jun 15 2010

Evolución natural

Día 1.

– ¿Te puedo hacer una pregunta?
– Claro que sí.
– ¿Qué coño haces tú viviendo en mi casa? No entiendo nada, de verdad. Ni te quiero, ni te necesito, ni se me ocurre una sola razón por la que tenga que soportarte.
– Hace unos días no decías esto. Todo lo contrario. Y vivo aquí porque me lo pediste.
Es que hace unos días tenía la autoestima por los suelos y las hormonas por las nubes. Y, además, me fiaba de ti.
– No me puedo creer lo que estoy escuchando. ¿Crees que soy un muñeco o algo así?
No, no, en absoluto. Lo que creo es que eres un imbécil. Ni más ni menos.
Se levanta y va hasta la habitación. Coge el papel doblado que hay sobre la mesilla de noche. Regresa. Se lo entrega. Él mira sin decir una sola palabra.
– Ves como eres un imbécil. No, no intentes explicarme algo así. Se lo explicas a ella y, ahora, te vas a la mierda. No olvides el cepillo de dientes.

Día 2.

Ha pasado toda la noche en vela. Los mensajes que ha recibido los borra sin leer. Mueve la cucharilla. El café es oscuro. Quizás demasiado cargado. Llaman a la puerta. No se mueve. Agarra la taza con las dos manos y sorbe pequeños tragos. Insisten. Cuando escucha los pasos alejándose por la escalera, se seca las mejillas con la servilleta de papel.

Día 39.

Abre los ojos. La espalda del hombre impide que vea otra cosa. Comienza a contar lunares. Son muchos y se pierde. Mejor una fotografía y ya comparará. Seguro que esto será otra cosa, susurra. Se da la vuelta. Mira la mesilla. No hay ningún papel. Intenta no moverse para escuchar. Cree oír unos pasos que se alejan por la escalera, pero hace un gesto como queriendo decir que son imaginaciones suyas.


ene 31 2010

Nombres (13)

Guzmán
Levanta las cejas. Apretando los labios, abriendo ligeramente los ojos. Un movimiento rápido. Sencillo. Algo ha descolocado un orden que él reconstruye en ese instante. Porque sabe que eso, el orden, es lo que uno puede imaginar.
Mientras, millones de personas corren en dirección al sonido que una vida mentirosa obliga. Él aguarda a que regresen llenos de polvo, sudorosos. Con las manos vacías. Se sienta frente a su cuaderno de piel negra. Papel rayado. Escribe. La letra pulcra, acompasa el ritmo de la respiración con el movimiento de la muñeca. Duda un instante. Es entonces, como cada vez que eso ocurre, cuando alarga la mano izquierda para acariciar un libro heredado mucho tiempo atrás. Le tranquiliza. El tacto le hace recordar que, si hace las cosas convencido de que así han de ser, todo está en su sitio. No hay otro camino posible, piensa. Continúa con la escritura. Millones de manos vacías podrán agarrar algo para no caer más. Un orden construido en soledad mientras corren hacia el sonido que produce una mentira enorme, sigue pensando hasta que levanta la mano y sujeta el cuaderno.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 31 2010

Nombres (12)

Gustavo

En el bar apenas hay clientes. Toman café. Charla tranquilamente con su buen amigo. Otra taza.
– Y tú ¿tienes algo de lo que arrepentirte?
– Jamás me arrepentiría de nada. Lo hecho, hecho está. Vaya, he tirado todo el azúcar. ¿Me pasas otro sobre?
– Te envidio, de verdad. Me gustaría mucho ser así, dice mientras observa el temblor en la mano. Agarra el asa de la taza. Antes de llevársela a la boca, levanta la vista moviendo los ojos. Sólo los ojos. No dice nada mientras comprueba que ese gesto es nuevo para él.
Se despide. Toma el autobús. Hace el trayecto de pie apoyando la espalda en la ventanilla de emergencia.
Abre la puerta de casa. Al cerrar se queda inmóvil. Las llaves en la mano, respirando con la boca entreabierta, mirando al frente. No le gusta su casa. Todos los recuerdos que rezuman las paredes le parecen odiosos. Nunca debió dejar que eso ocurriera, piensa. Gira de modo imperceptible la cabeza para escuchar un sonido inventado. Un saludo. Cualquier cosa. Cierra los ojos. No puede más. Se arrodilla apoyando las nalgas en los pies, las manos en los muslos. Comienza a reír. Hay que joderse, cómo nadie quisiera ser así, cómo nadie puede envidiar esto. Hay que joderse.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 4 2010

