dic 26 2006

Pasar las de Abel

Abel era un buen chaval. Caín, por el contrario, debía ser un tipo de carácter difícil. Esto, dicho así, podría parecer una afirmación de carácter personal y, posiblemente, subjetiva. Pero no. Esto lo dijo el mismísimo Dios. Al menos eso cree buena parte de la humanidad. El caso es que Abel se dedicaba a llevar de un lado a otro a sus rebaños, a sacrificar el mejor de sus corderos cuando tocaba para ofrecérselo a un Dios silencioso (algo irritado con los padres de estos muchachos por liarse a mordiscos con una manzana), era paciente y tranquilo, asumía la palabra divina como obligación. Un buen chaval. Caín, por el contrario, siempre por el contrario, plantaba, construía cabañas en las que se quedaba a vivir, cazaba animales para comer (en la cabaña), era envidioso y no escuchaba la palabra de su Dios o si lo hacía le parecía una patraña. En realidad, lo que hacía Abel (el bueno de la historia) era seguir las instrucciones que recibieron sus padres antes de salir, con una mano delante y otra detrás, del paraíso. Habían convivido con Dios y cometieron un error. Tocaba buscarle sin cesar (buscar es lo que hacen los nómadas; buscan pasto, buscan agua, buscan el mejor clima; seña de identidad del pueblo judío desde que es eso, un pueblo identificable e identificado). Abel obedecía. Y Caín a lo suyo. Ni buscar, ni nada de nada. Dos formas de vida enfrentadas.Un buen día, por un quítame de aquí estas pajas, Caín le sacude con una quijada de asno a su hermano. En el cráneo y con bastante mala leche. Tanto es así que se lo carga. El sedentarismo acaba con el nomadismo. El hombre que se equivoca al interpretar la palabra de su Dios. Menudo desastre. Dios le pide explicaciones al homicida y este miente. Pío, pío que yo no he sido. Pero está hablando con el que todo lo sabe y no cuela, claro. En fin, que se le ponen feas las cosas y termina enfrentándose al resto de la humanidad con un estigma que le hará reconocible. De ahí viene eso de “pasar las de Caín”.Todo esto me hace pensar sobre la cantidad de hombres y mujeres como Caín que hay en el mundo. Y en los que son como Abel.El más Caín de los caines (creo que se llama Bush y es medio tonto, de eso estoy seguro) decide que eso de la moral, de la honradez o de la ética es cosa de película romántica. Promete un mundo cómodo en el que no hay nada que buscar porque él nos lo proporciona. Seguridad ante los señores con barba y turbante, dinero en la cuenta corriente, empresas maravillosas por las que tenemos que dejarnos los mejores años de nuestra vida a cambio de bienestar (¡qué mentirosos son los empresarios!) y una quijada de asno colectiva con la que arrear leñazos a los que viven al otro lado de la rayita que divide los colores del mapa. Y nos lo creemos, nos convertimos en caines enanos que se tragan lo que sea necesario. Los honrados acomodados. Los que no hace mucho éramos señalados despectivamente por ser burgueses, causantes de todo lo malo que pasa en este mundo. Con mucha razón. Todo hay que decirlo.En la esquina contraria el colosal pelotón de abeles. Bien. Con calzón negro y sin botas. Bien. Cientos de millones de seres humanos. Bien. Campeones del mundo en miseria. Bien. Buscadores de algo que ni siquiera saben lo que es. Bien. Se agarran a la religión porque es gratis. Bien. No han ganado un combate jamás. Bien. Dispuestos a recibir golpes de quijada sin rechistar. Bien.Qué velada tan patética.Usted que es un Caín más (no lo dude, tiene un ordenador delante y eso le convierte en ello directamente) y yo (otro Caín con acceso a Internet a través de línea adsl) deberíamos plantearnos todo esto. Jugar a las empresitas, mirar a los abeles que llegan en pateras como si viéramos un capítulo más del documental “Vida salvaje”, dedicarnos a mandar siendo unos provincianos que nunca pensamos en llegar hasta aquí, creer lo que nos dicen los políticos porque nos sentimos menos responsables ante tanta mierda o procurar joder al que tenemos por debajo, no nos lleva hasta el infinito y más allá. No, no, no. Nos hace mezquinos. El mundo es mucho peor gracias a lo que hacemos cada día. Mucho peor. Hemos decidido ser como Caín y ha sido una equivocación.Hagamos un esfuerzo, usted y yo. Ambos. Mañana pensaremos en la poca cosa en la que nos hemos convertido a cambio de unos euros. A ver si hay suerte y nos da por cambiar un poquito. Aunque sólo sea un poquito. Ánimo, mi querido Caín.
P.D.: Este es mi particular sermón navideño. Bien podría haber sido una homilía dictada en la misa del gallo. Pero no soy cura, soy escritor, y ya ven que mezclo relatos bíblicos con boxeo e, incluso, conmigo mismo. Imperdonable. Feliz navidad a todos.


