ene 8 2010

El mundo del revés

Día 1.
Viento. Con él parece escapar el frío de sí mismo. Levanta los hombros. Encoge el cuello, baja la cabeza. Las manos en los bolsillos. La falda se alza con cada golpe de aire. Le da igual.
Abre la puerta metálica del portal. Empuja con fuerza. Siempre le ha parecido excesivamente pesada. Por primera vez logra que se abra con facilidad. Eso cree. Cuando alza la vista le ve agarrando el tirador. Sonríen.
Se le cae el bolso. Comienza a flexionar las rodillas para agacharse. Y él, estirando el brazo, mostrando la palma de la mano, hace que se detenga. Ahora es él quien dobla la cintura. Se lo entrega sin dejar de sonreír.
Él sale. Ella espera a que se cierre la puerta. Se apoya en el vidrio dando la espalda a la calle. Él, unos metros más allá, se detiene, enciende un cigarro y piensa. Tiene prisa, pero piensa. Sin moverse.

Día 2.
Coinciden en el ascensor. Ella pulsa la tecla de su piso. Él se hubiera bajado antes. Lo siento. No importa. Ella intenta abrir la puerta de casa. Pero no atina con la llave. Él ha pulsado el botón que le llevará a la planta baja. Bien podría haber sido cualquier otro. Sin abrir la puerta, ahora sí, lleva el dedo hasta el número iluminado con una luz roja.

Día 3.
Llega con un hombre. Agarrada de su brazo. Ríen. Llega el ascensor. Él sale. Un gesto de cortesía. Sólo. Antes de salir a la calle se para. Inspira con fuerza, expira despacio. No puede creer lo que está viendo. Todo le parece absurdo. Se frota los ojos con los dedos de la mano derecha. Lo que no puede creer es lo que piensa, susurra.

Día 4.
Entran casi al mismo tiempo en el portal. Se saludan. En el ascensor. Ninguno de los dos pulsa el botón de su piso.
– Era mi hermano, dice ella.
Las espaldas en las paredes.
– ¿Quieres tomar un café?
– No se me ocurre nada que me pueda apetecer más.
No se miran.
– ¿Entiendes algo de lo que está pasando?
– Nada en absoluto. Pero es lo que más me gusta. Detrás de todo lo que pasa siempre reposa un porqué. Ya lo descubriremos.
Ella hace un gesto con el brazo. Intenta alargarlo para pulsar el botón. Desiste.
– ¿Sabes? Sólo cuando te pienso el mundo se pone del derecho, dice ella mirando al suelo. Siempre tengo la sensación de ir contracorriente, de estar tumbada mientras los otros se levantan. Es como si mirase cada cosa desde el lado contrario. Y ahora ¿qué hacemos?
– Poner el mundo del revés para siempre. ¿Tomamos ese café?
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano
© De la imagen: Sonia Hirsch


nov 17 2006

Efímero

La alegría es de color rojo. Una buena noticia, las vacaciones estivales, que te anuncien una subida de sueldo sin venir a cuento. Todo rojo.
Dicen que el dinero llama al dinero. Lo mismo pasa con los colores. Te llaman para decirte algo que te disgusta y la luz de las bombillas se hace amarilla. Miras sin ganas las nubes que clarean con el sol. Un gris convertido en el más sucio de los amarillos. El rojo desaparece como por arte de magia. No existe. Por eso me pinto las uñas de los pies con un esmalte que brille, que sirva de imán para lo deseado.
Miro el pie derecho. Luego, el otro. Uno de ellos con las uñas de color. Muevo los dedos. Perfectos.
Las brasas brillan en la chimenea. Desde esta ventana puedo ver la mitad del pueblo. Las tejas mojadas, un sol teñido que se oculta (hay que retirar la vista y volver a mirar pasado un rato para saber que se mueve), se oculta y perfila los contornos de todo lo que se ve. Ha llovido y el rojo resalta sobre el rojo.Suena el timbre. Es ella. Siempre lo hace de la misma forma. Tres veces. Tres sonidos cortos.- Está abierto. Sólo tienes que empujar.El ruido de la puerta al cerrarse es suave, deseado. Entra y se acerca para besarme en la mejilla. Corre hasta la chimenea y se pone de espaldas a ella, con las manos detrás. Sonríe y se mueve nerviosa. Tiene que decirme algo.- Ayer conocí a un chico, dice y espera una respuesta con inquietud.Miro la cesta de mimbre que hay sobre la mesa. Esmalte, pintalabios, unas pinzas, cepillos y algodón. Arranco un trozo y lo empapo con la acetona. Huele fuerte.- Me encanta, me encanta, me encanta, dice dando pequeños saltitos, aplaudiendo al mismo tiempo.Las brasas se han cubierto de cenizas. El sol se intuye en una claridad extraña que asoma al fondo. No se ve. – ¿No me vas a decir nada?- Claro que sí. Me alegra mucho lo que me cuentas.Se acerca despacio. Describe al muchacho. Su mirada, el tono de voz, un pequeño tic en el ojo que le hace muy interesante. Les imagino juntos. El algodón se ve rojo. La acetona disuelve el esmalte que se pega en los hilos. Las uñas no tienen color. Dice tener prisa, que mañana me contará cómo le ha ido. El sonido de la puerta al cerrarse, los contornos de las casas que ya no se distinguen sobre el fondo. Apenas se ve nada.