Madurar

Fue cuando tenía siete años. Un vecino me lo dijo. Los Reyes Magos de Oriente desaparecieron del mapa para siempre. Todo se convirtió en lo que ahora es. Lo real. Fue como recibir un gancho en el hígado. Pero un crío con siete años tiene capacidad suficiente para convertir una gran decepción en una gran ventaja frente a los adultos. Fingir aquí y allí, poner cara de no saber nada de nada, disfrutar de unos mayores empeñados en hacerte feliz a base de regalos. Fue fácil superar aquello.
Durante algunos años pensé que los Reyes Magos habían desaparecido para siempre sin saber que la vida está llena de ellos que terminan, como los “auténticos”, siendo un engaño terrible.
Las decepciones, cuanto más inesperadas, más se parecen a aquel primer descubrimiento de la mentira. A esto se le llama perder la inocencia, o hacerse mayor, o cagarla. Incluso algunos lo llaman madurar.
La vida está llena de baches que la convierten en una especie de carrera de locos en la que puedes encontrar a Pierre Nodoyuna y su lindo pulgoso, Pedro bello, Penélope glamour, tú mismo convertido en el villano que deja pedruscos en el camino o un buen montón de TNT marca Acme. Madurar es descubrir que tu padre no es ese héroe invencible ni tu madre la dama de las camelias, que el matrimonio es la más difícil de todas las pruebas posibles, que un amigo puede “hacer dedo” en la carretera y subir en el coche del enemigo para saludarte en la primera curva peligrosa con cara de angelito. Cada día descubres que no existen las hadas, ni sus majestades, ni Santa Claus. Ni tú mismo que acabas de echar a la cuneta a otro que te adelantaba por la derecha. Esto es más complicado de superar.
La buena noticia es que, con el paso del tiempo, aprendes que lo único importante es que los Reyes Magos que negaste son los que están en su sitio cada año, que dejan regalos debajo del árbol engalanado, rodeado de pares de zapatos brillantes, llueva, nieve o caiga la mundial. Es lo único verdadero porque es en lo único que creíste sin límites. Con toda la inocencia del mundo. Cuando tus padres eran invencibles y maravillosos. Cuando el universo se movía con tranquilidad para que cada cosa estuviera en el lugar justo.
Mañana dejaré los zapatos recién cepillados donde toca. Pensaré al acostarme que todo es verdad, pediré lo imposible por si las moscas. Una noche así puede ser mágica. Es la única del año en que la verdad se apodera del cosmos. Seré obediente desde la inocencia y me obligaré a dormir pronto para no ver a los magos. Total es un día de trescientos sesenta y cinco.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


sep 25 2009

Tirando muros

Art Tatum está considerado el pianista más influyente de la historia del jazz. Es posible que sea cierto aunque a mí me sigue gustando Bill Evans de forma especial. Ben Webster no está considerado el saxofonista más influyente del jazz. Es posible; es posible aunque a mí es el que más me gusta de todos. Incluyendo a Charly Parker. Escucho ahora My one and only love. Tatum y Webster juntos.
El Quijote de Cervantes es la novela que más ruido ha hecho durante toda la historia de la literatura. Sin duda. Pero prefiero a Chéjov, a Faulkner o a Vargas Llosa. Les siento más cercanos. Lo que tratan de expresar es lo que veo cada día. Pertenecen a mi mundo. O yo al de ellos. Depende de mi estado de ánimo.
Lo ajeno no suele gustar. La distancia hace incomprensible lo observado. Eso se rodea con cierta indiferencia llena de soberbia. Se procura olvidar, borrar de un recuerdo incómodo que nos hace pequeños ante lo que sabemos grande y no hemos sabido valorar. Porque llamamos ajeno a lo que no alcanzamos. Convertidos en galgos más lentos que el conejo que salta entre la retama terminamos negando para poder afirmar que somos, que el resto no sirve. Todo lo ajeno es estafa. Con un poco de suerte nos vemos persiguiendo de nuevo la presa, con un poco de suerte alguien nos indica un atajo por el que llegaremos al punto exacto en el que cobraremos la pieza. Y disfrutaremos más que nunca. Pero sin suerte llegaremos a creer que no merece la pena seguir persiguiendo, renunciaremos a eso que se convierte en obstáculo entre nuestra ignorancia y el saber.
Mis hijos solían protestar cuando, al entrar en el coche, descubrían horrorizados que sonaba alguna ópera. Hace algún tiempo decidí llevarme una copia de “Madama Butterfly”. Recordé que fue la primera ópera que escuché en casa y, por arte de magia, decidí comenzar a escuchar un tipo de música hasta ese momento odiada. Siguen con sus protestas. Prefieren escuchar otras cosas aunque desde ese día están aprendiendo a disfrutar con Puccini o Alban Berg. Tiempo al tiempo.
Los cambios nos provocan angustia, inseguridad. Lo incomprensible nos hace sentir más insignificantes de lo que somos. No nos deja ver más allá del ridículo que sentimos por ignorar. Y no somos capaces de ver que la única forma de avanzar es acercarse; de frente o por los costados, eso es igual; chocar contra un muro que termina desapareciendo si nos empeñamos en hacerlo añicos.
Tengo aprendido que los gustos personales sólo sirven para enterrar carencias. Y lo tengo aprendido porque descubrí hace mucho tiempo que esos gustos no son mostrencos, que lo ajeno se vuelve familiar en cuanto hacemos un esfuerzo, en cuanto nos dan las pistas necesarias para que no nos sintamos ridículos frente a mundos recién descubiertos.
Conocemos y evolucionamos. Y cuanto más lejos queda esa parte de la realidad que negamos miedosos más crecemos como individuos una vez que alcanzamos a tocar lo que negamos u odiamos por miedo a dejar de ser, por miedo a no ser capaces de ejercer nuestro poder en la pequeña parcela de nuestro cosmos. Es cuando descubrimos que siempre hay algo más allá, que los gustos se trasforman, que si no es así estamos muertos.
Sigo prefiriendo “La Galatea”. Mejor novela que “El Quijote”. Sigo escuchando con más agrado el piano de Evans que el de Tatum. Con Parker nunca disfruté tanto como con Webster. Sigo teniendo mis carencias al enfrentarme a los genios, mis complejos frente a lo grande. Quizás por ser consciente los estoy perdiendo poco a poco. Complejos y miserias. Quizás sé que estoy condenado a desdecirme pasado algún tiempo. Es posible que un buen día eso que no me termina de convencer se convierta en parte de mi realidad. O yo de la suya. Dependerá de mi estado de ánimo.