feb 3 2010

Un día u otro

Ayer, antes de llevar a Guzmán al gimnasio, pasamos por la Biblioteca Nacional. A sus cinco años, el niño, era la primera vez que pisaba el edificio. Nos acercamos para conocer a Pepo Domènech, un tipo encantador que andaba por allí con su bajo para ensayar junto a sus compañeros. Un rato de lo más agradable. Salón de actos, escuchando música, conversando (no hubo mucho tiempo) de lo divino y de lo humano.
De allí pitando al gimnasio en el que practican judo Guzmán y Gonzalo. El pequeño luce el cinturón blanco. El mayor prepara su examen para conseguir el negro.
De allí pitando a casa para bañar a los pequeños y recoger lo necesario antes de dar mis clases en la Escuela de Letras. Por supuesto, tuve que salir pitando para llegar puntual y, más tarde, camino de vuelta (pitando también) para llegar a casa y revisar algunos textos, escribir un rato, picar algo y desmayarme en el lugar apropiado.
Acabo los días con la sensación de no haber hecho nada bien. Muchas prisas, demasiadas. Aunque lo hago todo sin que se derrumbe el mundo. Algo es algo.
Ahora escribo despacio, tomándome el tiempo que creo necesario para decir lo que quiero y no otra cosa. Tal vez lo más difícil que hago cada día. Pase lo que pase, el papel en blanco espera en la mesa del despacho. Sin tregua.
Pepo tocando su bajo con elegancia. Una auténtica maravilla. Su trato exquisito, una conversación de lo más agradable en un lugar incomparable, exclusivo. Un apretón de manos auténtico como si se repitiese desde siempre. Y un hasta pronto sincero.
Guzmán sobre el tatami. Su cinturón blanco. Cinco años y la vida por delante. Toda la vida por delante. Movimientos aprendidos antes que las tablas de multiplicar, elegantes, duros. Charla en el vagón del metro, se agarra a mí en vez de a las barras para no caer. Y en la última cuesta antes de llegar a casa una bolsa enorme de palomitas que comemos a puñados mientras nos retrasamos queriendo hacer el trayecto un pelín más nuestro.
En el coche escuchando música camino de la Escuela de Letras. Por fin, sentado. Repaso alguna idea con calma. Hora y media de clase con personas interesadas por lo mismo que yo, con las mismas ganas que mostré en su momento por ser escritor. De nuevo en el coche. Más música. Repasando el día con tranquilidad, solo.
Y, antes de producirse el desmayo, mientras bebo algo de zumo y como lo que han dejado por aquí los niños, la pluma en la mano, el pensamiento moviéndose rápido, la pluma que comienza a rasgar levemente el papel.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


