sep 2 2011

Pequeña reflexión sobre el diálogo en literatura

Durante la escritura de algún cuento o novela anoté esto que van a leer. No recuerdo el momento. Ni el texto en el que trabajaba. Puede interesar a alguien. Creo.

– Esta tarde termina la serie. Seguro que Ernesto
– Muere. Y, además, espero que sea una muerte
– Horrible, horrible. Entre grandes padecimientos. No se merece otra cosa
– Nada, nada, no se lo merece.
Este es un tipo de diálogo que entre hombres es muy difícil que se dé. Pero sería filtrear con los tópicos si afirmásemos que este modo de comunicarse obedece a la falta de reflexión femenina o a la falta de madurez de las personas que hablan. Durante mucho tiempo, estas cosas se pensaron y se difundieron como lo que no son. Seguramente, hay que tener en cuenta que es el resultado de una forma de hablar menos afirmativa que la de los hombres, más arrastrada a la zona de la sugerencia y, por supuesto, más participativa. Una opción que me gusta es la que daría cierto cuerpo al deseo femenino de crear un lenguaje propio que convierta su forma de expresión en una zona particular que, si bien no es exclusiva, sí evita que cualquiera pueda entrar sin pedir permiso.
Los personajes en literatura son la representación de las personas que se mueven en la realidad. Estos pequeños detalles son los que les darán credibilidad.


ago 27 2011

Combatir convenientemente

Despegarse del mundo es un trabajo costoso, duro y largo en el tiempo. Sólo la edad madura ayuda a que eso pueda conseguirse. Sólo mirar a lugares en los que otros no ven nada hace posible un tránsito que lleva del tocar al reflexionar sobre lo que no puede alcanzarse con la punta de un dedo que ya no siente casi nada. Lo temporal, lo mortal pasa a ser la anécdota, la señorita de compañía de una vida que decide tomar un camino sobre el mar que se alza decidido sobre nadie sabe qué.
Non coronabitur nisi qui legitime certaverit. No será coronado sino aquél que haya combatido convenientemente. Una corona de laurel (como dice la iconología clásica) espera al que se atreva a luchar consigo mismo y con todo un entorno que se revuelve feroz para no dejar con vida lo que no le pertenezca.
Hoy he mirado, por última vez, el mar desde el quinto piso del Hotel Meliá de Alicante. Poco después estaba al volante para regresar a casa. La estampa era magnífica. Pero la vista sólo llegaba hasta el horizonte, hasta la curvatura perfecta dibujada por las unión de azules. A la izquierda la ciudad, la playa, gente saltando las olas. A la izquierda azules. Y preguntas sobre lo que no se alcanza a ver aunque se sienta con perfección. El desapego con lo material, con todo lo que muchos desean tener guardado a cal y canto para no sé qué cosa, con un mundo convertido en joyas inservibles que nos convierten en marionetas. Da igual si Dios existe o no, si nos espera algo desconocido más allá de nuestra propia vida. Da igual todo si no somos capaces de despegarnos del suelo para intentar encontrar respuestas que nos lleven a lo esencial, a la verdad, a la conciliación de nuestra capacidad para reflexionar y el mundo que vivimos. A eso hemos venido aunque nos hagamos los muertos cuando llega el momento de ser lo que debemos. He mirado el mar durante unos minutos mientras fumaba un cigarro. Para despegarme un poco más de lo que ya estoy, para sentirme un poco más extraño en un mundo que no me gusta nada, para volver a recordar las palabras del evangelista. Non coronabitur nisi qui legitime certaverit. Tal vez para convencerme de que la lucha sirve de algo. Al menos para volver a meditar sobre si quiero ser la señorita de compañía de mí mismo. Y la respuesta ha sido la de siempre. Ni hablar, ni un paso atrás, cueste lo que cueste. Mientras los azules se fundan en el mismo sitio seguiré mirando en esa dirección.