sep 20 2006

Aquí y allí

Benedicto XVI ha metido la pata. Eso no puede discutirse. Tal y como están las cosas debería cuidar mucho más lo que dice cuando se trata de hacer referencia a otra religión que no sea la suya. Es decir, hay que ser prudente y valorar lo que puede llegar a un receptor u otro.
Creo que no se ha comprendido bien lo que dijo, porqué lo dijo y nadie valora el lugar dónde lo dijo. La cosa vista desde fuera puede parecer algo bien distinto a lo que es. Y ese, precisamente ese, es el problema. El Papa tiene que sopesar el efecto que sus palabras pueden provocar, sabiendo que nadie se hará preguntas. Si algo puede crear conflicto aunque quiera decirse lo contrario ha de ser eliminado del discurso. Esto mismo, desde luego, sirve para cualquier presidente de gobierno. No es exclusivo de los sacerdotes.
En cualquier caso, Benedicto XVI puede hacer referencia a un texto antiguo para defender que la imposición de una fe no es lícita y que el uso de la fuerza en asuntos que tienen que ver con la espiritualidad personal no se puede consentir. Entre otras cosas, eso es lo que trataba de defender. Del mismo modo, los líderes religiosos de otras confesiones pueden criticar unas palabras que, insisto, por prudencia no debieron decirse nunca. Después, uno presenta sus excusas y los otros las reciben. Se acabó el problema.
Y hasta aquí sería bueno que alcanzase la cosa. Ni un milímetro más allá.
Sin embargo, se queman imágenes del Papa, matan a una monja de cuatro balazos y la gente se arremolina queriendo ajustar las cuentas a otros. A veces pienso que alguien está esperando cualquier frase, cualquier gesto, para justificar situaciones políticas desastrosas a base de ir llenando la cabeza de la gente con ideas que poco tienen que ver con la religión. Con cualquiera de las que existen.
Llevo años, muchos años, soportando caras de asombro cuando confieso que soy cristiano, risas, frases ofensivas (no hace mucho en este blog alguien hacía un comentario absurdo y estúpido refiriéndose a mi condición de cristiano) y chistes de pésimo gusto. Es raro que me manifieste en público sobre todo esto y casi imposible que discuta con alguien sobre temas religiosos. Nadie parece comprender que un escritor sea cristiano y que, encima, lo diga. Y no ha pasado nunca nada. Ni he montado en cólera, ni me he liado a guantazos con el gracioso de turno.
Creo conocer bien el Corán. La violencia que podría justificarse con lo que dice ese libro sagrado no es mayor que la del Antiguo Testamento. Y no me extraña que los practicantes musulmanes se enfaden cuando escuchan la cantidad de tonterías que se dicen sobre su religión. No me extraña. Aunque deberían saber que sobre la religión católica se dicen el mismo número de estupideces. Creo que fue ayer cuando leí un artículo de opinión en un diario que venía a decir que el Papa es infalible en cuestiones de fe y doctrina para los cristianos y que menudo papelón había hecho el bueno de Benedicto XVI al decir lo que dijo, que se había equivocado a la primera. Esto demuestra que el articulista no sabe ni lo que dice, ni lo que representa la infalibilidad del Papa (no tiene que ver con la divinidad sino con el hombre imperfecto). Por supuesto, el sujeto no ha leído el discurso dichoso. Eso es impresentable y lo único que se consigue es un grado de confusión alarmante. Trasladen esto a un entorno con niveles de alfabetización mínimos, sin recursos que puedan mejorar la situación económica de una población golpeada con guerras y más guerras, con un futuro más que incierto, trasladen, digo, esos comentarios tan desafortunados allí y podrán imaginar el efecto que se consigue.
La gente se lleva las manos a la cabeza pensando que el mundo musulmán es capaz de levantarse en armas llevando a su Dios al frente. La guerra santa impone mucho en occidente (debe ser porque ya hicimos la nuestra y sabemos lo cruel que puede llegar a ser) y se confunde con el terrorismo que se maquilla jugando a ser cosa de Dios. Tanto como me impuso a mí que el presidente de los Estados Unidos de América (este si que se las trae) hiciera lo mismo con el mío. Lo agarró y le pidió públicamente que le echara un cable para sacudir a los iraquíes. Más terrorismo de carnaval. El día que nos demos cuenta de que el fanatismo tiene hueco en ambos lados otro gallo cantará.
Ser cristiano, ateo o monje budista no es un problema en sí. Desconocer qué es cada cosa si puede convertirse en cuestión gruesa. Creer en un Dios o en otro tampoco tendría que causar la mínima molestia a nadie. Criticar o ridiculizar a alguien por hacerlo es de patanes. Utilizar la religión para agitar a las masas es una bajeza imperdonable. Tanto o más que impedir el acceso a ella. Y todo esto es lo que está pasando. Aquí y allí, que nadie se engañe.
El bueno de Benedicto XVI, sin quererlo, va metiendo la pata. Qué torpe. Los demás también aunque a veces creamos ser tan listos. Pero, por fortuna, no podemos ser noticia. Sería el cuento de nunca acabar.


