jul 28 2006

Huyendo de lo accesorio

Tarde del jueves. Calor, compras y helado mientras paseamos. Guzmán estrena silla de paseo. Quiere bajar a toda costa para corretear. Aprovecho para comprar una copia de la trilogía de Apu. Recomendación de Irene Tamayo. El pequeño intenta, como de costumbre, llevarse a casa veinte copias de la misma película. Se conforma con mucho menos.
A Silvia le apetece ver cine mientras escribo, pero me apunto a última hora. “La canción del camino” es la primera parte. Blanco y negro. La copia es de una calidad espantosa porque parece ser que los negativos se perdieron en un incendio. Dos horas. Guzmán dormido. Silvia y yo pegados al sofá.
Fantástica. Una visión nada complaciente de una zona muy deprimida de la India, realista. Las miserias del ser humano campando a sus anchas en cada toma. Y la felicidad absurda del que no quiere ver. O del que ve más allá y tomamos por loco o imbécil. Eso nunca se sabe. La amargura del que tiene los pies en el suelo. Nunca más allá. Eso siempre se sabe. La mirada del niño que observa y va descubriendo lo que los mayores tienen olvidado. Adultos que se arriman al recuerdo de las expectativas no cumplidas, esas cosas que llevamos a cuestas porque son las que nos amargan. La llegada de la muerte. Siempre a destiempo. Visitando a jóvenes, a viejos. Un drama de igual forma. Todo envuelto por algo tan evidente que no somos capaces de ver. La propia condición de estar vivos. De haberlo estado para los que tienen que continuar. Y todo ello con el fin de decirnos que tener cosas materiales no hace mejor la vida. La alegría por ser, por estar en el mundo, es lo que convierte la existencia en algo que merece la pena. El resto es accesorio.
Qué buena película. Cada toma un dibujo exacto. Estamos deseando ver las otras dos.
Al apagar el reproductor aparecen imágenes de un programa de televisión. Un tipo se lleva las manos a la cabeza. Nervioso. Debe decidir entre no sé cuantos miles de euros o arriesgar un poco más. El público grita entusiasmado. Cambio de canal. Unas señoritas cantan de forma patética. Quieren llegar a ser famosas y compiten unas contra otras. Fama, dinero. Ese es el único futuro.
Desconecto el aparato. Preferimos comentar algunas cosas sobre la película de Ray. Y luego leer. Silvia el libro de Baricco. Yo el de Irene Nemirovsky. Es la única forma de enterarse de qué va la cosa. De entender algo.


jul 6 2006

Volver a intentarlo

Conviene dejar un libro sin leer cuando se abre en un momento poco adecuado. Es recomendable y ya está dicho en alguna ocasión. Pero es necesario volver a intentarlo una vez que el criterio como lector ha mejorado, las ganas son otras o el tesón pesa más que la sensación de incapacidad (esto último suele funcionar mal y desemboca en un nuevo fracaso).
Existe una posibilidad intermedia. Y, muchas veces, efectiva.
Compré hace unos días un ejemplar del libro de Alessandro Baricco “Homero, Ilíada”. Suelo leer todo lo que se publica de este autor. No es que sea mi favorito, pero siempre encuentro en sus novelas algunos elementos que, técnicamente, me parecen más que interesantes. Compré el libro más por inercia que por otra cosa. Sin embargo, esa misma noche lo abrí para echarle un vistazo. Se lee casi de un tirón. Baricco suele escribir breve.
“Homero, Ilíada” es una reescritura de esa obra (“La Ilíada). Sin más. El autor añade algunos párrafos; a veces, alguna frase suelta; pero intenta respetar lo que se narra en el original. En un breve comentario previo, Baricco avisa de la eliminación de los dioses como personajes, como parte activa y fundamental de la trama. Y del cambio de punto de vista. Utiliza narradores personaje para hacer más fácil y cercana la lectura al que lo intente. Quizás esto es lo que traiciona de un modo más rotundo la obra de Homero. El personaje para los griegos era otra cosa bien distinta. Eran casi hombrecitos construidos por piezas y carentes de conciencia o voluntad. Al menos de conciencia o voluntad que no fueran entregadas por los dioses que Baricco hace desaparecer.
En cualquier caso, el libro pudiera servir de enganche para el que intentó la lectura de “La Ilíada” y fracasó, una aproximación en ese territorio intermedio que aporta una idea argumental más clara. Sobre todo para despertar el interés del lector por los clásicos griegos. Sí, esos a los que casi nadie lee.
Un lector cualquiera descubre que lo narrado es “chico enamora a la chica de otro, se la lleva a su casa y se lía la marimorena”. Ni más ni menos. Descubre que todos los temas que se tratan en la literatura actual son repetición de lo que ya contaban los griegos. Y que lo hacían muy bien.
Acercar la buena literatura al lector medio, a veces, consiste en desmitificar una obra u otra. Este caso es parecido a nuestro Quijote. Un chaval que se arrime a los personajes sabiendo ya, entre otras cosas, que se puede pasar un buen rato riendo con ellos, tiene muchas posibilidades de disfrutar de esa lectura. Si lo hace obligado, pensando que se va a tragar un tostón, la cosa se pone muy difícil.
Estoy convencido de que, tras la lectura de este libro, más de uno intentará leer a Homero. Más de dos lo volverán a intentar. Muchos volverán a cerrar “La Ilíada” decepcionados (ahora con ellos mismos y no con el griego). Y algunos lograrán terminarlo. Buscarán en la biblioteca de casa un ejemplar lleno de polvo de, por ejemplo, “La Odisea” o alguna tragedia. Y cambiarán los best sellers o los libros sobre templarios por estos otros. Descubrirán la literatura en los clásicos.
Y eso está muy bien. Baricco puede gustar más o menos, pero hay que agradecerle este tipo de iniciativas.
Me dicen que está trabajando con otro clásico para repetir jugada. Y yo estoy deseando leer ese trabajo para disfrutarlo y para prestarlo a uno de mis alumnos más jóvenes o a cualquiera de mis hijos.
Yo, como todos, he dejado algún libro sin acabar, sintiéndome incapaz de soportar un ladrillo así, preguntándome qué verían los demás para afirmar que se trataba de una obra maestra. Con el paso de los años descubrí que la pregunta debería ser otra. ¿Qué es lo que no soy capaz de ver? Si alguien como Baricco abre los ojos a lectores que andan despistados, mejor. Ojalá hubiera tenido yo este tipo de ayudas.
Voy a confesar algo. Uno de esos secretos que se guardan como si fueran las escrituras del piso. Esta misma tarde comenzaré a leer (hasta el final) “Doctor Faustus” de Thomas Mann. Escuchando la música de Art Tatum que siempre ayuda en las labores dificultosas. Como San Judas Tadeo. Pero a este le dejo para los imposibles. Es más efectivo.