may 17 2011

La Naturaleza, el arte y lo espontáneo

Aristóteles decía en su Metafísica que De las cosas que se generan, unas se generan por naturaleza, otras por arte y otras espontáneamente, pero todas las cosas que se generan son generadas bajo la acción de algo, provienen de algo y llegan a ser algo. La grandeza de este filósofo es que lo que dijo lo puedes usar para lo que sea.
¿De dónde viene la crisis brutal que está ahogando a millones de personas? De la codicia de unos pocos. Esto no es una cosa que aparezca de buenas a primeras. Hay culpables claros aunque lo quieran enmascarar con primas de riesgo (¿qué será eso?), movimientos globales de mercados o gaitas de distintos colores ¿Desde dónde puede llegar una respuesta rotunda a tanta avaricia, a tanta falsedad política, a tanto abuso por parte de los que manejan a su antojo el mundo? Desde nuestra voluntad. Eso tampoco es espontáneo. Por eso ya va siendo hora de que digamos cosas. En las urnas, en la calle, en los medios, en las redes sociales. Ya está bien.
El mundo está en llamas. Todo el planeta. Y seguimos creyendo que el fuego nos pilla retirados. Que no, que no. Que lo tenemos debajo.
¿Dónde están los estudiantes? ¿Dónde están los obreros? ¿Y los intelectuales? Tal vez estemos viviendo un momento que pasará a la historia como el fin de una civilización. Del fin de nuestra forma de vivir. ¿Es que esto no nos importa? Protestemos, pidamos lo que es nuestro.
Dentro de muy poco tiempo, los jóvenes no podrán estudiar porque las tasas universitarias serán imposibles (ahora ya saben que no pueden dejar estudiar a cualquiera porque se les viene abajo el negocio). Dentro de muy poco trabajaremos con menos derechos que hace cincuenta años. El mundo del dinero nos está devorando. ¿Vamos a dejar que unos pocos se salgan con la suya? ¿De qué ha servido tanto esfuerzo, tanta muerte? ¿Nos hemos convertido en eso que tanto odiábamos cuando éramos jóvenes?
Seamos los que accionen el mundo, el punto de procedencia, los que hagamos que el mundo avance por un camino más amable para todos. Seamos la naturaleza, el arte o lo espontáneo. Pero seamos. Nada de mirar acomodados en una vida sin más sentido que llegar a la meta con una pensión. Seamos lo que toca. Personas dignas. Merezcamos estar en el mundo.


sep 12 2006

La vida entera

Hace unos días escribí una frase en mi cuaderno. Intentaba recordar lo que decía Nietzsche en “La gaya ciencia”. Lo dejé sobre la mesa del despacho y me olvidé del asunto.
El mayor de mis hijos lo leyó ayer. “La humildad es la predicación de la propia vulgaridad”.
– ¿Qué significa esto?
– Pues viene a decir que el que dice “no, no, prefiero no llegar a ser presidente del gobierno, no quisiera tener esa responsabilidad” lo que dice, en realidad, es “nunca podría llegar a ser presidente del gobierno, aunque quisiera”. Lo que pasa es que no lo sabe o no lo quiere ver. Nietzsche escribió eso mientras hablaba de las clases sociales y se refería a los esclavos. Él creía que había mucho esclavo y poco superhombre.
– Y ¿quién es esclavo?
– Pues, por ejemplo, los católicos. Sus creencias les impiden progresar como personas, llegar a ser superhombres que pueden prescindir de una invención que no permite al ser humano ser más que un gusano. Se agarran a la religión para tapar sus carencias y cargar el mochuelo a su Dios. Y así nunca te desarrollas como individuo, te quedas a mitad de camino.
– Entonces, si le digo a un amigo que no quiero ser como él ¿le estoy diciendo que me gustaría pero no puedo?
– No, no, no. Lo que no se puede es ocultar algo con la excusa de ser humilde. Eso es lo que criticaba ese filósofo.
– A mí me parece que lo que se esconde es rabia.
– Un escritor que se llamaba Borges defendía que la humildad es la peor forma de soberbia. Creo que fue él. Es algo parecido a lo que dices.
– Otro que esconde rabia.
Explicar estas cosas a un chico de doce años tiene su complicación. Dices cosas inexactas, dejas a medias la idea para no liar más a la criatura y te queda la sensación de no haber atinado con lo dicho. “Ya tendrá tiempo de leer y sacar sus propias conclusiones” suelo pensar para quedarme tranquilo.
Hoy le he visto un momento antes de salir de casa.
– ¿Qué es mejor, ser esclavo o superhombre?
– Pues, según Nietzsche, superhombre. Él estaba convencido de serlo.
– Pero ¿no es injusto que estemos divididos en una cosa y otra?
– Me temo que él acusaba a los esclavos de llegar a ese punto porque se lo buscaban. La culpa es de cada cual.
– No me gusta ese señor.
– No has leído nada de él.
– Pero tú sí. Y para eso están los padres, para explicar estas cosas. Aunque, a veces, preferiría que me engañases. Ahora voy a ver esclavos y superhombres en cada esquina. Y no me gusta la idea. Tú me has enseñado que no debería haber diferencias entre los hombres y ahora resulta que las hay según desde donde se mire.
– No hay que creer las cosas sin pensarlas.
– Ya, ya, pero esas frases tan bonitas se te quedan grabadas y no son ninguna tontería. ¿Cómo murió?
– Loco, en un manicomio, le digo y él sonríe como diciendo que ya lo sabía él. Espera un momento antes de irte.
Le he apuntado un aforismo de Aristóteles. “El hombre que se mantiene en el justo medio lleva el nombre de sobrio y moderado”. Pues aprende esta de memoria, le he dicho al despedirnos.
He llevado al pequeño hasta el colegio pensando en lo que nos habíamos dicho. Los padres están para eso, para explicar las cosas. Pero Gonzalo quiere que alguien le explique la vida entera. Y me siento incapaz. Quizás por miedo. Aún tiene edad de creer que la vida se reduce a lo que conoce, a querer ser igual a su amigo o no, a seguir caminando en una dirección única. Es pronto para que sepa que la existencia según Nietzsche puede ser tan real como la de cualquier otro pensador. Difícil, sucia o terrible al fin y al cabo. Estupenda o gratificante por irrepetible, al fin y al cabo también. Y no quiero que sepa que Aristóteles y un buen puñado de pensadores murieron seguramente locos. Por eso me repito que ya tendrá tiempo. Aunque no sirve.