nov 14 2005

Navidades por adelantado

Me suelen preguntar mis hijos (cada vez menos porque ya conocen algunas respuestas) y mis alumnos más jóvenes (con mucha frecuencia porque tienen ansia por saber y encontrar respuestas) qué es esto de la navidad. La respuesta menos agradecida por vacía y la que no satisface a ninguno de ellos se parece a esto: “la navidad es un negocio, todos los comercios utilizan este período para vender grandes cantidades de productos inservibles”. Es más una respuesta desde la ignorancia que el producto de cierta (sólo cierta) reflexión. Y por tanto, no sirve. A los niños y jóvenes no se les puede, ni se les debe, tratar como tontos de pacotilla. No voy a negar que el negocio está, que eso es lo que hay. Sería una estupidez. Pero guste o no (como otras tantas cosas que tenemos asumidas por cotidianas) se trata de un período de reflexión muy cercano al hecho religioso, a lo sagrado. Concretamente a la unión de lo sagrado y lo humano. Dios y hombre. No podemos olvidar que la unión entre ambos, entre el infinito (que es Dios, el ser) y lo finito (el hombre siempre insatisfecho consigo mismo, el hombre que crece como persona buscando despojarse de esa mortalidad tan incómoda) hace que el hombre se asome a la felicidad plena, que se acerque al infinito.
Pues bien, si la navidad es un negocio para muchos, el cristianismo es, en esencia, eso otro.
No se trata de convencer a nadie, trato de explicar.
Para evitar que se me acuse de catequizar, voy a intentar hacer una lectura antropológica y literaria de los pasajes que los evangelios de Lucas y Mateo utilizan para presentar este episodio (Juan y Marcos no lo mencionan).
Es curioso comprobar que en ambos casos se representa el nacimiento de Jesús (nada más y nada menos que el nacimiento del Hijo de Dios, de Dios mismo), se representa, decía, utilizando materiales narrativos singulares. ¿Quién gobierna el mundo conocido en ese momento? Augusto. Pues no aparece. ¿Quién es el Rey de los Judíos? Herodes. Tampoco está presente. ¿Escribas y fariseos? Ausentes. ¿Sumo sacerdote? Lo mismo. Tan sólo tenemos a una doncella (seguramente asustada y sin comprender nada de nada), a San José (que no es padre de la criatura), un par de animales (la mula y la vaca) y, San Mateo incluye a unos magos extranjeros (gente maldita, prestidigitadores) y San Lucas, por su parte, a un grupo de gañanes que andan cuidando sus rebaños. Qué curioso. Nace Dios y allí no hay más que pobrecitos y malditos. Es decir, los acomodados, los que creen tener todo hecho en la vida, ni se enteran. Los evangelistas eran mucho más modernos al escribir de lo que parece. La intención es clara y tremenda. Los materiales que faltan son los que convierten estos versículos en textos de calidad extraordinaria. La omisión del suceso utilizado para narrarlo. Lo mejor es comprobar que todos esos personajes, todos, aparecen más tarde, cuando piden a Pilatos que crucifique a Jesús de Nazaret. De eso si se enteran porque el que no quiere crecer como persona mata al hombre que es Dios. Es decir, lo mínimo que uno debe hacer en esta vida (ser persona y buscarse, encontrar la forma de evolucionar) tiene respuesta en la navidad.
No hace falta ser cristiano para disfrutar con un buen texto, ni para plantearse la razón de la existencia.
Quería hacer este breve e incompleto apunte sobre la navidad para adelantarme a los grandes almacenes que son los primeros en anunciarla. Ellos quieren vender más. Yo no quiero nada de nada. Si alguien lo desea que piense un poco sobre todo esto. Me sentiré satisfecho.


