La vida hiere. A veces los rasguños aparecen repartidos por aquí o por allí. Otras, los cortes dejan cicatrices que se pueden disimular con lo que vamos encontrando en el camino. Un nuevo amigo, el niño que crece, el mal ajeno u otra lesión mucho más grave. Con lo que sea preciso. Algunas sangran por siempre jamás. Pero recogemos la sangre y nos la volvemos a tragar. Hay que sobrevivir.
Dos son los daños irreparables. El que deja el paso del tiempo. El que se marca con una palabra. Es como si tiempo y lenguaje dejaran sus crías en cada poro convirtiéndolos en cráteres yermos.
Cada segundo nos arranca la posibilidad de haber sido, de haber podido. Siempre perdemos una oportunidad, siempre nos arrepentimos de no llegar a tiempo para agarrarnos a lo que deseamos un instante antes. Y la arena que cae de desde arriba forma una duna que termina por sepultarnos. Eso es la muerte. No que el tiempo se acabe sino que el tiempo se pierda.
Y, mientras, vamos acumulando las palabras en el pensamiento. Siempre nuevas por muchas veces que fueran escuchadas antes. En lugar preferente las que arrasaron con todo. Aplastadas por las demás, esas que una vez escuchamos sonriendo, pero que olvidamos en algún lugar o se las llevó quién las pronunció. Sabía que era lo peor que podía hacer contigo.
Ensangrentados, tapándonos las heridas. Así vivimos. Lanzando navajazos protectores tan lentos como un aullido. Inútiles.
Me irrita pensar que la gente me detesta por gordo, por mi forma de sudar, por cómo separo las piernas cuando camino, por ocupar dos asientos en el autobús. Me enfada porque, si tuviera que odiar a alguien como yo, lo haría por ser tan flojo, por vago y parásito. Pero no, la gente se dedica a tomar productos que saben a pastilla de leche de burra y mirar a los gordos como si fuéramos los que les fastidia la vida. Ser gordo es imperdonable. Morir de hambre para lucir un tipo de espárrago es un problema social enorme. Ser vago es una gracia. ¿Quién no tiene un hijo vago, un chaval que no estudia porque no le sale de las narices? Eso es normal, lo da la vida. Pero ser gordo es asqueroso. ¿Alguien se fija en un gordo en la fiesta de nochevieja? Para los gordos están las gordas o los que ya perdieron el último vagón de pasajeros y tienen que subir al primer mercancías que aparece.
Era un niño cuando mis compañeros me sacaron al patio, me robaron el bocadillo y me obligaron a correr por el patio como si fuera una gallina sin cabeza. No querían gordos en el equipo. “Corre, gordo, quiero verte con veinte kilos menos la semana que viene” decía aquel rubito con patas de alambre. Corrí lo que pude hasta que ya no di más de sí. Me rodearon, me insultaron. Uno tiró de los pantalones hasta bajármelos a la altura de las rodillas. Yo intentaba taparme como podía. “Cerdo, San Martín está a la vuelta de la esquina. Te vamos a convertir en morcillas”. Ni siquiera pude gritar. Estaba aterrado. Siempre fue así. Me han despreciado por ser gordo. Sin embargo ahora disfruto sabiendo que buena parte de sus nóminas va a parar a mi camita de hospital. El gordo asqueroso vive de su trabajo.
- Ya tenemos los resultados. Hoy no te ingresamos. Tus niveles de azúcar son normales, el colesterol y los triglicéridos también.
- Entonces ¿qué me pasa? ¿Por qué me siento así?
- Por la acetona. Cuando los niveles se elevan provocan esa sensación. Es lo que tiene esto de adelgazar diez quilitos en una semana.
El médico me ha dado un par de golpecitos en el hombro, sonriendo, como diciendo que soy un buen chico. Y antes de salir al pasillo me ha dicho que espera verme pronto por allí para que me pueda controlar la bajada de peso.
Es imposible. Estoy adelgazando. Mi vida se hace añicos.
