ene 19 2011

El peso de las palabras

Las palabras son pesadas. Por eso el hombre no puede volar; por eso dentro del agua se maneja, pero siempre está en peligro; por eso siempre está a punto de caer incluso teniendo los pies en el suelo.
Las palabras son pesadas y al pronunciarlas sumamos lastre. Nos vamos narrando a nosotros mismos. Eso significa que sabemos algo más. Y saber, conocer la verdad (aunque sea impostada) es difícil de soportar.
Es la consciencia de ser y nuestra capacidad de reflexión la que nos distingue de cualquier otra criatura. Es la traducción a lo que llamamos lenguaje lo que nos hace pegarnos al piso. Y lo que nos impide ser libres para ocupar el espacio de los que viven sin preocuparse de lo que son. Dichoso el árbol porque es apenas sensitivo. Ni siquiera espera su muerte.


ago 27 2010

Otra vez. Aún no sabes si lo haces por una razón o por otra. Te descubres leyendo, intentando descubrir qué es cierto de todo esto, cómo se me habrá ocurrido escribir algo así, cómo lo hubieras hecho tú si hubieras pensado lo mismo, si me conoces algo mejor después de terminar el texto o si todo es una fantasía. Intentas descubrirte en alguna frase en la que buscas una intención que quizás no existe. Alguna vez te has visto entre líneas haciendo del texto algo tuyo, en alguna ocasión algo de lo leído te obligó a recordar lo que no te gusta de ti, de otros. Has llegado a pensar que un autor es, sobre todo despreciable, al ser capaz de relatar algo que le acaba de pasar, pero lo vuelves a leer y descubres con cierto enfado que no, que lo que dice es algo remotamente parecido. Sólo parecido. Yo no dije eso, piensas. Y, más tarde, recuerdas que nunca estuviste allí. Te ves reflejado. Nada más. Sin saber porqué.
Mientras lees, reflexionas llegando a la misma conclusión cada día, que si lo que cuento es verdad no te interesa y sientes pudor porque leer esto es lo mismo que mirar por el ojo de una cerradura. De la mía. Dibujas escenarios que sólo tú conoces creyendo que el autor pensó en ellos para hacer vivir a sus personajes. ¿Son personajes? ¿Es Guzmán el niño que represento en los textos? No lo sabes aunque alguna vez te lo preguntas. Y lo haces pensando en el fastidio que supone hacer algo tuyo sabiendo que es de otro. Mío.
Un gesto mecánico te coloca frente a unas líneas. Casi siempre a la misma hora. Más o menos. Miras el título y la imagen intentando adivinar lo que viene después. Lees despacio. Hubieras comentado lo dicho alguna vez aunque, no sabes si por un miedo absurdo o porque no tenías del todo claro lo que querías decir, no lo haces. Incluso lo tuviste escrito y no llegaste al final.
¿Qué buscas aquí? Entretenerme, piensas. Pero sabes que eso no es todo. Leer es un acto voluntario que lleva más allá. Lo que quieres es participar de un mundo ajeno en el que unas veces estás, otras no, en el que puedes intervenir porque eres dueño de hacer lo que quieras con él. Creer, pensar que es una idiotez, imaginar que existe tal y como lo dibujo o negarlo cuando deja de gustarte.
El texto se acaba. Hoy más que otras veces te sientes obligado a saber algo de ti. Es posible que seas un personaje más, tan real o tan falso como los que acostumbras a ver por aquí. Aunque sólo sea durante unos minutos te transformas en uno más, en ese que se sienta detrás de mí para poder mirar sin decir ni una palabra. El único que es fijo en cada texto. Y lo sabes.
El texto se acaba. Ahora es el momento de reflexionar.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


jul 14 2010

Intocable

El ser humano siempre ha querido parecerse a Dios. Sea lo que sea. Es decir, el hombre siempre deseó, por encima de todas las cosas, ser inmortal.
Nos gustaría que tiempo y espacio desaparecieran dejando crecer ese lugar al que nuestro alma regresara para volver a vivir. Una y otra vez. Una y otra vez. Necesitamos nuestro propio Oblivion ( Piazzola lo construyó de este modo tan magistral. Escuchen).


