ene 29 2007

La mancha en la nieve

El campo se veía blanco. Y las motas oscuras se han ido convirtiendo en lo que eran según avanzaba por la carretera. Un punto pequeño resultó ser un montón de heno, un árbol sin hojas o algún automóvil abandonado tras el accidente. Sólo uno de ellos se convirtió en una persona que caminaba con la nieve hasta las rodillas. El termómetro marcaba cinco grados bajo cero. Y el hombre caminando . Una mancha que iba rayando el blanco hasta que se ha convertido en un hombre caminando.
Escuchaba “Salt Peanuts” de Dizzy Gillespie acompañado por Charlie Parker. Una grabación de mil novecientos cuarenta y cinco. Música con la que perderé los puntos del carné de conducir según dice mi esposa. Hoy era imposible perder casi nada entre tanto blanco. Nieve, niebla, después las nubes, más nieve. Sólo ese hombre caminando, dejando el rastro de cada esfuerzo.
He llegado pronto y he aprovechado para leer mientras tomaba un café. Sigo con la segunda novela de la trilogía “Claus y Lucas”. El narrador presenta algunos problemas técnicos y el tiempo narrativo está confundido. No el tempo. Y perdonando esas pequeñas cosas me sigue fascinando la forma de ver el mundo de la autora. Eso sí, si la primera es dura esta lo es tanto o más.
No acostumbro a leer en lugares públicos. Tiendo a levantar la vista más veces de las que quisiera. Sin embargo, hoy no ha sucedido. Si me descuido llego tarde a la reunión.
Me pregunto por qué algunos escritores insistimos en mostrar la cara menos simpática del mundo en nuestras novelas. Quizás, como dice Agota Kristof, es que nos parecemos mucho a nuestra escritura seca, negativa, desesperanzada. Quizás sabemos que lo poco que queda por contar es lo que no se ve o no se quiere destapar. Quizás es un homenaje a la tragedia que nos hubiera gustado vivir en vez de una vida alegre que no nos deja ser héroes. Quizás vivimos dos mundos paralelos. En uno somos capaces de movernos como cualquier persona. En otro miramos extrañados los pequeños detalles que dibujan una vida llena de fracaso y soledad, cruel e imposible. Quizás sabemos que la vida es el gran fracaso de un Dios que tiró la toalla poco después montar el tablero de juego. O, si no existe Dios, del ser humano. Sin más. Quizás lo que sucede es que tenemos los pies en el suelo y no queremos adornar un árbol decorado por el hambre, por la injusticia o por locos que se envuelven en chalecos cargados de explosivos para matar a un puñado de hombres y mujeres.
Kristof parece acabar cada frase con un aviso al lector. Esto es lo que hay, no haber empezado a leer. A mí me gusta hacer eso mismo.
El viaje de regreso ha sido mucho más largo. Tres horas y cuarenta minutos para ir. Tres horas y cuarenta minutos para volver. Pero ha sido mucho más largo. La nieve ahora gris, la niebla más intensa. Y las manchas inmóviles mientras podían verse. Ya no había nadie que caminara con la nieve cubriéndole hasta las rodillas. El mismo mundo mirado por el mismo hombre más cansado que unas horas antes, por alguien que se hace preguntas que se contestan con un quizás.