sep 25 2009

Tirando muros

Art Tatum está considerado el pianista más influyente de la historia del jazz. Es posible que sea cierto aunque a mí me sigue gustando Bill Evans de forma especial. Ben Webster no está considerado el saxofonista más influyente del jazz. Es posible; es posible aunque a mí es el que más me gusta de todos. Incluyendo a Charly Parker. Escucho ahora My one and only love. Tatum y Webster juntos.
El Quijote de Cervantes es la novela que más ruido ha hecho durante toda la historia de la literatura. Sin duda. Pero prefiero a Chéjov, a Faulkner o a Vargas Llosa. Les siento más cercanos. Lo que tratan de expresar es lo que veo cada día. Pertenecen a mi mundo. O yo al de ellos. Depende de mi estado de ánimo.
Lo ajeno no suele gustar. La distancia hace incomprensible lo observado. Eso se rodea con cierta indiferencia llena de soberbia. Se procura olvidar, borrar de un recuerdo incómodo que nos hace pequeños ante lo que sabemos grande y no hemos sabido valorar. Porque llamamos ajeno a lo que no alcanzamos. Convertidos en galgos más lentos que el conejo que salta entre la retama terminamos negando para poder afirmar que somos, que el resto no sirve. Todo lo ajeno es estafa. Con un poco de suerte nos vemos persiguiendo de nuevo la presa, con un poco de suerte alguien nos indica un atajo por el que llegaremos al punto exacto en el que cobraremos la pieza. Y disfrutaremos más que nunca. Pero sin suerte llegaremos a creer que no merece la pena seguir persiguiendo, renunciaremos a eso que se convierte en obstáculo entre nuestra ignorancia y el saber.
Mis hijos solían protestar cuando, al entrar en el coche, descubrían horrorizados que sonaba alguna ópera. Hace algún tiempo decidí llevarme una copia de “Madama Butterfly”. Recordé que fue la primera ópera que escuché en casa y, por arte de magia, decidí comenzar a escuchar un tipo de música hasta ese momento odiada. Siguen con sus protestas. Prefieren escuchar otras cosas aunque desde ese día están aprendiendo a disfrutar con Puccini o Alban Berg. Tiempo al tiempo.
Los cambios nos provocan angustia, inseguridad. Lo incomprensible nos hace sentir más insignificantes de lo que somos. No nos deja ver más allá del ridículo que sentimos por ignorar. Y no somos capaces de ver que la única forma de avanzar es acercarse; de frente o por los costados, eso es igual; chocar contra un muro que termina desapareciendo si nos empeñamos en hacerlo añicos.
Tengo aprendido que los gustos personales sólo sirven para enterrar carencias. Y lo tengo aprendido porque descubrí hace mucho tiempo que esos gustos no son mostrencos, que lo ajeno se vuelve familiar en cuanto hacemos un esfuerzo, en cuanto nos dan las pistas necesarias para que no nos sintamos ridículos frente a mundos recién descubiertos.
Conocemos y evolucionamos. Y cuanto más lejos queda esa parte de la realidad que negamos miedosos más crecemos como individuos una vez que alcanzamos a tocar lo que negamos u odiamos por miedo a dejar de ser, por miedo a no ser capaces de ejercer nuestro poder en la pequeña parcela de nuestro cosmos. Es cuando descubrimos que siempre hay algo más allá, que los gustos se trasforman, que si no es así estamos muertos.
Sigo prefiriendo “La Galatea”. Mejor novela que “El Quijote”. Sigo escuchando con más agrado el piano de Evans que el de Tatum. Con Parker nunca disfruté tanto como con Webster. Sigo teniendo mis carencias al enfrentarme a los genios, mis complejos frente a lo grande. Quizás por ser consciente los estoy perdiendo poco a poco. Complejos y miserias. Quizás sé que estoy condenado a desdecirme pasado algún tiempo. Es posible que un buen día eso que no me termina de convencer se convierta en parte de mi realidad. O yo de la suya. Dependerá de mi estado de ánimo.