Quisiéramos que el amor entregado y recibido fuera eterno, que nuestros hijos volvieran a ser nuestros hijos después de muertos y en las mismas condiciones, poder rectificar nuestros errores para llegar a la perfección.
Queremos que Dios se convierta en reflejo de nuestra imagen; mendigamos que nos coloque a su lado imaginando que es verdad todo lo que nos han contado siendo niños. El Dios cristiano, Buda, el Sol, el dinero, cualquier forma o nombre que le demos es lo de menos. Por delante vamos nosotros corriendo como gacelas. Y todo vale.
Inmortalidad es dejar a los vivos llorándote, recordando sólo aquello que son capaces de manejar en el recuerdo sin volverse locos, una parte del que falta que distorsiona la realidad que representó y que atrasa unos pasos de la valiosa condición (de la inmortalidad) al que llora amargamente las pocas posibilidades de que todo sea cierto. Inmortalidad es ser joven aunque mueras porque nada puede dañarte. Ni siquiera la muerte. Eso queda para los viejos.
Es dejar parte de ti para que cuando regreses puedas reconocerte en el objeto. Un libro, un lienzo. Siempre pensando en la vuelta. En Oblivion.
¿No será al contrario? La inmortalidad no tiene que ver con la muerte sino con la vida. Eso que ya nadie puede tocar. Eres y nada puede impedirlo. No somos una fantasía. Oblivion sí. Hermosa mentira aunque irreal.


may 16 2010

Los olores de Greta Y.

(Del diario de Greta Y.)

25 de septiembre de 1962

Escribo este diario para que todo el mundo sepa. Me llamo Greta, soy enfermera y tengo treinta años. Cuido de este hombre desde hace seis. El diagnóstico es rotundo. Coma cerebral irreversible. Ni siente ni padece. Eso dice el informe médico que está guardado en la mesilla de noche. Al principio, su familia probó todo lo que estaba a mano. Poco a poco, se dejaron llevar por la desesperación. Y, cuando el dinero no llegaba para más ni las fuerzas eran suficientes, me llamaron para que le cuidase hasta el momento de su muerte. Seis años. Siempre creen que ese día será el último, se agarran a eso de que para estar así mejor morirse. Lo que no saben es que todo es distinto a lo que ven.

De niña, me enseñaron algo sencillo y que cualquiera puede comprobar. El olor es lo que las personas mejor recordamos. Si nos pasa algo y, en ese momento, huele a perfume, a sudor o a chimenea, cada vez que pensemos en ello podremos oler ese perfume, ese sudor o esa chimenea. No invento nada. Le pasa a todo el mundo. Cada cosa desprende un aroma. Sea cual sea. Incluso las ideas tienen su propio olor. Dios desprende un fuerte olor a hielo que te traspasa con el dolor de los cuchillos, con insistencia. El odio suelta un tufo asqueroso, como el del cieno, aunque, a veces, cuando eres tú el que odias huele a cera quemada. La cera que se va quedando seca sobre ti, anquilosando. La inteligencia a viento, la tristeza a trueno, el calor a trigo. Todo huele.

Cuido de él desde hace seis años. No ha muerto porque aunque no se mueve, aunque las pruebas dicen que su actividad cerebral es nula, puede oler. Lo sé porque cuando recibe el estímulo mueve ligeramente un dedo. El índice de la mano derecha. Apenas se nota. La primera vez que lo vi, creí que eran cosas mías. Pero lo comprobé una y otra vez para estar segura. No se lo he dicho a nadie. Podrían comenzar con las pruebas de nuevo. Y, además, necesito trabajar.

Meto en frascos las cosas que se me ocurren. Un poco de arena para que vaya al parque; en primavera un puñado de polen; recojo aire de la ciudad para que pueda dar un paseo; queso, mantequilla o embutido para que le sepa a algo la alimentación que le proporcionamos a través de la vía. Y mueve su dedo, cada día lo hace e intuyo que es feliz.

Lo único que no he traído nunca más son unas gotas del perfume que encontré en su cuarto de baño. Nadie sabe a quién perteneció. Era un perfume de mujer. Había un frasco, pero no había ni rastro de ella. Ese día movió el dedo con tristeza, con la cadencia de la ausencia. No quiero que sufra, así que no he repetido. El olor de la ausencia es el peor de todos, el que hace más daño.

6 de mayo de 1966

Huele a muerto. Está vivo aunque huele a muerto. El que ha estado cerca de uno sabe que no se puede olvidar. Solo queda esperar. Es un hedor insoportable.

