ago 25 2011

Inmigrantes

Son muchas las voces que se escuchan clamando por una regulación más estricta de la inmigración. Son muchos los que culpan a los inmigrantes de ser una lacra insoportable para la economía, una molestia continua en los barrios comparándolos con una especie de plaga arrasadora, la causa de una bajada insólita en los niveles educativos nacionales porque el suyo (su nivel) obliga a un desarrollo más lento y menos eficaz en las aulas. Son muchos los que dicen que los inmigrantes deberían regresar a sus países lo antes posible.
No hemos convertido en un país receptor de personas que quieren mejorar su calidad de vida. No hace mucho éramos nosotros, los españolitos, los que viajábamos a países más avanzados para encontrar empleo y enviar algo de dinero a casa. Pero, ahora, somos un país de señoritos. Todos hemos estudiado, todos creemos estar por encima de los que son más pobres o menos letrados. Si salimos de España es para pasar unos días en un lugar maravilloso o para trabajar en una multinacional de renombre. Somos la élite de los emigrantes. Menuda cosa, qué éxito tan abrumador. Y, como somos lo más de lo más, hemos dejado de recoger cebollas, patatas o aceitunas; hemos dejado de colocar ladrillos al sol porque eso es cosa de pobrecitos. Eso sí, tampoco queremos que otros lo hagan por nosotros. Somos los más tontos entre los listos. Una jauría inmensa de perros de hortelano. Una sociedad perversa y decadente que mira por encima del hombro a los que vienen de lejos porque nos parecen delincuentes, malvados, más bajitos, más feos, sucios, gritones y no sé qué cosas más. Somos unos señoritos de pacotilla que utilizamos a los más necesitados mientras que las cosas van bien y cuando las vacas adelgazan queremos que salgan pitando porque nos gastamos una pasta en subsidios sociales. Qué listos somos. Claro, es que hemos estudiado.
Siempre pienso en cómo deben vivir algunas personas para arriesgar la vida en una patera. Me pregunto cómo debe ser el día a día del que deja a su familia a cambio de un trabajo demoledor para poder enviar unos euros cada semana. Pienso sobre cómo se siente alguien en país extraño, con la mirada baja sabiendo que le observan como si fuera una mula de carga. Me parece injusto, irracional y una majadería que nadie sea capaz de despreciar a otro por ser de fuera, por venir a realizar el trabajo que nadie quiere hacer.
Si alguien piensa que estamos en esta situación de crisis a causa de los inmigrantes que se vaya quitando la idea de la cabeza. Estamos aquí porque hemos despilfarrado a manos llenas, porque unos pocos roban a diario y nadie hace nada por evitarlo, porque el mundo que hemos construido es injusto y cruel con muchas personas que pasan las de Caín para poder alimentar a sus hijos, porque nos hemos dejado criar por el dinero.
Los inmigrantes no son una turba. Son trabajadores que quieren ganarse la vida como mejor pueden. La gran mayoría de ellos son honrados. Como los de aquí, los señoritos. Casi todos somos currantes y honestos. Los malos, los de allí y los de aquí, poco tienen que ver con este problema. Ellos son en sí mismos una crisis. Los banqueros y los rateros. No confundamos recoger cebollas o levantar paredes con robarlas o quedárselas en propiedad aprovechando la desgracia ajena.


jun 9 2007

Algo ajeno

En la vida todo tiene un porqué. Eso lo sabe cualquiera. Encontrar las razones por las que pasa esto o aquello es lo difícil. Generalmente las tenemos delante de nuestras propias narices y no somos capaces de percibirlas. Por no querer, por miedo o por torpeza.
Aún me pregunto por qué me dejó de hablar aquel tipo. Me lo he preguntado muchas veces y me he encontrado con razones tan estúpidas que he preferido no creer en ellas. Se han ido sumando algunas más. Las que llegan de fuera, las que no hubiera conocido nunca sin que me las hubiera comentado un tercero. Si ordenara un poco la información seguro que terminaría topando con esa última razón que todo lo explica, pero prefiero seguir pensando que no existe ninguna que lo justifique. Y lo prefiero porque soy de los que piensa que el tiempo lo ordena todo. Me dicen que le va bien, que pregunta alguna vez por mí, que no guarda rencor a nadie. A mí también me va muy bien, nunca pregunto por él y sigo pensando que es mejor no darle la mano para ir dos metros más allá. Me parece indecente adornar ese tipo de cosas. La persona que no es capaz de mirar a la cara para solucionar un problema me sobra. Si el tiempo lo quiere me colocará en otro lugar. Y a él.
Muchos son los que han ido quedando en el camino. De algunos no recuerdo ni siquiera el nombre. De otros prefiero no recordar nada. Y todos llevan pegados un porqué. Supongo que también yo tendré una buena cantidad de ellos repartidos por el pasado. Preguntas sin resolver, sin solución o sin formular. El recuerdo que queremos ocultar con un presente que sí podemos ir adornando para que lo que queda parezca otra cosa.
Está lloviendo. Una pequeña tormenta. La ventana entreabierta. Saldrá el sol en cualquier momento y el suelo brillará durante un rato. Suena ”A sleepin´ bee”.
Por algo será.