dic 25 2006

A puñados

Acabo de mantener el primer cambio de impresiones con la pequeña Gimena. He intentado explicarle algunas cosas (que las palomitas de maíz no se comen de una en una, ni los panchitos; que le espera una vida tan larga como difícil; que la música que escuchábamos era una maravilla y mezclaba una cosa que se llama jazz y otra que se llama flamenco, que el mundo está lleno de mestizajes enriquecedores; que estamos condenados a querernos; le he intentado explicar lo que le queda por delante). Ella se ha limitado a sonreír hasta que le ha vencido el sueño. Es lo que más envidio de los niños. Ni les va ni les viene nada de lo que ocurre.Guzmán, viendo que lo suyo corre peligro ha demandado una charla antes de dormir. Hemos repasado el día en la guardería. Una pelea entre Víctor y Lucía; canciones que ha repetido para que las pudiera escuchar su padre y el relato de su exhibición comiendo todo, todo, todo. A este no le he tenido que explicar lo de las palomitas. Pelear por ellas con sus hermanos ha sido más que suficiente para que se enterase. El joven Guzmán se está haciendo mayor antes de tiempo. Pobre.He regresado cansado. Muchas horas de carretera. He parado un par de veces para repostar. Sólo un par de veces. Mucho trabajo en casa como para perder el tiempo tomando café en un bar de carretera.Tantos kilómetros dan mucho de sí. Preguntas que se van contestando para hacer un hueco a las siguientes. Qué razón lleva a alguien a pagar para que le enseñen a escribir como le dé la gana. Por qué se confunde ser culto con haber leído media docena de libros y contarlos con gracia a otros que no han leído ni media docena de tebeos. Por qué esos mismos sujetos se empeñan en escribir frases que no entienden ni ellos para que parezca que su pensamiento es profundo. Cómo se puede ser tan imbécil y sentirse orgulloso de ello.Hace algún tiempo escribí un artículo sobre la novela “Miss Lonelyhearts”. Se publicó en una revista dedicada a la crítica literaria. Pasados unos días, el que era coordinador de la publicación me dijo que era una pena, que el artículo decía cosas muy interesantes, que la lectura que hacía de la obra era valiente y esclarecedora, pero que el artículo se entendía perfectamente. Por supuesto, ni le contesté. Es una de las gilipolleces más grandes que he tenido que soportar. Me limité a sonreír. Como la pequeña Gimena.Los kilómetros se alargan. Sobre todo en el viaje de regreso. Entre los discos que llevaba en el coche estaba el de Niño Josele, su último trabajo. Nadie debería dejar de escuchar algo así. Algo de Art Tatum, el último disco que he podido comprar de Miles Davis, la ópera Turandot de Puccini y un par de trabajos de Enrique Morente. Y mientras sonaban, uno tras otro, las respuestas llegaban a trompicones, en desorden aunque, finalmente, iban quedando en su sitio.Nunca he querido ser lo que muchos entienden por intelectual. Ni ha sido mi deseo ni me he acercado a ello sin ser consciente. Jamás he presumido de serlo. Nunca lo haré porque me parece que es cosa seria y al alcance de muy pocos. Me sentiría ridículo. No podría sentirme orgulloso haciendo el idiota de esa manera, intentando parecerlo al son de artículos rebuscados e imposibles de entender.Las palomitas se deben comer a puñaditos. Y los panchitos también. Y se dice así, sin más adornos. A veces conviene expresar la idea como si nos estuviéramos refiriendo a un niño, para que todos sepan lo que se les dice, para que puedan pensar lo que les dé la gana aunque se queden en la superficie o para que puedan sonreír (como un bebé) y dejar claro que eso ni les va ni les viene. Por muy listo que quiera parecer el que lo dice. No se debe confundir un buen uso del lenguaje con la construcción de frases imposibles. Ni la cultura con la lectura. Ni hacer lo que uno quiere con lo que es necesario hacer para hacerlo bien.Mañana viajo de nuevo. Pronto, de madrugada. Y no me detendré para tomar café en un bar de carretera. Ni al ir ni al volver. Conducir pensando al mismo tiempo agota y cuanto antes llegue a casa mejor. Aquí hay mucho que hacer.