(Extracto del atestado de la policía judicial)

El cadáver fue encontrado por la hermana del propietario del piso, enfermo crónico que se encuentra en estado de coma cerebral desde hace más de diez años. La mujer no mostraba signos de violencia. Entre sus objetos personales se encontraron un pañuelo, un lápiz de labios, un par de tarros vacíos con etiquetas que decían “primavera” y “tormenta”, así como un diario que no parece tener la menor importancia para el juez que instruye el caso.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 3 2007

Sartre 0 – Zidane 7

Cuando alguien se atreve a decir que se gusta, que cree ser una persona que hace las cosas bien, que sabe de tal o cual cosa, que se siente satisfecho con lo que hace o dice, cuando alguien es capaz de manifestar algo parecido a eso, digo, se le pueden echar encima un millón de personas tachándole de pedante, de estúpido o, lo que es lo mismo, de gilipollas. Pasa todos los días.
Sin embargo, cuando alguien dice lo contrario, cuando vemos que el de enfrente se compadece de sí mismo, cree no saber de nada, se siente tonto sin remedio o cree ser la persona más fea, gorda y aburrida del universo, nadie salta sobre él o ella. No. Anotamos en la libreta que ya hay uno menos. Eso sí se perdona.
Y me pregunto el porqué. Es algo que no termino de entender.
¿Por qué no se puede ser brillante? ¿Se trata de ser igual de idiota que el de la derecha e igual de aburrido que el de la izquierda? Debe ser eso.
Creo yo que la diferencia entre pedante y sabio o intelectual o como quiera que se llame, se ha reducido a un absurdo. Si apareces en cualquier cadena de televisión y dices ser el sujeto que más conoce, por ejemplo, lo que sucede en las fiestas sociales, ya mereces un respeto. Si dices entender de literatura da igual porque no lo ve nadie (tu madre y tus amigos no cuentan; a los efectos son nadie). Pero si tu fama se reduce a ser el primero de la clase o a ser el vecino que muestra algún tipo de interés por las manifestaciones artísticas, estás perdido. Seas o no un gran entendido en la pintura cubista o experto en música barroca. Mejor cerrar la boquita y parecer mucho más tonto de lo que eres. Eso si quieres tener amigos con los que salir los viernes por la noche. Alguien ha decidido que se es listo en silencio salvo que seas un pintamonas que dice cualquier idiotez en los programas de televisión. Nombrar lo que otros desconocen y por lo que se sienten incómodos es un gran error.
¿Envidia? Creo que sí. La peor de las cualidades.
Pero, como de costumbre, no hay problema. Siempre se puede alardear de conocer perfectamente la disposición en el campo de un equipo de fútbol. Les recomiendo que hablen mucho del cuatro, cuatro, dos o del cinco, tres, dos. Teniendo cuidado de que sumen once con el portero es suficiente. A nadie le importará que sepa esas cosas. Nadie dirá que va usted de guay. Eso sí, la música clásica ni mencionarla. Ni a Sartre, Faulkner o Vallejo. Y si habla de usted limítese a sonreír, criticar un poquito al que destaca y pagar una ronda de cervezas. Que eso queda la mar de bien y evita ser el siguiente en la lista cuando se vaya a casa.


may 2 2007

¿Para qué leer la prensa?

Acabo de descubrir que no es necesario leer la prensa para saber algunas cosas.
Por ejemplo, cuál es el precio más elevado entre los frutos secos. Es fácil. Comprando una bolsa en la que el fabricante envasó almendras, habas secas, garbanzos secos, avellanas, cacahuetes y pistachos, podemos calcular con un margen de error muy pequeño las diferencias entre los valores de compra. Se abre la bolsa y se introduce la mano con delicadeza para no destrozarla y evitar que el suelo se ponga perdido de pequeños trozos de producto que te endilgan como si tal cosa. Al azar se coge un puñadito. Se deja sobre un plato y se procede a la clasificación por formas para su posterior recuento. Una almendra, un pistacho, una avellana (todo esto con algo de fortuna), tres cacahuetes, quince garbanzos y una cantidad enorme de habas hechas añicos. Para verificar el resultado se puede repetir la prueba. Otro puñadito. Una avellana, dos cacahuetes, seis millones de garbanzos y gran cantidad de polvo con aspecto de haba machacada. Como ven es algo muy sencillo.
Si quisiéramos saber qué clase de producto ha sido menos vendido durante la última quincena lo tendríamos chupado. Haciendo la compra con normalidad, paseando entre los lineales, agarrando cualquier cosa que tenga encima un cartelito anunciando el chollo de la semana, podremos llevar a casa (sin saber porqué) una serie de productos para consumir sin ton ni son. Un ejemplo. Nos damos de bruces contra una pila improbable en cualquier otro lugar del mundo de, digamos, postres lácteos. Enloquecemos momentáneamente y llenamos un carro de natillas, flanes y copas de chocolate. Al llegar a casa comprobamos con cierta consternación que caducan a los veinte minutos y nos comemos lo que podemos ese mismo día. Arriesgamos durante un par de días más (oliendo antes de comer, por si las moscas) con el resto de envases ya caducados. Efectivamente, al comprar ahorramos cerca de dos euros. Y, efectivamente, al tirar los productos que ya tienen un color/olor sospechosos, encarecemos la compra mensual en quince euros con cuarenta céntimos. Menudo chollo. Pues bien. Esas son las referencias que menos tirón tuvieron durante el mes en curso.
Es muy fácil saber qué sucede en el mercado, cómo fluctúa. Y leer la prensa un aburrimiento cuando podemos experimentar de esta forma tan divertida.
Una cosa más. Si quiere saber cómo va el mercado bursátil no lea cientos de páginas para estar al día. Fíjese en el pesado que le ha recomendado comprar acciones de no sé qué empresa. Si deja de hacerlo, si no quiere hablar de sus negocios, es que la bolsa se desmorona. Una bendición eso de las caídas en picado de las acciones. Se ahorra uno un montón de minutos de tostón.


