Sin camino

Cuando la clase trabajadora era inmensa (en el sentido amplio del término: numerosa y fuerte en sus movimientos); cuando la clase media no estaba tan extraordinariamente aburguesada y los ricos eran muy pocos, elegantes en su cruedad y tan gilipollas como lo son ahora; cuando saber quien manejaba los hilos del mundo era relativamente sencillo puesto que hablábamos de personas y no mercados; cuando el mundo se parecía a ese sitio por el que merece la pena continuar luchando; todos reconocíamos el camino que nos había tocado caminar. Nos podría gustar más o menos, pero era nuestra la senda.
Los pobres marchaban hasta la finca del conde o del marqués o del joven heredero que empezaba a gastar una fortuna en gilipolleces. Allí protestaban y, si era necesario, se dejaban la vida a los pies de los caballos del ejército, tiroteados sin miramientos o pisoteados en la huida por sus camaradas. La clase media medraba lo que podía y era mal aceptada por los estratos superiores lo que resultaba una condena que consistía en ser lo que eran y ni un gramo más. Y los ricos seguían siéndolo hasta que un ejército revolucionario dejaba sus mansiones, sus tierras y las cuentas bancarias destrozadas o vacías. Escapaban a un país amigo donde tenían mucho más dinero distraído y esperaban el momento en el que regresaban para cobrarse con creces lo perdido.
El juego estaba claro porque conocían el camino. Todos. La salida y la llegada. Las fuerzas con las que contaban. Lo que podían llegar a perder si es que algo tenían. O ganar.
Esa es la gran diferencia con las sociedades actuales. No hay nadie que sepa por donde hay que pisar; cualquier movimiento está en peligro de ser una torpeza sin solución.
Las masas, tan numerosas como antes, se ciegan por el miedo a perder lo poco que tienen. Ahora hay miedo, antes no. Buena parte de ese grupo lo forman los que lograron escalar algún peldaño y lo han vuelvo a bajar (muchos por jugar a ser ricos sin serlo, muchos castigados por colocarse donde los adinerados pensaban que no tenían hueco). Los pobres aprendieron a tener y otros les asustaron con perder, otros que eran los mismos que les habían vendido que todo era posible, incluso ser iguales a sus odiados señores. Sin embargo, nadie vio ni avisó del peligro de caminar por un callejón que sólo tiene salida para los menos. Allí siguen, encerrados, sin escapatoria.
Pasen, señoras y señores, pasen y disfruten de la vida, gasten lo que tengan y si no poseen nada nosotros se lo damos. ¿Ya están todos? Muy bien, lamentamos comunicarles que aquí se quedan, que nos hemos gastado lo suyo y una parte de lo nuestro, que la vida no cambia ni en las películas, que aquí se quedan. Mala suerte. Otra vez será.
No conocían que el camino estaba lleno de bandoleros sin escrúpulos. Y, por perder, perdieron hasta el camino de regreso.
Las clases medias se desintegran proyectando lo que queda de ellas al sotano de la desdicha. Muy pocos han logrado mantenerse donde estaban. Quizás algunos tienen dinero para parecer acomodados, pero el miedo nos les deja mover un sólo músculo sin que antes piensen que se acabó lo bueno. Es como si no tuvieran nada de nada. Los que han logrado estar un poco más arriba son ladrones de guante blanco, mafiosos horteras que se bañan en cava, los que consiguieron dar un pelotazo indigno. Otros que se han quedado en un camino lleno de una locura consumista que les derribará tarde o temprano. La tierra de nadie es el lugar del que nadie sale bien parado.
Los ricos, aterrorizados porque ya no hay países amigos, ni bancos eternos, porque ven pancartas en la calle y les contesta el personal de servicio que ya está hasta los huevos, intentan fabricar un camino nuevo. Pero no saben por donde empezar. No saben donde esta el refugio.
El mundo está a la deriva. No hay patrón que conozca la nave, no hay un hombre capaz de hacerse cargo de un barco que ya es un pecio aunque nadie lo quiera ver. Dicen que son los mercados los que ponen proa hacia un lugar u otro. Pero los mercados no existen. Es una invención. Y el timón sólo lo pueden manejar las personas. Personas. Que tampoco quedan.


1 Respuesta en “Sin camino”

  • Edda ha escrito:

    Me mareo y siento nauseas en este barco que va a la deriva en mitad de la tempestad. Dicen que el temporal no va a amainar sino que arreciará. Y yo no puedo más que agarrarme a ese pecio, pues no puedo saltar. No sé nadar.