que me apasionan. Pasear Madrid con una Biblia debajo del brazo. Una rareza como otra cualquiera. Nadie me la quiso comprar; no crean que la iba exhibiendo para hacer caja. No.
Terminé sentado en un banco de granito. Al sol. Fumé un cigarro (en los bancos de granito de Madrid no hay carteles prohibiendo fumar ni nada) y disfruté de ese ratito de luz. No tanto del ruido de los coches que invaden Madrid.
Me pareció un buen momento para pensar sobre cualquier cosa sin interés. Fue tan poco importante lo que tuve en mente que no recuerdo lo que era. Imagino que tenía que ver con ¿hipotecas? ¿cortarse el pelo? ¿la cantidad de ruido que hacen los vecinos cambiando muebles de sitio a las dos de la madrugada? Pues algo parecido a esto.
Estaba a punto de levantarme cuando se me acercó una niña (¿qué haría la criatura a esas horas en la calle?).
– Si fumas te vas a morir.
Tuve la tentación de contestar: “Aquí picamos boleto todos, guapa”, pero me pareció una crueldad. Lo que hice fue mirar lo que quedaba de cigarro, poner cara de hombre interesante (cosa que, evidentemente, no logré), y tirarlo entre un par de coches aparcados.
– Pues hale, ya no me muero, me acabo de hacer inmortal.
La cría me miró desconcertada.
– Te vas a morir igual, pero un poco después.
– Anda ¿y tú cómo sabes eso?
– Me lo ha dicho mi hermano que es mayor.
– Jó, qué suerte tener hermanos mayores que te digan esas cosas.
La niña se fue. Supongo que muy aburrida. Sin decir adiós ni nada. Y yo me quedé dando vueltas al asunto. Incluso llegué a una conclusión y todo. Una conclusión que no me gusta nada de nada, que tiene que ver con los niños y la ley esta que prohíbe fumar.
A la niñita le ha tenido que contar su hermano mayor que no fumar es bueno. Ese es el problema. El gobierno decide cuidar de mi salud. “No fume usted porque morirá antes y, encima, será muy caro el tratamiento en la seguridad social”. Muy bien y muy agradecido. Sin embargo, deja en manos del fumador, es decir, en mis manos, el cuidado de mis hijos respecto al mismo asunto. Pues no. Eso si que no. Lo suyo sería que se programaran campañas serias y eficaces contra el consumo de tabaco entre los jóvenes. Y no. Aquí lo que hemos conseguido es otra cosa. Papá gobierno cuida de usted. De sus hijos cuide usted mismo.
Pues da la casualidad de que me dedico a escribir y no a diseñar campañas antitabaco en casa. Más que nada porque no sé hacerlo. Y, además, soy fumador. Por tanto, mal ejemplo.
De momento han conseguido cabrearme. Sólo eso. Y, de paso, a las tabacaleras que han bajado los precios y han hecho más accesible el consumo entre los jóvenes (ahora afanar a papá un par de euros es suficiente para comprar una cajetilla. Hace un mes no. El expolio debía ser mayor y se notaba más). Y campañas serias ni una.
Después de reflexionar sobre todo esto continué caminando hasta la oficina. Fumando, pero sin ganas de leer esos versículos que me gustan tanto. Una pena.


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