jul 15 2005

Letra y espíritu

El cura de mi parroquia se empeñaba en contar a los chavales historias terribles durante las sesiones de catequesis. En esa época (allá por 1972), las Sagradas Escrituras eran explicadas desde una teología absurda, desde la ignorancia de unos hombres que apenas entendían nada de lo que tenían a metro y medio, pero que se afanaban por explicar las cosas de Dios con cierta naturalidad. Recuerdo muy bien el día que le pregunté sobre la descendencia humana después de Adán y Eva. Tienen dos hijos: Caín y Abel. Caín mata a Abel. Es decir tres seres humanos sobre la tierra. Dos hombres y una mujer. Conclusión: Caín debió tener hijos con Eva o, al menos, debió tenerlos con alguna hermana nacida de Adán y Eva. Qué lío me rondaba la cabeza. Sin embargo, aquel cura lo tenía muy claro. La palabra de Dios no se podía discutir y yo era, además de medio tonto, un pequeño hereje. Con el paso de los años, de acumular muchas horas de estudio y de lectura, descubrí que me habían estafado. En el capítulo cuatro del Génesis, concretamente en los versículos catorce y quince (Gn 4, 14-15) se resuelve este asunto de la forma más clara posible. Caín siente miedo al ser castigado porque “cualquiera que me encuentre me matará” dice dirigiéndose a Dios. Dios le marca para que nada de eso ocurra. Es decir, queda claro que hay más habitantes en el mundo. Muchos más. No lo digo yo, lo dice el mismísimo Dios a través de su hagiógrafo. Y es que la letra mata y el espíritu vivifica, o lo que es igual, no podemos limitarnos a leer de forma literal todo aquello que cae en nuestras manos, estamos obligados a interpretar lo que nos dicen.

Todos los cristianos (digo cristianos porque no es lo mismo que decir católicos) deberían saber que el capítulo cuarto de la Biblia no narra la historia de un asesinato. Lo que en esos versículos se explica es la forma de ver la vida del pueblo judío. Si leemos con atención el comienzo del génesis vemos como Adán y Eva son expulsados del paraíso terrenal por comer un fruto prohibido. Trabajar y ganar el sustento con el sudor de sus frentes es parte del castigo, aunque lo peor (el verdadero castigo por cometer el pecado original) es estar alejados de Dios. Desde ese momento hay que buscarle sin parar. El camino es buscar, buscar, buscar. Caín es el sedentario, el que se queda en su tienda cultivando, cazando cerca de casa. Abel es el nómada, el que tiene que buscar los mejores pastos para sus rebaños, el que busca, busca y busca. Esa es la propuesta de vida del pueblo judío. Caín el sedentario mata a Abel el nómada. Sedentarismo frente a nomadismo. Solo buscando se puede crecer como persona y sólo logrando llegar a construirte como ser humano se puede volver junto a Dios. Aunque de una forma muy reducida y, quizás, algo tosca, esta es la idea fundamental.
Por lo que se ve, el cura de mi parroquia no se enteraba de nada y aquel niño que preguntaba esas cosas no era ningún hereje.
Algo parecido ocurre hoy con la literatura. Leer de forma literal lleva al lector por caminos equivocados, peligrosos. Me encuentro a menudo con personas que critican una novela por causas de lo más absurdas cuando, en realidad, no han sabido leer el texto y no se han enterado de nada. Por eso, igual que hacían un buen número de curas en tiempos pasados (y no lejanos), muchos aportan su opinión y su interpretación cargados de razón, y a estos se les unen muchos más que se encuentran en una situación similar. Todos creen poder opinar “porque los gustos son los gustos”, criticando a los que sí saben lo que tienen entre manos, a los que se les tacha de “intelectuales de pacotilla” cuando defienden lo que ellos no son capaces ni siquiera de intuir. Este es el gran éxito del best seller. Todo el que lo lee lo entiende. La pena es que en esos libros no hay nada que entender, que están llenos de historietas. Sólo de historietas. Son esos otros libros, los que se acumulan en los almacenes, los que están escritos por y para los criticados “intelectuales de pacotilla” los que pueden mostrar diferentes versiones de una realidad que, poco a poco, se está convirtiendo es un gran fracaso de la inteligencia. La Biblia sería un excelente best seller (de hecho lo ha sido durante siglos) si no fuera por los teólogos que insisten en leer la palabra de Dios desde la razón humana hasta donde se puede llegar. Pero no creo yo que el Dios judeo-cristiano tenga pinta de ser un intelectual venido a menos. Aunque igual le están confundiendo con uno de ellos. Quizás por eso se está quedando con pocos clientes.