Soñar

Vamos a suponer que esto de la crisis es un mal sueño colectivo. Vamos a suponer que en nuestro sueño estuvieran ocurriendo cosas absurdas, casi sin un sentido claro; cosas vividas por protagonistas extraños en su físico, en su inteligencia (absurda y sin sentido claro, también), en las cosas inexplicables que dicen. Un mal sueño, vaya. Todo mezclado, todo pendiente de un hilo, todo construido sobre el absurdo.
Ahora vamos a suponer que un buen día fuéramos capaces de despertar aliviados por dejar de sufrir una pesadilla como esta. Abriríamos los ojos y ¿con qué nos encontraríamos? Con el mal sueño que es la realidad, con el mal sueño que siempre han sido las cosas; con ese vivir alrededor de nuestros peores fantasmas, de los peligros y de las amenazas. En el televisor veríamos imágenes de sinvergüenzas impunes, niños muriendo de hambre o a causa de guerras infames, mujeres violadas hasta la muerte o asesinadas a manos de sus maridos por no amarles; contemplaríamos una realidad cruel, injusta e inhumana a la que estamos tan acostumbrados y, por ello, es más miedosa. Acostumbrados porque no pensamos en ella, por supuesto. Intente usted imaginar a una chica violada por seis tipejos dentro de un autobús. Piense en su dolor, en el de sus padres, el rato que debió pasar a merced de esos hombres. Imagine cómo fue. Deje de leer por un momento y piense, intente sentir lo mismo que ella. ¿Qué pasaría si fuera su hermana o su hija? Duele ¿verdad? Claro, está pensando en ello y en ella, se está poniendo en su lugar. Pues no hacerlo es lo habitual. Nos limitamos a decir qué horror, qué cosas pasan, pero no calzamos los zapatos ajenos para vivir tragedias; ni lo intentamos. No pensar las cosas las convierten en algo inexistente, ajenas, ignotas.
En un sueño, en un mal sueño, nos vemos escapando, sufriendo, con miedo, angustiados. Porque el sueño es pensamiento puro, es ese estado en el que el hombre piensa sin ser consciente de hacerlo. Es lo que en literatura llamamos flujo de conciencia y que tanto trabajo nos cuesta expresar. Igual que los personajes, el ser humano es capaz, dentro de un sueño, de modificar las cosas; a poco que haga un esfuerzo llegando al terreno de la consciencia (sin entrar de lleno en ella, lo que conoceos por despertar, ese momento en que todo se confunde y en el que los sentidos comienzan a funcionar despacio) puede cambiar todo un embrollo dibujándolo de una forma más amable. Y, tanto en el autor como en el que no lo es y sueña, la cosa funciona a base de voluntad.
Pues bien, dejemos de suponer o imaginar. Hagamos de nuestra realidad un sueño. De momento, una pesadilla muy universal, muy de todos. Pero sin olvidar que podemos gobernarla, que es posible hacerlo, que es necesario un nuevo trazo para que sobrevivir se convierta en vida plena, esperanza y posibilidad universal y no de unos pocos. Nos están vendiendo que esto es lo que hay; que sin tanta injusticia es imposible continuar, que es necesario que existan desigualdades para que el sistema funcione; y que confiemos en unos señores que velan por nuestros intereses como si se tratase de nuestros propios padres. Es decir, nos están engañando y nosotros nos estamos dejando arrancar lo único intocable del ser humano: la forma de entender las cosas.
Soñemos para poder ser lo que somos, lo que deseamos. Soñemos aunque, de momento, todo sea una pesadilla casi insoportable. No dejemos que otros lo hagan por nosotros. Es lo único que nos queda. Y es la única forma de gobernar nuestro existir.


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