ene 27 2007

El mundo a la medida

Guillermo regresó ayer del colegio con un ojo morado. Dice que se dio con una puerta. Vale. Guzmán relató con todo lujo de detalles cómo Arturo se había liado otra vez a guantazos con Lucía. Vale. Gonzalo llegó de clase veinte minutos más tarde de lo normal. Parece ser que la policía no dejaba salir a nadie del colegio. Estaba programada una trifulca con los alumnos de un instituto cercano. Pues vale. Gimena se estuvo pegando con su madre todo el día. Tenía gases. La niña, digo. Vale, también.No falla. Si los medios de comunicación difunden una noticia que tiene que ver con la violencia entre jóvenes, todos quieren imitar lo visto. Los noticieros televisivos funcionan como los anuncios de publicidad. De hecho, existen empresas dedicadas a inventar noticias en las que aparecen productos determinados y las ventas se disparan. Espero que la cosa no se distorsione más de lo que está y nadie decida colgar al presidente de su comunidad por ser un dictador. Tal y como está el mundo, todo puede ocurrir.Pero no hay que alarmarse. Siempre llega la noche y los niños duermen, los padres descansan y los jóvenes toman copas sin ton ni son aunque sin meterse con nadie. El objetivo de la gran mayoría de ellos es ligar con la chica por la que beben los mares o gustar al muchacho más guapo de la fiesta. Sutil diferencia que se aprende a base de fracasos nocturnos. Todos en el micromundo fabricado a su medida.La noche llega para interrumpir el ajetreo que empezó justo cuando acababa la anterior. Para que podamos sentarnos durante unos minutos sin hacer otra cosa que no sea pensar en lo largo que fue el día. Y después el hacer de los adultos, el que no molesta. Un libro que esperaba, una buena película, algo de música o una conversación que hubo que aplazar por un biberón o cualquier otra cosa insignificante aunque suficiente para que las cosas vayan por otro sitio.“Claus y Lucas” de Agota Kristof. Es el libro que estoy leyendo. Un volumen que incluye la trilogía que narra la historia de dos hermanos gemelos durante y después de la segunda guerra mundial. La primera de las novelas -“El gran cuaderno”- es uno de los libros con los que más disfruté siendo joven. Ni una alegría, eso sí. Tremendo y descarnado. Técnicamente muy interesante por ese narrador que es, en realidad, dos (los gemelos Claus y Lucas). Cuando un libro así cae en manos de alguien que quiere dedicarse a escribir suenan todas las alarmas. Descubrir lo que significa arriesgar en literatura provoca vértigo, algo de pánico. Silvia leyó algunas páginas de “Los estados carenciales” de Ángela Vallvey. No lo abandona aunque dice que lo mejor son las citas de Plutarco que encabezan cada capítulo.Y, mientras, escuchábamos un disco de Phil Woods grabado en el año mil novecientos cincuenta y cinco. Get Happy. Formidable.La conversación se aplazó un poco más. Esta vez por el sueño y el frío que no termina de desaparecer de las casas por más gas natural que consumas.Antes de acostarme, me quedé solo un rato. Pensando en él. Le enterramos por la mañana. Cuatro o cinco familiares. Cuatro o cinco amigos. El frío era insoportable. El pequeño cementerio descuidado, decadente. Un buen hombre metido en una caja de madera. Jamás le escuché decir nada malo de nadie y sólo pude oír cosas buenas de él. Y éramos ocho o diez personas aguantando el aire helado. La gente buena ya no gusta. A las chicas les suelen gustar los más graciosos y gamberros del grupo, los más malotes. Los blanditos mejor los dejan para cuando se casen. Las películas que triunfan lo hacen a base de disparos, cañonazos o catástrofes nucleares. Y los héroes que nos enseñan son tipos duros, violentos, que piensan con el culo. Aunque esto último es lo de menos. Sabemos perdonar. Hay algunos ejemplos más, pero me los ahorraré. Sospecho que gustan los buenos que murieron hace años, de los que se habla en alguna película o en algún librito que cuenta anécdotas del pasado. Esos si que molan porque no les hemos tenido que padecer. Los vivos nos parecen algo pesaditos. No se puede ser buena persona sin más. No es rentable por lo que se ve. O eso o es que nos da miedo tenerlos al lado. Imaginamos que podríamos hacer lo mismo que ellos y sabemos que estamos perdidos.Sentimos la necesidad de estar en el lado en el que se reparte. El otro, en el que se llevan los golpes, lo llenamos de pobre gente que de buena es tonta.Un día agotador. Eso no fue noticia para casi nadie. Un día frío, muy frío. Tampoco lo fue. Un día en el que pasé buena parte de la mañana en un cementerio que daba miedo despidiendo a uno de los mejores tipos que he conocido. Nada del otro mundo. Sólo lo fue para ocho o diez personas. La noticia era que cientos de chicos querían matarse unos a otros sin razón aparente. O alguna inventada para que un producto se vendiera mejor. Así que me quedé en mi pequeño mundo, en el que las cosas se ajustan a mí. Leyendo el libro de Kristof. Mucho más duro, más real y más interesante que un noticiario de la televisión. Pasando el frío que deja la ausencia.