ago 6 2012

Nunca al revés

Conocemos a alguien y nos parece una persona estupenda, amable, divertida y adorable. Pasado un tiempo se produce un conflicto entre ambos y nos preguntamos qué ha podido pasar, cómo ha sido posible un cambio tan brusco en el de enfrente, cómo no nos hemos dado cuenta antes de la verdad. Nunca, nunca, nos preguntamos qué nos ha podido pasar a nosotros, qué tipo de cambio hemos sufrido en ese tiempo o cómo no hemos sabido contener nuestro peor defecto ante el otro. Eso jamás lo hacemos.
Es una cuestión de supervivencia. Queremos seguir caminando en línea recta, con la cabeza sobre los hombros y la vergüenza inmaculada.
Conocemos a alguien y vamos apartando sus gestos molestos, esas actitudes que no gustan para poder continuar creyendo que existen personas con las que podemos contar, que la fortuna nos ha sonreído colocando en nuestro camino a ese hombre o esa mujer que estaban llamados a compartir buena parte de nuestra vida. No queremos ver lo que impide una ilusión perpetua del ser humano que rara vez se ve satisfecha. Damos forma a figuras a las que nunca vemos la espalda. Sólo las giramos cuando se produce un conflicto. Cosas del instinto de supervivencia. Si nos vemos en peligro damos la vuelta a esa figura perfecta para encontrar la zona menos pulida, la que sirve para destrozar un recuerdo y hacernos fuertes ante el choque.
Qué gran mentira nos contamos para salir adelante. Esa trasera siempre estuvo aunque preferimos no prestar atención.
Pero damos la vuelta a la figura y decimos adiós para siempre. Sin preguntarnos sobre nosotros mismos, sobre nuestra parte de atrás. Esa que nosotros escondemos y muchos no quieren mirar por no quedarse solos, por sobrevivir.
El que fue tu amigo y ahora se aleja metido en un álbum de fotografías era un tipo que hubiera dado lo que fuera por ti, pero ahora queda en el recuerdo como un hombre extraño, alguien lleno de manías inaguantables. Es la única forma de soportar su pérdida. La que fue tu mujer cuidaba de ti en cualquier situación, te quiso como nadie ha querido a un hombre. Ahora se ha convertido en una egoísta y no comprendes cómo no fuiste capaz de verlo con claridad. O crees eso o estás muerto.
Pero nunca nos preguntamos sobre nuestros cambios, nuestras rarezas o nuestras miserias. Mejor dejar nuestra imagen del derecho, no mirar el negativo de la fotografía. Si queremos vivir es imprescindible.


may 9 2011

Da igual

He debido fallar a un millón de personas. Pero a mí me han fallado unos cuantos. También. Sí, así es.
Tengo la sana costumbre de no decir ni pío cuando eso ocurre. Pienso hasta aquí hemos llegado y nada más. Incluso puedo hacerme el muerto, seguir haciendo las mismas cosas que hasta ese momento y dejar reposando el mal sabor de boca. Depende de cómo me pille el día. Si no fuera así, si dedicase mis esfuerzos a reprochar lo que me ha hecho fulano, lo que no hizo mengano o a discutir con no sé quién eso que dijo otro que ahora está en un lugar desconocido y bla, bla, bla; no tendría tiempo para nada más. Y es que nos fallamos mucho y muy a menudo. Todos a todos. Pero, en realidad, no pasa nada. Pasado el tiempo todo queda colocado en el lugar que tenía reservado desde antes de ocurrir. Dicho de otra forma, se nos pasa el ataque de pánico. Ocurre; te da un patatús pensando que el mundo se hunde y tú con él; pasa el tiempo y el mundo sigue funcionando contigo dentro.
Amigos que te hacen sentir traicionado, esposas que dejan de quererte, maridos que nunca te quisieron y terminan por confesar, compañeros de trabajo que se dejan ver y muestran un cuchillo entre los dientes, hijos que se inclinan por follar con la novia en lugar de ver el fútbol contigo, curas que se enamoran después de confesarte, rubias que son morenas, señoras de la limpieza que acumulan la mierda debajo de la alfombra, alfombras que no son persas sino de Leganés o tú mismo. Es lo mismo. La vida es una gran decepción y se trata de tomarse las cosas con calma.
Qué más da. Nos fallamos y nos seguiremos haciendo daño por siempre jamás. Queriendo o sin querer, planeando las cosas o de forma espontánea. Es igual. Lo es. Al fin y al cabo, estamos solos durante toda nuestra vida. Rodeados, pero solos. Se trata de nuestra vida, de nuestra muerte. Nunca del daño que nos hacen o el que podemos hacer. Eso es accesorio. Forma parte del juego y mejor tomarlo casi a broma. Todo eso da igual. Lo importante es lo cerca que llegamos a estar de nosotros mismos. O lo alejados. Doloridos, sonriendo, cansados o bailando a solas en la terraza de casa mientras bebemos una cerveza como si fuera la última.
Qué más da. Hay que decir adiós tarde o temprano. No pasa nada por adelantar media vida la despedida. Sigamos fallándonos unos a otros.
Descansen, queridos.