oct 2 2006

Ante la gran batalla

Tengo alrededor un buen número de personas esperando que mueva ficha. Ellos no mueven ni las pestañas, pero quieren ver lo que hago, cómo solucionaré un problema con el que nadie se atreve. Miran, se acercan sin dejarse ver, prueban enviando mensajes a través de terceros intentando descubrir flaquezas, cavan trincheras mucho más profundas en las que poder esperar sin salir heridos y se hacen los tontos cuando me ven. Esperan que sea yo el que tome la iniciativa, para que la cosa se ponga difícil o se haga más llevadera, eso es lo de menos, pero que sea yo el que arriesgue un primer peón. Y de eso, ni hablar. De momento me he enrocado, he dispuesto la defensa que me ha parecido más adecuada y espero sentado. Se trata de una cuestión de paciencia.Ya he percibido un par de movimientos por parte de los primeros arrepentidos o de los que no quisieron saber nada de todo esto y se vieron mezclados sin comerlo ni beberlo. Era lo más previsible. Un ejército disperso crea siempre los mismos problemas. Falta de comunicación, interpretación de las órdenes de forma diversa dependiendo de cómo y cuándo llegan, excesiva distancia entre el comandante en jefe y los pequeños generales que tienden a tomar iniciativas contrarias al plan trazado por el líder y, sobre todo, la necesidad de volver a casa, de encontrarse en una situación tan placentera como la que se vivió antes del conflicto.La ventaja de estar solo es que esas cosas no te pasan. Te das las órdenes a ti mismo, te equivocas tú solito, si quieres rendirte no tienes que consultar a nadie o si prefieres arriesgar hasta el final no hay que rendir cuentas en caso de derrota.Las primeras batallas fueron duras. Un ejército que ataca a otro frontalmente lo que quiere es arrasar de forma inmediata al enemigo, sin hacer prisioneros. El atacante sabe que se juega un porcentaje altísimo de sus posibilidades de victoria. Y si ataca es porque cree que su poder es mucho mayor que el del defensor. Si este es capaz de aguantar los primeros envites, no desorganizar sus filas y prever los movimientos más osados del atacante, tiene alguna posibilidad de ganar esa guerra aunque su inferioridad sea grande.Sólo queda pelear la gran batalla. La que decidirá un final incierto para mí. Aun sabiendo que las bajas se han producido, que los apoyos pueden llegar en cualquier momento, que las deserciones sumarán de mi lado, aun sabiéndolo, la incertidumbre es mayor a medida que pasa el tiempo.Puedo imaginar cómo se colocarán formando un semicírculo delante de mí, tendré que ser rápido al intentar descubrir en sus rostros de qué lado están, si quieren llegar hasta el final o intentarán firmar un acuerdo intentando salvar la situación. Guardarán las formas hasta que puedan, hasta que diga lo que pienso y exponga mi verdad. Y, a partir de ese momento, comenzará el combate.No sé cómo terminará todo esto. Pero, desde luego, seguiré escuchando música a la hora que me dé la gana. Eliminando el intervalo que va de las cero horas a las diez de la mañana cualquier momento es bueno. Y sin subir el volumen en exceso.Las comunidades de vecinos son así. O te preparas para la batalla como si fueras un superhéroe, o te quedas sin música. Y sin poder organizar fiestas o cerrar la terraza de la cocina o instalar un toldo bastante más bonito que los que pusieron los del sexto o lo que sea.