El calor hace que la gente se tire por la ventana, se vuele la tapa de los sesos o se coma una cantidad improbable de pastillas de diferentes colores. Todo depende de lo que guste el espectáculo. Los hay que prefieren montar un numerito incluso cuando no van a saber el efecto que va a producir. Si hace frío la gente siente menos la necesidad de ser honestos consigo mismos y dejan pasar el tiempo mientras piensan en cómo quitarse la vida. Debe ser que el letargo es algo mucho más universal de lo que creemos.
Yo no. Yo en verano me dedico a disfrutar de los días entre las sábanas mojadas de sudor, del hedor que desprendo porque siempre me ha gustado oler a hombre. Me gusta escuchar discutir a los vecinos por cualquier idiotez, comprobar como su matrimonio se deshace según pasan los días en los que falta el oxígeno. Suelo escuchar la música más alta de lo habitual. Se desesperan y terminan haciendo pagar el pato a los niños. Eso si tienen críos en casa. Si no, es la mujer la que termina con la cara roja. El barrio es así. Aquí todo acaba de la misma forma. Guantazos por aquí, una patada por allí, gritos, amenazas. Por eso me gusta escuchar la música a deshoras y muy alta. Es divertido. Yo estoy a salvo.
Me siento feliz. Quizás sea uno de los tipos más felices que existan. A veces un poco solo, a veces un poco desubicado, pero siempre esperando la gran oportunidad, ese momento en el que la fortuna me sonreirá para que deje de ser un parado feliz. Me encanta pensar que alguna vez seré un vago millonario.
Una sola vez me sentí desdichado. Triste alguna vez más. Al fin y al cabo eran mis padres los que murieron en aquel accidente. También me sentí algo triste el día que me echaron de casa por no pagar al casero. Era avaro, muy avaro. Nunca perdonaba a un inquilino que no pagara doce meses seguidos. Y cuando veo en la televisión sufrir a los niños chicos. Eso me pone tristón. Desdichado una sola vez. Nunca entenderé el porqué de aquello. La respeté cada día, no dejé que nada malo le sucediera, incluso renuncié a merendar alguna vez por ver cómo salía de la panadería. Vestía muy bien, con elegancia. Ese último día llevaba puesto un vestido estampado y unas sandalias de cuero negro. Al acercarse y decirme que no quería verme un día más, cuando el que decía ser su novio me sacudió ese puñetazo en la nariz, ese día, ni antes ni después, se me vino el mundo encima.
Lo superé pronto. Y era verano. Ni me tiré por la ventana ni nada de eso. La honestidad de otros es idiota. La mía tiene que ver con el placer de seguir adelante sin dar ni golpe. Sé que aún hoy se estará arrepintiendo de lo que hizo.
En la radio han dicho que ayer fue el día que más gente se ha suicidado en lo que llevamos de año. Doce personas.
Hoy tengo que ir al hospital. El azúcar se me ha disparado. Nunca confieso que sigo comiendo dulces cuando me da la gana, que el régimen no sé ni como es, que las pastillas ni las cato. Así voy al hospital cada mes y me ingresan. Otro mes viviendo del cuento. Si al regresar sigo teniendo casa me vuelvo a meter. Aunque los caseros no perdonan y aprovechan para sacar lo poco que tengo a la calle, pintan la casa y meten a cualquiera en mi lugar. Y no pasa nada. Sigo siendo feliz con lo que tengo.
Cuando llegue me dirá la enfermera que esto no es normal, que si quiero quedarme tieso en cualquier esquina, llamará al doctor. “Está aquí Garfio. Record del mundo en azúcar, colesterol, triglicéridos. Tensión de locos. ¿Le ingreso?”
Me encanta la vida, la música, escuchar los golpes que se dan unos a otros. Sin ello sería infeliz.
Las imágenes y archivos de audio y vídeo que aparecen en este blog han sido incluidos en él por motivos ilustrativos o didácticos, sin ánimo de lucro, bajo el término del uso razonable.