Siempre adiós

Es posible hacer buena literatura escribiendo mal. Si el problema consiste en poner las comas en su sitio, corregir faltas de ortografía o estructurar alguna frase, la cosa tiene arreglo. Y no son pocos los casos que se dieron.
Es posible escribir una vida robusta y plantada en tierra de convicciones y valores cometiendo algún error por el camino. Si el problema consiste en volver a colocar cada cosa en su sitio (o en el sitio que corresponda después de un conflicto), en seguir adelante cargando con la responsabilidad que la culpa lastra o en reconocer que la equivocación está presente y hay que saber convivir con ella, la cosa tiene arreglo.
Cuando llega lo imposible nunca lo hace de la mano de la voluntad. Tanto en literatura como en nuestras vidas, tirarnos en plancha a nuestro mundo interior (siempre disfrazado de grandeza aunque enano y falto de interés para cualquiera que decide caminar en línea recta) significa que, hagamos lo que hagamos, reducimos al yo algo que pertenece a un cosmos complejo y grandioso. El que se tira de cabeza sobre sí mismo buscando profundidades comienza un fracaso del que pocos se recuperan. Sin mi mujer, sin mis hijos, sin mis amigos (es curioso que hoy, por primera vez, me he dado cuenta de que tengo más hijos que amigos), sin mi familia (la de verdad y la de pega), sin todo eso no soy nada. Sin embargo, ellos sin mí lo pueden ser todo. Los únicos que se quedarían en mal estado serían mis enemigos. Muerto el perro desaparece la rabia.
Nunca puede escribirse una buena novela sin saber que un lector llegará a tenerla en las manos y la leerá. No puede escribirse para el lector haciendo concesiones idiotas, pero no podemos olvidar que estará. Nunca puede escribirse una vida desde el egoísmo porque los otros están y son los que nos dibujan. Un hombre egoísta en un hombre muerto. Como el escritor que quiere serlo para publicar y ganar dinero olvidando que su trabajo es hacer literatura y no el numerito literario al que nos estamos acostumbrando tan rápidamente.
Nos pasamos la vida diciendo adiós a seres que podrían haber sido importantes o definitivos en nuestras vidas, nos abandonan en mitad del camino sin que podamos entender qué diablos ha sucedido, corremos hacia nosotros mismos olvidando que esa carrera nos lleva a ninguna parte. Y continuamos recibiendo con el terror en la punta de los dedos al pensar que vamos a dejar de ser un poco por ser en otros (no de otros sino en otros). Egoístas que confundimos algo tan sencillo como que estamos solos en este mundo y, al mismo tiempo, la necesidad obligada de sentirnos acompañados con lo obligatorio de salvarnos de no sé qué cosa que llamamos nuestra vida. Nuestra vida. Cosa absurda cuando somos lo que somos. Cosa estéril cuando decimos adiós con tanta facilidad sin saber que nos dejamos un trozo en la cuneta que nadie querrá recuperar.
Se puede hacer buena literatura sin escribir bien. No se puede escribir sin un porqué, sin un algo que contar. Como la vida misma que se encierra en un interior pequeño. Sin nada que no sea yo. La existencia encerrada al pronunciar mi nombre.


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