jul 6 2006

Volver a intentarlo

Conviene dejar un libro sin leer cuando se abre en un momento poco adecuado. Es recomendable y ya está dicho en alguna ocasión. Pero es necesario volver a intentarlo una vez que el criterio como lector ha mejorado, las ganas son otras o el tesón pesa más que la sensación de incapacidad (esto último suele funcionar mal y desemboca en un nuevo fracaso).
Existe una posibilidad intermedia. Y, muchas veces, efectiva.
Compré hace unos días un ejemplar del libro de Alessandro Baricco “Homero, Ilíada”. Suelo leer todo lo que se publica de este autor. No es que sea mi favorito, pero siempre encuentro en sus novelas algunos elementos que, técnicamente, me parecen más que interesantes. Compré el libro más por inercia que por otra cosa. Sin embargo, esa misma noche lo abrí para echarle un vistazo. Se lee casi de un tirón. Baricco suele escribir breve.
“Homero, Ilíada” es una reescritura de esa obra (“La Ilíada). Sin más. El autor añade algunos párrafos; a veces, alguna frase suelta; pero intenta respetar lo que se narra en el original. En un breve comentario previo, Baricco avisa de la eliminación de los dioses como personajes, como parte activa y fundamental de la trama. Y del cambio de punto de vista. Utiliza narradores personaje para hacer más fácil y cercana la lectura al que lo intente. Quizás esto es lo que traiciona de un modo más rotundo la obra de Homero. El personaje para los griegos era otra cosa bien distinta. Eran casi hombrecitos construidos por piezas y carentes de conciencia o voluntad. Al menos de conciencia o voluntad que no fueran entregadas por los dioses que Baricco hace desaparecer.
En cualquier caso, el libro pudiera servir de enganche para el que intentó la lectura de “La Ilíada” y fracasó, una aproximación en ese territorio intermedio que aporta una idea argumental más clara. Sobre todo para despertar el interés del lector por los clásicos griegos. Sí, esos a los que casi nadie lee.
Un lector cualquiera descubre que lo narrado es “chico enamora a la chica de otro, se la lleva a su casa y se lía la marimorena”. Ni más ni menos. Descubre que todos los temas que se tratan en la literatura actual son repetición de lo que ya contaban los griegos. Y que lo hacían muy bien.
Acercar la buena literatura al lector medio, a veces, consiste en desmitificar una obra u otra. Este caso es parecido a nuestro Quijote. Un chaval que se arrime a los personajes sabiendo ya, entre otras cosas, que se puede pasar un buen rato riendo con ellos, tiene muchas posibilidades de disfrutar de esa lectura. Si lo hace obligado, pensando que se va a tragar un tostón, la cosa se pone muy difícil.
Estoy convencido de que, tras la lectura de este libro, más de uno intentará leer a Homero. Más de dos lo volverán a intentar. Muchos volverán a cerrar “La Ilíada” decepcionados (ahora con ellos mismos y no con el griego). Y algunos lograrán terminarlo. Buscarán en la biblioteca de casa un ejemplar lleno de polvo de, por ejemplo, “La Odisea” o alguna tragedia. Y cambiarán los best sellers o los libros sobre templarios por estos otros. Descubrirán la literatura en los clásicos.
Y eso está muy bien. Baricco puede gustar más o menos, pero hay que agradecerle este tipo de iniciativas.
Me dicen que está trabajando con otro clásico para repetir jugada. Y yo estoy deseando leer ese trabajo para disfrutarlo y para prestarlo a uno de mis alumnos más jóvenes o a cualquiera de mis hijos.
Yo, como todos, he dejado algún libro sin acabar, sintiéndome incapaz de soportar un ladrillo así, preguntándome qué verían los demás para afirmar que se trataba de una obra maestra. Con el paso de los años descubrí que la pregunta debería ser otra. ¿Qué es lo que no soy capaz de ver? Si alguien como Baricco abre los ojos a lectores que andan despistados, mejor. Ojalá hubiera tenido yo este tipo de ayudas.
Voy a confesar algo. Uno de esos secretos que se guardan como si fueran las escrituras del piso. Esta misma tarde comenzaré a leer (hasta el final) “Doctor Faustus” de Thomas Mann. Escuchando la música de Art Tatum que siempre ayuda en las labores dificultosas. Como San Judas Tadeo. Pero a este le dejo para los imposibles. Es más efectivo.


jun 29 2005

Espejos

Un niño que acaricia la piel del padre recuerda a la muerte cuando señala al siguiente. No es piel contra piel. Es futuro contra pasado de tiempo inservible, las cosas que nunca fueron, la fatiga de saberse a medio camino o más. O más. A solas, el padre se dice que aún tiene fuerza, que ante el espejo sigue viendo a un chaval como cuando era un chaval, que la inmortalidad es aliada. Pero sólo cuando nadie le ve. Si el hijo le mira y sonríe, él sabe que cada engaño le puede aplastar con moverse una pizca. El niño se torna espejo reflejando vejez, la de ahora sumada a la que llegará, absorbiendo lo vital que queda. Apenas una ilusión. La vida maltratando a la vida, la deshace entre roces y sonrisas melladas. La muerte señala con algo más de tino.