mar 17 2010

Peligro: se escribe

Llega la primavera. Y, con ella, mi alergia. Ya están aquí.
Cojo un vaso. Me fatigo. Voy a la nevera. Me fatigo. Un asco. Nunca en mi vida había tomado medicinas para sobrellevar algo tan incómodo. Esta vez, sí. En dos días me ha dejado (la alergia) completamente destruido. Hay cosas que no perdonan, que no saben hacerlo.
Entre estornudo y estornudo, entre picor de nariz y carraspeo de garganta, entre lágrima (sin emoción alguna, llena de polen) y un movimiento cansado, leo un ensayo de Baricco. Los bárbaros. No es nada del otro mundo, pero me entretiene lo suficiente. Ligero, muy adecuado para el trasporte urbano o para un jovencito que quiere descubrir el mundo o para alguien con una alergia asesina sobre él.
Baricco es un autor engañoso. Muy maltratado a veces. Parece que lo que escribe (me refiero a la narrativa) es facilón, carente de una calidad definitiva que algunos enseñan dictando la primera frase aunque creo –de verdad lo creo- que no es así. Ni mucho menos. Detrás esa literatura tan aparentemente ligera quedan cosas sin decir aunque están; sus libros son, técnicamente, exquisitos (alguien con ganas de aprender el oficio debe echar un vistazo a novelas de ese estilo). Podría parecer que la literatura de Baricco es la oficial de peluquerías y talleres literarios baratuchos, podría parecer un autor menor dedicado a los best sellers apañados. Sí podría parecerlo. Y ver así lo que escribe sería una injusticia colosal.
Trabaja con un vocabulario muy reducido y, al mismo tiempo, muy contenido; evita las imágenes salvo que sean estrictamente necesarias, huye de los recursos estilísticos que en otras novelas aparecen tras el escaparate de la horterada (un recurso utilizado sin ton ni son es lo más penoso que se me ocurre si hablamos de literatura). Y esto no es otra cosa que narrar lo complejo de forma fácil. Muy distinto a escribir de forma facilota y ventajista. Es más, conseguirlo es muy costoso.
Me agrada leer a Baricco por muchas razones. Sobre todo por su honestidad al escribir. Ni quiere parecer lo que no es ni lo pretende. Sabe cuál es su sitio y se encuentra muy a gusto en él. Creo yo que le encanta.
Estornudo, toso, me agoto. Escribo sin ganas, dejo de hacerlo del mismo modo. La primavera llega. La alergia. No perdonan. Como tampoco lo hacen con Baricco (algunos). Ya se sabe que el gran mal del escritor actual es la envidia insana. Si ve algo que funciona arremete con intención de derribarlo, aludiendo a que él sería capaz de hacerlo mucho mejor, que todo es una injusticia, un gran error. Arremete en nombre de los grandes de todos los tiempos aunque no escriba ni postales (este se suele dedicar a la crítica literaria siendo joven y luego escribe cualquier cosita y pasa al grupo anterior). Ni un minuto para escribir. Todo el tiempo del mundo para envidiar destruyendo. Es esto de escribir una profesión que alguien sensato debería declarar de alto riesgo. Entre los destructores y los advenedizos y los escritores que no escriben y los que dicen que son escritores sin serlo, esto se ha convertido en un lugar insoportable.
Voy a seguir estornudando. Un rato nada más. Hoy toca descansar pronto.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano