Sin mitocondrias no somos nadie

Cada célula eucariota tiene alrededor de dos mil mitocondrias flotando en su citoplasma. Es decir, nuestro cuerpo, ese que tantos disgustos nos da por estar pocho, por ser más gordito de lo que quisiéramos o por aparentar lo que no creemos ser, ese cuerpo, decía, está hasta los topes de mitocondrias. Podríamos afirmar que somos una plaga mitocondrial sin precedentes.
Es horrible. Miro a mi compañero Pedro y sólo alcanzo a ver una gran mitocondria con bigote. Susana (otra compañera) se ha convertido en un pequeño amasijo de mitocondrias flotantes (es de poco comer). Luis pasa por delante de mí perdiendo unos quinientos millones de mitocondrias sin inmutarse (ha estornudado). Es una de las cosas más horrorosas que he padecido hasta hoy. Yo mismo tengo una cara de mitocondria espeluznante. Enfoco la vista porque no puedo creer lo que veo. Peor, mucho peor. Nos convertimos en células eucariotas. Cierro los ojos. Y dejo que la realidad se instale de nuevo donde toca. Ahora tienen el mismo aspecto de siempre. Hasta que me dé por pensar que, por ejemplo, todos los sistemas perfectamente organizados se componen de pequeñas cosas que hacen funcionar el conjunto.
Como todo el mundo sabe, las letras son las mitocondrias de una novela. Las células eucariotas son las palabras. Una frase podría asimilarse al tejido epitelial, por ejemplo. Y los personajes serían algo así como los órganos vitales. Los diálogos un sentido, la descripción el pelo, el flujo de conciencia pues, por ejemplo, un sentimiento. Algo así.
Qué cosas pienso. Oh, no, Dios Santo. Pedro y Luis se han convertido en “Guerra y paz” uno y en “La Biblia” el otro. Susana, de poco comer ella, en un libro de bolsillo.
Voy a descansar. Me siento raro.


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