may 1 2007

El día de la falta de vergüenza

Creo que hoy es el Día del Trabajo. Creo que se celebra en todo el mundo algo así como que el ser humano tiene derecho a trabajar en condiciones dignas, que tiene derecho a recibir una cantidad justa por lo que hace, que, simplemente, tiene derecho a vivir. Y lo celebramos quedándonos en casita, de fiesta. Como si todo el mundo tuviera trabajo, viviera dignamente o no hubiera niños fabricando prendas deportivas por las que somos capaces de pagar un dineral habiendo cobrado ellos cada día lo que dejamos de propina en el bar después de tomar un café. Muy pocos son los que salen a la calle con una pancarta creyendo lo que gritan (por fortuna aún quedan algunos) y menos los que lo hacen (manifestarse con pancarta y todo) sin pensar en seguir liberados de su trabajo en la empresa gracias a su labor sindical. Me gusta poco la gentuza que tras la mesa de un despacho se dedica a explotar a otros aunque me gusta menos la gentuza que con una banderita en la mano dice defender no sé que derechos y que, en realidad, dedica el tiempo a sí mismo, a no trabajar para poder manifestarse el primero de mayo de cada año. Tal y como están las cosas preferiría estar en casa celebrando el día de la marmota o algo así.
El trabajo dignifica al hombre. Eso dicen. Y estoy bastante de acuerdo. Pero ¿qué es el trabajo? ¿Levantarse cada mañana pensando en tener mucho más dinero para comprar otro pisito en el centro y alquilarlo a un pobrecito que se levanta cada mañana pensando en tener mucho más dinero y poder comprar un pisito en la periferia? ¿Vestir a nuestros hijos con ropita llena de etiquetas que les señale como privilegiados? ¿Producir para que los políticos hablen del producto interior bruto (algo que sólo saben ellos qué significa)y ganen las siguientes elecciones cuando una barra de pan cuesta veinte veces más que hace seis o siete años? Entonces ¿trabajar es poder gastar mucho más? Somos tan esclavos como los niños asiáticos que se dejan la vista y buena parte de su vida cosiendo balones de fútbol. La diferencia es que aquí, en Occidente, hemos aprendido que tener mucho más es nuestra salvación y allí, donde se mueren del asco, han aprendido que tener algo por poco que sea es la suya, su salvación. Menuda mierda esto del Día del Trabajo.
Y digo todo esto con un recibo de mi hipoteca sobre el escritorio, un coche cojonudo en la puerta de casa, a mis hijos muy limpitos agarrando el mando de una consola que cuesta lo mismo que una pequeña casa en el sur de India y la cazuela echando humo que huele a progreso y bienestar. Hoy es el Día de la falta de vergüenza. Menuda mierda de fiesta.
El mundo se desmorona, las empresas están llenas de tontos de baba que presumen de hacer algo por impedir un desastre cuando lo que hacen es pensar en su cuenta bancaria, en que les doren la píldora, en lo mucho que se aburren en su casa con su mujer. Mejor trabajar, que eso dignifica al ser humano. Si pensamos que los que llegan en pateras es mejor que mueran por el camino, si no queremos ver un sujeto con la piel más oscura que la nuestra a menos de diez o doce mil metros, si negamos parte de lo nuestro a otros, eso da igual. Lo que hay que hacer es trabajar para dignificarnos como personas. O no trabajar para que el primero de mayo nos podamos manifestar mientras tomamos una cerveza con nuestros camaradas. Menuda mierda. El trabajo nos hace importantes y algo más libres. Pero nunca si lo convertimos en una basura.