Sobre la capacidad de amar

Lo extraordinario en la vida de un ser humano no es comer, o dormir, o soñar, o tener una fuerza notable. Eso, cualquier otro animal lo puede hacer. Lo extraordinario, lo que hace de la vida algo completamente extravagante, es la capacidad que tenemos para poder amar. La fidelidad de un perro con su amo no puede confundirse con el amor que una persona siente por otra. El instinto maternal de una fiera no puede compararse, jamás, al amor que una madre siente por sus hijos desde que los trae al mundo hasta que muere. Nada puede compararse al amor de un ser humano. Nada.
Lo extraordinario de nuestra existencia es que, llegado el momento, amamos hasta extremos inimaginables. Y lo podemos convertir en una obra de arte. Un poema, un lienzo o una mirada auténtica e irrepetible. Es en ese momento cuando la maquinaria comienza a funcionar.
Es por esto por lo que resulta (absurdo y, también, extravagante) que otros sentimientos (tan humanos y diferenciadores como el amor) son los que muevan el mundo. El odio, la codicia como falta de lealtad con la humanidad o la venganza (sirvan de pequeños ejemplos), son algunos de esos motores que hacen incomprensibles lo que sucede desde que el hombre es hombre. Un amor fallido, la rabia por no poder ser amado, la venganza ante una infidelidad, lo que sea que tenga que ver con ese amor primitivo y tan arraigado que nos limita el mundo peligrosamente, nos hace víctimas de lo mejor que tenemos.
Se ha repetido tanto esto que digo, se ha desgastado tanto la idea del amor como elemento imprescindible, que parece que no es cierta, que es cosa de cursis sin valor alguno. Sin embargo, es tan cierto que el amor es lo único que nos puede sacar del atolladero que nosotros mismos hemos creado, como que nunca lograremos esa justicia, esa igualdad entre todos los seres humanos que tanto anhelamos, sin poner por delante de cada cosa la dosis de amor necesaria.
Tal vez el problema sea que no sabemos hacerlo, que se nos quedó olvidada en alguna parte nuestra capacidad de amar o que, sencillamente, nos provoca angustia hacerlo al saber que acechan peligros que acabaran con un sentimiento que nos debería guiar desde el principio hasta el final. Tal vez el problema sea que amamos la cosa equivocada en forma de papel moneda, de vehículo o de joya. Quizás, lo más doloroso, sea que canalizamos nuestro amor y nos encontramos con muros insalvables que nos llevan a la desesperación para que aparezcan nuestras pasiones más bajas; esas que nos convierten en lo que nunca deberíamos. En animales parecidos a los animales.


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